Mitad del vaso

No puedo vivir conforme a ejemplos, ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma, eso sí lo voy a hacer, pase lo que pase. Lou Andreas Salome

about Noviembre 20, 2009

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Nací en Reconquista, medio asfixiada, y tuvieron que ponerme oxígeno ni bien salí de adentro de mi madre. Viví en Romang hasta los cinco años. Cuando era bebé una yarará se trepó por las patas de mi cuna y mi papá la mató a palazos. Mientras estuve en Romang el 90 % del tiempo lo pasé cazando sapos, descalza y en bombacha por elección propia. Me operaron de la nariz con anestesia local, onda que vi todo todo todo y fue bastante espeluznante. Después me mudé a Bs. As. y el peor trauma fueron los zapatos, la vestimenta y el departamento. Leí mi primer libro, Mujercitas, a los seis años, y nació mi hermano. Tuve hepatitis, varicela y una época de anginas a repetición. Fui abanderada en la primaria y gané un par de concursos con mis dibujos y composiciones. Lo más memorable de la secundaria fue que me salieron de golpe las tetas, 95. Me llevé matemática en cuarto año por 50 centésimos y la rendí con 9. Entré en veterinaria entre los primeros 10 y dejé en tercer año. Me cambié a psicología y después de dejar y retomar miles de veces me recibí. Me junte, me casé, me embaracé, parí, me volví a embarazar, volví a parir y me divorcié. Hice un pos grado en psicología sistémica. Tengo tres gatos, un perro y una rana. Vivo con mis hijas en una casa de 100 años en Villa Crespo que por afuera parece una casa tomada pero por adentro es muy linda y acogedora. En algún momento me hinché las pelotas y decidí vivir cómoda, así que deseché los tacos, el maquillaje y las lentes de contacto. Uso anteojos permanentemente, ojotas en verano y botas en invierno. Mi papá se murió hace poco. Me aburro fácil, soy curiosa, inconstante y movediza, también soy mal hablada, petisa y mi sentido del humor varía de casi inexistente a súper ácido. Me enojo rápido y se me pasa rápido. Para la mayoría de la gente soy un enigma y no sé por qué. Me gusta tejer, leer, escribir y hacer cosas con las manos. La gente que viene a comer a mi casa invariablemente come chop suey y spring rolls porque es lo único que sé cocinar. No sé manejar. Soy una “ex” copada, cero problemática. Cuando hago enojar a los demás les despierto instintos homicidas, pero cuando las cosas se calman, vuelven a darse cuenta de que soy adorable. Parezco simple, boluda, colgada y naif. No soy simple, ni boluda, ni colgada, ni naif. No me enamoro. Soy apasionada en todo lo que hago. Me gusta el chocolate, la cerveza, el fernet, el champagne y casi no como carne. Tengo una especie de incontinencia verbal y digo todo lo que tengo que decir aún en los momentos y lugares más inconvenientes. No soporto, pero no soporto en serio, el silencio del otro. Jamás plancho la ropa. Por el pelo me dicen Bellatrix Lestrange. Básicamente tengo buena leche. También tengo el iching al lado de mi cama, los ojos y la boca muy grandes, nariz chiquita y pecas muy tenues. No tengo facebook ni demasiada paciencia.
Bueno, nada.
Eso.

update: más datosacá

 

gasper Octubre 16, 2009

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le temo a los fantasmas y mucho más a los propios por eso no quiero saber nada con ellos (ni con los propios, ni con los ajenos, ni con los que simplemente son) saber que existen  me eriza la piel,  me paraliza,  me enfría por dentro. paso la vida escapando de ellos, huyendo, corriendo desesperadamente sin mirar hacia atrás pero sintiendo el aliento helado en la nuca. corro como un caballo con anteojeras y veo sólo lo que tengo enfrente y lo tomo o lo dejo compulsivamente en un intento de no sentir que están detrás de mí. corro, corro en el laberinto de creta buscando el vellocino de oro, corro y me meto por callejones cada vez más estrechos e intrincados hasta que llego a uno sin salida y me doy cuenta de que el laberinto de creta está dentro de mí y no hay vellocino ni minotauro y empieza a sonar la música,  y no queda más que darme vuelta y mirar directo a los ojos de la mantis y empezar a bailar con el peor fantasma. bailo lento y me castañean los dientes, el cuerpo no para de temblar, de miedo, de frío, de asco, de aceptación y también de amor. bailo y me veo reflejada en las miles de facetas del ojo opaco y el qué me quiere retumba hasta ensordecerme porque es el qué me quiere más terrible, el que me dirijo yo a mí. y no dejo de bailar con él, el peor fantasma, lo atravieso, lo hago casa y vivo en y con él. bailo y siento que estoy de parto pariéndome. bailo y pujo y las contracciones son tremendamente dolorosas pero también son dulces

y pujo,

pujo y me duele,

y tomo aire para gritar

y grito el pujo final que me echa al mundo

berreando chorros de luz

desnuda y con una piel nueva.

 

rehab Septiembre 25, 2009

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hago om y bajo, bajo, bajo. no quiero el Holter again. bajo, bajo, bajo. bajo el atado y medio, bajo el litro y el litro y medio también. bajo lo que hace mal, bajo lo que me hace mal a mí. bajo, bajo, bajo y necesito más om. necesito urgente terapia pe, terapia pa, terapia pi, para que el corazón siga conteniéndose dentro del pecho. pero no hay más pe ni pa ni pi, no hay más, no más, el cementerio está lleno de muertos y el placard también. y el corazón quiere salirse… y el golpeteo en la garganta sigue, y el sentir que no va a volver a arrancar también. no quiero beta bloqueantes. y entonces trato pero miento, dormir, comer sin ganas a horario… trato pero miento, limpiar, despejar… trato pero miento… trato pero miento, ver aunque sea de reojo y alejar la arritmia, y no es suficiente, necesito terapia pe, terapia pa, terapia pi, y no hay más ni pe ni pa ni pi, y entonces aparecen los 38ºC y las ganas de llorar de pura fiebre, ni siquiera llorar de dolor ni de amor ni de pena, sólo llorar de fiebre y seguir esperando la sacudida que me acerque al eje… y mientras los amigos van yéndose… y todo se enrosca mal, no hay cielo ni tierra sólo queda el entre que quizá sea sólo aire. y hasta cuándo, hasta cuándo, cuánto más seguir sosteniendo esto, este puto fastidio existencial… cuánto más, cuándo…y necesito urgente salirme y fumarme un cigarrillo, un porro, necesito algo que me saque de acá urgente, algo que me transporte a otro nivel, una droga, una causa justa, un sueño, algo. y no quiero un cuidador, un protector, un amor, sólo quiero otro nivel, algo que me eleve un poco más, necesito otra perspectiva que ni siquiera sale del dolor o de la necesidad más absoluta. otro nivel, otra perspectiva… algo diferente, una buena sacudida. no funciono con la rutina, funciono a pura sacudida, a pura caída libre… necesito calzarme el paracaídas y saltar. ¿entendés? saltar a lo que venga, incluso a hacerme mierda contra el suelo. necesito saltar a lo que venga, no importa, necesito saltar, hacerme una con el viento y los pájaros y después… después es una carga pesadísima que después vemos. ahora necesito saltar, ser el viento, el aire, las tormentas, después no importa, después no ME importa… eso… aire, viento, aleteo, rayo, agua… después… después nadie va a robarme nada, después nadie va a quitarme el hálito de vida, después nadie va a sacarme de mi centro. ahora es ahora, después es quién sabe. yo soy ahora, otros son después.
otros.
yo.
y un punto aparte entre los dos.

 

Agosto 26, 2009

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“A veces un hombro es poca cosa. Cuando uno quiere consolar a alguien, tenderle la mano para ser de apoyo y dejar a un costado las palabras, que esa y tantas veces pecan de huecas, un hombro no es suficiente, ni tampoco los dos, ni los dos y el cuello, ni los dos, el cuello y la boca, y así, hasta el límite que se te ocurra.

Del mismo modo, a veces uno quisiera ser pañuelo. O bufanda. O botas de goma para ayudarte a cruzar sin miedo a los charcos. O cinturón para decirte en un abrazo no pienso dejarte y husmear el ombligo desde cerca.

Pero hay que aprender a no ser jamás cinturón, ni bota de goma ni bufanda ni pañuelo. Y a tener un solo hombro, aunque a los ojos luzca como poquita cosa. Sólo es cuestión de cerrarlos. Sin temores. Vas a ver cómo no deja de crecer.”

estaba acomodadito, casi camuflado (mirá dónde) entre fragmentos de un discurso amoroso y el libro de paz. no se acordaba si se lo habían dejado una mañana en el lugar de escritura que compartían o si se lo habían mandado (al igual que fragmentos, el libro de paz y tantísimos otros). si se acordó inmediatamente que en cuanto lo leyó murió de amor, porque a pesar de que se la pasaba escribiendo nunca nadie le había escrito nada hasta ese momento, y puteó infinitamente por las distancias… y así, con otra perspectiva, terminó de entender uno de los últimos mensajes:
dejaste huella…

 

// Marzo 27, 2009

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abro los ojos, me muevo y algo en un universo paralelo empieza a moverse conmigo. me levanto y canto una canción aprendida en otra vida mientras me preparo un café, y canto, canto, canto, y la música viene desde ese otro universo. oscilo, me muevo despacito, bailo acompañada por sombras luminosas que siguen mis pasos. me meto bajo la ducha y sigo cantando y bailando suavecito mientras el agua me abraza y se funde conmigo en un eso que nunca fue. y salgo, doy vueltas, giro, me lleno de flores y me visto como para una fiesta

 

porque algo en un universo paralelo empezó a moverse conmigo

 

cuento de la infancia Enero 20, 2009

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resulta que betty y el turco cansados de batallar cuarentypico de años con dientes, muelas, tornos y amalgamas, decidieron medio de un día para el otro levantar el consultorio y dedicarse a la vida contemplativa. regalaron algunas cosas, donaron otras y, cuando ya estaba todo casi desmantelado, encontraron en el fondo de un cajón un sobre lleno de cartas. eran cartas de un verano mandadas por su hija, entonces de diez años, que terminaban con algún cuento corto, como éste:

 

“Es un amanecer frío y gris, pequeñas gotas salpican las calles de Londres, desde una ventana una joven espera la llegada del día, y de su amor, pero no podrá ver ninguna de las dos cosas, pues un vil malandra la agarrará con una mano enguantada por el talle y con la otra apretará su cuello, hasta dejarla sin respiración. Su amante se enterará y no descansará hasta dar con el malandrín, pero el sicópata asesino acabará también con el heróico muchacho que tráta  de vengar la muerte de su amada.

 

Marcela.”

 

(yo creo que la nena tenía una sobredosis de E. A. Poe)

 

catita Diciembre 10, 2008

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Catita no era Catita, era la Sra. del viejo comisario de la PFA dueño de la agencia de seguridad, pero muy a su pesar todo el mundo pensaba en ella como Catita. Era igual al personaje de Nini Marshall, mismo timbre de voz, misma forma de hablar y, por sobre todo, misma forma de caminar. Hacía revolear los volados de las minifaldas por sobre sus piernas cortitas y regordetas mientras taconeaba por toda la empresa. Era bastante mala, con la maldad de los simplones que ocupan cierta posición y gustaba referirse acerca de los hijos del viejo como los muchachos, con cierta condescendencia. Claro que los muchachos tenían dos o tres años más que ella y pasaban una mala época. ¡Pobres los muchachos! Tenían que soportar sus aires de primera dama para poder mantener el puestito recién obtenido al lado de papá. El más grande ostentaba como atuendo de gala un montgomery azul, más adecuado para un escolar que para un tipo de cuarenta y tantos años; el más chico siempre con las eternas botitas de gamuza suela crepe, la bufanda escocesa y los pantalones de sarga gris, también más propios de un escolar que de un tipo de cuarenta y tantos años. Mientras, Catita andaba a todo trapo con pilchitas del Once, mucho volado, mucho brillo, mucho dorado, mucho strass, mucho taquito charolado. Vamos, era la “seniora” del viejo dueño de la agencia de seguridad, no podía andar hecha una pordiosera. Y tenía que quedar bien claro que ella era una “seniora”, entonces, como tal, utilizaba las reuniones del personal para anunciar que “papucho” había cambiado el auto y para entregar los regalos de cumpleaños mensuales de las chicas, cajitas de bombones doradas plagadas de moñitos y puntillas.

A medida que Catita esparcía sus veleidades de princesa por la oficina los muchachos se desesperaban cada vez más viendo cómo su herencia enmagrecía en peluquerías, manicuras, gimnasio, masajistas y en mil intentos vanos por componer a semejante esperpento. Porque Catita aparte de mala era fea, con un flequillo amarillo huevo que caía plano y duro sobre su nariz ganchuda. Igual todo esto no le importaba al  viejo comisario de la PFA dueño de la agencia de seguridad, que a la hora de los balances ponía todo y lo que más pesaba era el buen sexo con una mujer treinta y cinco años menor, y el tener a alguien que lo cuidara cuando empezara a declinar definitivamente. Porque si de algo estaba seguro el viejo era de que los muchachos eran dos cuervos y de que Catita, dentro de su ignorancia, maldad y fealdad, si bien no lo quería, le estaba eternamente agradecida. Y el viejo tenía las cosas bastante claras pero se equivocó en un punto, los muchachos no eran dos cuervos, eran dos buitres. Y como buenos buitres podían esperar y esperar y esperar el momento preciso para saciarse de carroña.

Los muchachos en la espera fueron abonando y ganando terreno. Que papá usted ya trabajó mucho ¿por qué no se toma las mañanas y viene solamente por la tarde a la oficina?. Que papá usted sabe que el ambiente acá es muy feo con todas estas tilingas ¿por qué no le dice a Catita que se quede en su casa? Que papá cuando usted no está por las mañanas hay que hacer pagos y ocuparse de tantos trámites ¿por qué no nos firma un poder? Que papá usted sabe que estamos haciendo tremendo esfuerzo por sacar la empresa adelante ¿por qué no nos pone como miembros del directorio? Y así, poco a poco, papá cansado con sus ochenta y pico, delegó todo en los muchachos para pasar los años que le quedaban tranquilo con Catita.

Los muchachos ahora habían podido desterrar el montgomery azul, las botitas de gamuza suela crepe, los pantalones de sarga gris y la bufanda escocesa y vestían trajes de marca. Vacacionaban en Europa o en el Caribe. Vivían por fin en la añorada zona norte. Y tenían un grano feo, malo e ignorante en el culo que se llamaba Catita.

Porque Catita, eternamente agradecida, sentía por el viejo, cada vez más achacoso, algo parecido al amor y seguía viviendo con él. Esto, por  supuesto, no le impedía enmagrecer la herencia de los muchachos, que desvelados de hacer cuentas y ver cuánto menos tenían cada día, abonaron el terreno con más fuerza.

Que papá esta mujer los descuida. Que papá esta mujer no lo alimenta. Que papá esta mujer tiene todo sucio. Que papá esta mujer le roba. Que papá esta mujer lo engaña. Y papá arteroesclerótico, podrido, medio ciego y paralítico dio el visto bueno para que sacaran a Catita de su casa por la fuerza pública, pensando que tal vez así, por primera vez en la vida, los muchachos podían dejar de respetarlo para empezar a quererlo.

Y el viejo se sumió en las tinieblas perdiéndose en sí mismo, sentado solito sobre una silla de oficina a modo de silla de ruedas, olvidado, hasta que quedó sólo la cáscara y se apagó del todo. Pero una última imagen le iluminó la cara, Catita llorándolo en el panteón de la PFA y esos chicos, de los cuáles ya no recordaba el nombre, diciéndole a los muchachos :

- viejo, ya trabajaste bastante ¿por qué no te tomás las mañanas y venís a la oficina nada más que a la tarde?

Y el viejo, que ya no tenía nada claro, esta vez no se equivocó en absoluto.

 

dear p Noviembre 18, 2008

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Febrero empezó medio pesado. A S tuvieron que operarla de un desprendimiento en la retina y tuvo que hacer reposo absoluto, pero absoluto, absoluto, no se podía levantar más que para ir al baño, el resto del tiempo tenía que estar acostada con los ojos tapados. Difícil la situación, más teniendo a la madre de noventa años semi postrada y al perro. Como sea, los que estaban alrededor se organizaron para ayudarla. E, por el trabajo mucho no podía hacer, pero empezó a sacar al perro todas las mañanas antes de ir a la oficina, a la tarde y a la noche antes de acostarse. Los demás amigos se turnaban para ir y hacerle compañía a S, cocinarle y estar por si necesitaban algo.

E estaba bastante mal, al límite, las cosas en su casa no daban para más y no podían dejar de dar vueltas alrededor de los reproches y el odio, enganchadísimos en eso, tratando de destruirse y sin dar un paso más que para pelear. Una situación que se perpetuaba y que no se solucionaba por más que los dos decían que no (se) aguantaban más. Suerte que llegaron febrero y las vacaciones. Un respiro, él se iba quince días con las nenas y E se quedaba sola en la casa. Nunca ansió tanto unas vacaciones como esas, aunque se quedara trabajando. Quince días para ella, para descansar de todo el agobio, de toda la mierda. No le importaba el calor, ni la oficina, ni tener que sacar al perro. Quería respirar lo suficiente durante esos quince días para poder tener aire el resto del año. Y se fueron, y se quedé sola, respirando.

Y la rutina era sacar al perro de S todas las mañanas, trabajar, volver, pasar por lo de S, justo frente a su casa, a tres metros de su puerta, charlar un rato e ir a encerrarse en su bunker.

Como pasa comúnmente en estos casos, la buena voluntad tiene fecha de vencimiento y pronto los que ayudaban a S empezaron a borrarse. Quedaron pocos. Y apareció P, el ex marido.

A E siempre le llamó la atención la relación que tenían, por ahí porque la situación en que ella misma estaba no le daba para pensar que pudiera tener buena relación con su futura ex pareja. Pero S y P tenían buena relación en serio. Los había visto juntos más de una vez. Si S tenía algún problema él la ayudaba, como ahora. Por lo general P iba de visita y se quedaba a dormir seguido. Eran amigos. Claro, se habían divorciado hacía más o menos veinte años, en el momento se había armado flor de despelote pero ahora estaban bien, se supone que el tiempo lima asperezas y pone un manto de piedad. Y bueno, S necesitaba que la cuidaran, así que P iba a ir a cuidarla.

E se acuerda de cuando lo conoció. Fue en una reunión en lo de S, un cumpleaños. Estaban todos, sus hijas, ellos dos, el hijo de ellos, los amigos del hijo, la madre de S. Lo vió y pensó -¿cómo se casó ella con un tipo como él?- No, mentira, lo primero que pensó fue -qué bueno está este señor-  después pensó eso del casamiento. Le llamó la atención lo lindo que era, el pelo rubio largo, la altura, los ojos, la onda, el color de la piel. Claro, si hubiera pensado algo de todo eso del hijo o de alguno de los amigos del hijo no hubiera sido raro, eran unos ocho o diez años más chicos que ella, en cambio él le llevaba más o menos veinte. Se acuerda que pensó también que era muy lindo para ser tan grande. Después lo volvió a ver otras veces, siempre muy formal la cosa, no era su amigo, no tenían ninguna relación, era el ex marido de su amiga y nada más.

Ahora iba a verlo de nuevo, venía a quedarse unos días en la casa de S.

P llegó una noche, le tocó el timbre para que le abriera la puerta del edificio porque había perdido la llave. S ya le había avisado. E bajó, le abrió. Estaba cambiado, sin barba. Dudó, pero los ojos eran inconfundibles. Hacía bastante que no lo veía, pero le produjo la misma impresión que la primera vez. Subieron. Chau, chau. Cero onda, tampoco tenían por qué tenerla. Al otro día, puntual, E tocó el timbre para que le dieran al perro para ir a pasearlo. Abrió P, dijo hola, le dio el perro, E volvió, se lo devolvió, chau y P cerró la puerta. Y ella quedó medio desconcertada. No era su amigo, pero qué sé yo, estaba acostumbrada a saludar con un beso a la gente con la que tenía cierta confianza y este tipo un poco más le daba la mano. Seco, cortante. Bueno, pensó, estará de malhumor por tener que levantarse temprano para entregar el perro.

No se acuerda si fue esa misma noche o la siguiente, pero repetieron el ritual del timbre y la llave. Era tardísimo, E estaba muerta de sueño y no podía dormirse porque tenía que abrirle. P llegó por fin, ella le abrió y como él no amagó a darle un beso en la mejilla se limitó a decirle hola y a subir en silencio. Creo que P se disculpó por haber llegado tan tarde y ella le mintió y le dijo, con su mejor cara de culo, molesta por lo del saludo, que no había problema. Después de todo no tenían la menor onda y estaba más que claro. Y tampoco le preocupaba mucho la falta de onda,  no eran amigos, se conocían porque era el ex de su amiga y si se relacionaban en ese momento era nada más que por compromiso o por las circunstancias.

E nunca supo si P se hizo una llave o qué, pero no tuvo que ir a abrirle más la puerta. Sí lo veía a la mañana y a la noche por el perro. Se acuerda de una de esas noches en que S la llamó para charlar un rato y para que le pusiera unas gotas en el oído a la madre. Entró y este señor ni cinco de bola, desapareció dentro de la casa y volvió a aparecer para abrirle cuando se fue. Ya le causaba cierta antipatía que fuera tan seco.

O sea, la relación P y E era hola y chau. Y E no sabía por qué le incomodaba tanto que así fuera. A lo mejor estaba sensible por estar sola, por estar asustada con su corazón que no aflojaba con la taquicardia y que cada tanto (cada vez más seguido) hacía una pausa para arrancar como loco de nuevo.

Otra de esas noches sonó el teléfono. Era P.

- ¿Vas a sacar al perro?

- Sí

- ¿A qué hora?

- A eso de las diez, como siempre.

-¿Puedo ir a tomar un café con vos?

- Eeeeeeeemmm sí.

- Bueno, después paso por tu casa.

 Oh Dios! Pensó – qué podrido de estar encerrado con dos mujeres inválidas debe estar este hombre para que yo sea una opción de café con la poca onda que tenemos-. Y se puso nerviosa. Y pensó también que era una estúpida por ponerse así.

Y fue, se quedaron en su casa, charlaron, tomaron café. Extrañamente E se sentía cómoda, y es raro porque con la gente que no conocía mucho no se sentía así, tenia que esforzarse por mantener una conversación y con él no, fluía. Y en el medio de no sé qué que E estaba diciendo acerca de S y la madre P le dijo, cortándola

– Pero yo no vine acá para hablar de eso

Y a ella, que cuando quería hacerse la boluda no había quién le ganara,  preguntó

- ¿Ah no? Y por qué viniste?

- Por vos

Y se taró, y el corazón le arrancó con más taquicardia que de costumbre. Y siguieron hablando como que él no había dicho lo que había dicho. Y en el medio P le decía que le gustaba, que le gustaba su boca, y ella, que no podía seguir haciéndose la boluda, le decía que no daba, que basta ya. Y él preguntó por qué no daba y ella no supo que decirle, y ahí sí se puso en boluda total y le largó una sarta de estupideces increíble. Que la ex era su amiga, que se conocían todos, qué sé yo lo que le dijo, y él  le refutaba todo. Claro, en ningún momento le dijo que no le gustaba, con lo que hubiera quedado más que obvio que realmente no daba. Porque le gustaba, mucho más de lo que había aceptado hasta ese momento. Y ya era más que tarde y  P se fue. Y en el momento en que cruzó la puerta y la cerró, E se arrepintió con  el alma de todo lo que había dicho.

Durmió poco y mal, con el corazón que le saltaba en el pecho. En un momento pensó que se moría por las palpitaciones.

Al otro día, como todas las mañanas, fue a sacar al perro. P le abrió la puerta, le dio un beso en la mejilla y le acarició la cintura. Todavía siente el calor de la mano. Como a hacerse la boluda no había quién le ganara, más después de haberlo rebotado mil veces la noche anterior, precisamente se hizo la boluda. Sacó al perro, se lo devolvió, lo saludó muy formalmente. P le dijo que se iba a su casa, que lo llamara.

Se fue sabiendo que no lo iba a llamar. Arrepintiéndose de antemano, pero convencida de que no daba, que basta ya. Y sin embargo, en lo más íntimo, rogaba que fuera él quién llamara alguna vez.

Esa misma noche P la llamó, hablaron más de una hora de cualquier cosa menos de ellos, hasta que él le preguntó cuando se iban a ver. E le contestó que no sabía, esquivándolo, aparte se iba a complicar porque ya volvían de las vacaciones su futuro ex y sus hijas. Bueno le dijo P (la  apuró), entonces nos vemos el sábado a la noche, paso por tu casa.

No puede explicar todo lo que le pasó por la cabeza, desde vamos, estamos grandes, ya sabemos como terminan estas cosas hasta no va a pasar nada porque ya dije y no quiero que pase nada. Dos días de mil sí pero no, mil no pero sí hasta que llegó el sábado.

A propósito y como para reafirmar que no iba a pasar nada de nada, que solamente íban a charlar como la vez anterior, estaba totalmente impresentable. Darito, su amigo, le había dicho que se pusiera no sé qué, que se maquillara, que se depilara, que se pusiera tacos. Ni loca, dijo E,  no voy a mostrar algo que no soy, aparte no quiero levantármelo y no va a pasar nada ¿me entendés?. Se puso un jardinero de jean cuatro talles más grande del que usaba arremangado por encima de los tobillos, una musculosa blanca y ojotas verdes, impresentable en serio. En lo único que le hizo caso a Daro fue en lo de la depilación.

Llegó P, charlaron, él dijo algo de su boca, no le hizo caso, cocinó; él dijo algo de lamer una gota de transpiración que bajaba por su cuello, no le hizo caso;  se  quemó bastante la tarta de quesos y albahaca (no sabía cocinar y ya P estaba advertido); siguieron charlando, comieron, siguieron charlando y así de golpe, tuvo la cara de P a dos centímetros de la suya.

Y ella, la que dijo mil veces que no, se acercó apenas y lo besó.

Y ella, la que dijo mil veces que no, lo llevó hasta su cama y lo siguió besando, lamiendo, abrazando.

Y ella, la que dijo mil veces que no, lo guió hasta el centro de su centro mil veces esa noche.

Y mil y una noches después

 la magia sigue fluyendo

 

cuando era chiquita Noviembre 11, 2008

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cuando era chiquita iba a la colonia de Ferro, cosa que odiaba con toda mi alma, te juro.  siempre fui de culo más bien pesado (lo sigo siendo) y detestaba la combi, el estar todo el día a rayo del sol, correr, trepar, las competencias, la coca caliente en la cantimplora de plástico, todo, todo.  y la pileta, otra tortura. no sabía nadar así que me mandaron de una a la pileta chica, y ahí meta patalear agarrada del borde, inflar los cachetes con aire y largarlo despacito debajo del agua, etc etc etc. como sea, aprendí, aunque siempre me hice la gila porque si se daban cuenta de que sabía me pasaban a la pileta honda, la de los trampolines,  y me daba pánico. así que me quedé para siempre en la pile chica yendo y viniendo cerca del borde sabiendo que hacía pie. todo bien, hasta que un verano, free, no colonia, tres meses a la casa de Ñata en Reconquista, que debo decir, para mí era la gloria. claro, imaginate, Ñata toda para mí dándome todos los gustos, dos pianos que no sabía tocar pero que aporreaba cuando se me ocurría, olvidarme de los zapatos, tener la pelopincho en el jardín y la biblioteca del piso al techo. pero Ñata que sabía de la pesadez de mi culo al tercer día me cerró de un saque lo que estaba leyendo (creo que Las Tumbas) alegando que no eran cosas para chicos, me cazó del brazo, me llevó al Tenis (el club que quedaba a dos o tres cuadras) y me anotó en la pileta. -¿¿y para qué si acá en tu casa hay una?? -no te hagás la tonta que la pelopincho casi que no es una pileta. al otro día pasó a buscarme Silvina, una amiga que iba al club todos los días, y allá fuimos, yo, obvio, con mi mejor cara de orto. cuando salimos del vestuario ¡horror de los horrores! había dos piletas, una para los bebés y otra que en la parte más bajita tenía más o menos 2 mts de profundidad. ni muerta me metía en la de los chiquitos con todo el pueblo, bueh! no todo, pero sí Guille ¡qué lindo era Guille!, mirando. y en la otra… dios! que cagazo ¿entendés? yo ya sabía nadar, pero necesitaba la seguridad del borde y de hacer pie y ahí, nada. y Silvina desde el medio del agua que me llamaba, y Guille que miraba y yo… cerré fuerte los ojos y me tiré y pensé que si me ahogaba no importaba porque ya no iba a darme cuenta de la vergüenza que estaba pasando por haberme ahogado. la cosa es que tragué un poco de agua pero no me ahogué. me quedé en un rincón de la pileta más que embolada mientras todos a mi alrededor parecían estar de lo más divertidos, y fue tal el embole que me fui soltando de a poquito y alejándome también de a poquito del borde. y sí, nadé, y me di cuenta de que era igual que nadar en un lugar en el que hacía pie pero sin hacer pie, pero no importaba hacer pie porque sabía nadar y de hecho, lo estaba haciendo.

y qué querés que te diga? no está Ñata, no estoy en Reconquista, no hay pileta honda, no está Guille viendo, pero es igual de difícil e igual, supongo, de fácil.

 

mirame,

estoy cerrando fuerte los ojos.

 

orgullo de padres y maestros Marzo 18, 2008

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No eran las típicas alumnas de un colegio de monjas, pero a pesar de eso sufrían la tortura académico eclesiástica desde hacía cuatro años. Se habían hecho ateas por llevar la contra y armar un poco de ruido adentro del silencio sumiso del resto del rebaño más que por convicción. Se negaban sistemáticamente a participar de las clases de religión y también se negaban sistemáticamente a participar de la misa del primer viernes de cada mes. Claro que cuando la cosa se ponía fulera y empezaban las amenazas de amonestaciones, se metían sus convicciones en el bolsillo, agachaban la cabeza, entraban a la capilla y arrodilladas como arrepintiéndose de sus pecados, dormían toda la ceremonia.
Realmente eran un grano en el culo para el sistema porque a pesar de llevar la contra en todo eran excelentes alumnas, sí, incluso en los exámenes de catequesis sacaban buenas notas vomitando sobre el papel palabras aprendidas de memoria junto con su parecer personal. O sea, podían no estar de acuerdo con un montón de contenidos pero los sabían y fundamentaban lógicamente cada uno de sus pensamientos desviados de la norma.
-Rebeldes, Sras – le decían a las madres en las reuniones de padres- sus hijas son rebeldes, no se integran con el resto, están siempre las dos juntas en un mundo aparte-
Y sí, estaban las dos en su mundo particular tratando continuamente de diferenciarse de la manada, pero sabiendo que para poder seguir haciendo la suya sin problemas debían cumplir mínimamente con algunas cosas, por ejemplo el estudio, por ejemplo los horarios, por ejemplo los retiros espirituales.
Los retiros espirituales, terrible aburrimiento, dos días y una noche perdidos, enclaustradas en alguna casa religiosa sin ver el mundo. Si no iban corrían las faltas y era mejor reservarlas para alguna rateada estratégica, y ojo, este era un pensamiento compartido por ellas dos y el resto de las treinta del curso.
El retiro anual las alcanzó a mediados de agosto. La casa de ejercicios espirituales era un lindo lugar con un comedor enorme, vidriado, que daba a un jardín lleno de flores y de sol, un salón al lado, oscuro y lleno de imágenes religiosas para poder hablar sin distracciones sobre dios y esas cosas y arriba, en el primer piso, las habitaciones. Eran habitaciones dobles con baño, distribuidas a lo largo de un pasillo. Ellas eligieron la de la punta más alejada de la del cura, acomodaron sus cosas y bajaron para empezar a pasar el tiempo antes de la libertad. Y el tiempo les pasó bastante rápido de la mano de un cura piola que apuntó hacia el sentido de la vida. El problema ahora era la noche. Había que pasar esa noche sin música, sin tele y sin películas, aguantando a treinta estúpidas que no iban a dormir excitadas por el exceso de azúcar.
Se encerraron en su habitación escuchando el cuchicheo de las treinta estúpidas que iban y venían de cuarto en cuarto masticando caramelos.
Once de la noche y el cuchicheo no cesaba.
Doce de la noche y el cuchicheo seguía.
Doce y media, el cuchicheo no cesaba, seguía, pero no se acercaba a su habitación.
Se prendieron tremendo caño y ya no les importó ni el cuchicheo, ni las risitas, ni las corridas por el pasillo que siguieron toda la madrugada. Estaban en su universo particular, pasando esa noche sin música, sin tele y sin películas, aguantando a treinta estúpidas que no dormían excitadas por el exceso de azúcar.
Ocho de la mañana, timbre para levantarse e ir a desayunar.
Salón comedor casi vacío. Café con leche humeante, recién hecho, olor a tostadas y mermelada, solcito tibio a través del vidrio. Solamente el cura y ellas, hablando del sentido de la vida.
Un piso más arriba, pasillo oscuro y silencioso, treinta miembros del rebaño del señor adormecidos por el exceso de azúcar y la falta de sueño.
Diez de la mañana, un cura furioso abandona la casa de ejercicios con el expreso pedido de amonestaciones para todas
menos para las dos no miembros del rebaño del señor.

 

la mancha Diciembre 18, 2007

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La gente se moría, sí, lo sabía. Lo sabía así, con el pensamiento. La gente se moría en la tele, en las películas, en los dibujitos animados, claro que se moría. Pero eran muertes mediatizadas por una pantalla o por mi fantasía de siete años. “Esa” gente se moría, la que estaba detrás de un vidrio, “ésta” gente, la de todos los días, la que se podía tocar, ver de frente, oler, esta gente no, ésta no se moría. La muerte para mí todavía conservaba esa sutil diferencia entre lo que es a los otros y lo que es a uno. A pesar de eso yo le tenía miedo a la muerte. Tenía miedo de que mis padres murieran, pero era el miedo al desvalimiento y a la falta de su amor, no miedo a la no existencia. Tenía miedo de los vampiros y el diablo, de una realidad totalmente palpable en ese momento, pero era miedo al daño, no al dejar de ser. ¿Miedo a morirme? No, no, era omnipotente e inmortal, porque la muerte era solamente de los otros, de los unos, algo muy muy lejano, que de tan lejos que estaba no podía rozarme, no era de uno.
Y estaba todo tan equilibrado, tan proporcionalmente acomodado entre lo de los otros, lo de los unos y lo de uno, que no había lugar para nada más… hasta que la mancha se abrió paso en silencio.
La mancha era hipnótica, como una gota gigante de mercurio negro rojizo. Sin salpicaduras, con bordes netos, definidos, brillante todavía sobre el piso de granito verde oscuro con piedritas blancas y grises. Era como un gran agujero en el piso del palier, la boca de un pozo sin fondo. Era a la vez hondura y elevación globosa. Era puro fin adornado por vidrios minúsculos y, también comienzo de un camino hecho de huella roja arrastrada hasta la puerta destrozada, hasta la vereda, huella que se fundía más allá con el negro del asfalto. Era el límite del tiempo detenido ante mis ojos y mis pies yendo a la escuela, y límite también del no cuerpo de otro y mi propio cuerpo. Era la voz lejana de mi viejo diciendo que alguien había tirado pintura y yo entendiendo por primera vez lo que significaba una mentira piadosa. Era yo juntando en dos segundos la corrida con mi mamá la noche anterior cuando unos tiraban a otros al piso y les apuntaban con armas a la cabeza, la cena en la cocina de casa con las ventanas cerradas y tosiendo por los gases, los gritos, los golpes en la puerta del edificio, el estallido de los vidrios, los ruidos secos y el silencio después. Era yo, absorbida e hipnotizada, sacudiéndome por primera vez en toda mi mortalidad, para siempre.

 

el negro Junio 8, 2007

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Al negro Miguel lo conocí hace un montón de años, calculá, yo andaría por los tres o cuatro. Era simpático el negro ¿viste? de esos tipos que llegan a un lugar, no conocen a nadie y en cinco minutos se transforman en el centro. Era el novio de mi prima Normita, la gorda. Se había metido en medicina pero la guita no le dio y tuvo que largar para dedicarse a laburar, y a la política, claro. Porque el negro además de simpático y hablador era de la JP. La cosa es que a mí me gustaba el negro, me gustaba escucharlo. Me acuerdo de las reuniones familiares en donde siempre dirigía la conversación y yo me hacía un bollito en un sillón para oír sus historias. Al principio, como hacía poco había largado la facultad, hablaba siempre de cosas de medicina, de anatomía, de enfermedades, de cadáveres, y eso me fascinaba, así que cada vez que lo veía le pedía que me contara de nuevo- esa historia negro, la de los muertos, dale- y el negro se mandaba y me contaba. Cuando veía que me asustaba demasiado desviaba la charla y me terminaba hablando de los perros, de su bóxer y de que cuando tuviera cachorros me regalaba uno aunque mi vieja no quisiera. El negro se casó con Normita y se mudaron cerca de casa, así que nos encontrábamos seguido. Seguía hablando como siempre, pero ahora todo era Perón y los compañeros y los montoneros y la justicia social y que con los compañeros iban en nombre del general y les pateaban los puestos a los hijos de puta del mercado que aumentaban los precios y se aprovechaban de la gente. Y yo pensaba que qué gran tipo debía ser Perón que no dejaba que los tipos de los puestos se aprovecharan de la gente, que cuando fuera grande seguro me hacía peronista. Un día contó que Perón había llegado y no sé dónde unos cantaban Perón Evita, la patria es peronista, y se agarraron con otros que cantaban Perón, Evita, la patria es socialista, y se armó flor de quilombo y se mataron entre ellos. Ahí pensé que mejor no, que mejor no me hacía nada peronista, porque si por una cancioncita la gente se mataba, Perón debía ser flor de nabo. Igual el negro entre Perón y los montoneros, seguía hablando de los muertos. No sé bien en qué momento la historia de los muertos empezó a cambiar, yo era muy chica, pero los muertos eran otros, ya no había camillas, había tumbas que nadie conocía, agujeros sin nombres, no sé, era diferente. Además ahora el negro hablaba en voz baja mirando para el piso y cuando yo le pedía que me contara - esa historia negro, la de los muertos, dale- me contaba nada más la de los perros. Y así, de a poco, empezamos a verlo cada vez menos al negro. Seguíamos yendo a lo de Normita y Normita seguía yendo a mi casa, pero el negro no estaba y la gorda decía no sé qué de unas casas clandestinas y todos ponían caras largas y cambiaban de tema. Igual a veces lo veíamos, caía de improviso a comer, siempre de noche y a las apuradas, llegaba, sacaba un chumbo de adentro del saco, lo ponía arriba de una biblioteca y me decía que “eso” no era para que lo tocaran los pendejitos, mostraba planos de calles y les decía a mis viejos que si le pasaba algo fueran a buscarlo a tal lado o a tal otro, terminaba de cenar y se iba. Una de esas veces se apareció con un paquete mediano envuelto en papel madera, lo dejó al lado del chumbo, el paquete hacía tic-tac muy fuerte y mi viejo le dijo bajito, pero no tanto porque lo escuché –negro ¿no te irás a mandar el cagadón de poner una bomba?!- pero él no le contestó. Cuando volvimos a verlo había pasado mucho tiempo, andaba más tranquilo, no sé qué farfulló de una detención, ahora tenía un buen laburo en el puerto, con los compañeros. El negro ya no hablaba tanto, ni de los muertos ni de Perón ni de nada.
Por esas cosas de la vida y de las familias dejamos de encontrarnos con el negro y Normita. Nos juntamos otra vez cuando la Ñata cumplió quichicientos años y le organizamos una fiesta sorpresa en Los dos Chinos con todos los hermanos, sobrinos, hijos y nietos. ¡Mierda! ¡Qué cambiado andaba el negro! ¡¡Imaginátelo, el negro de traje, auto importado y movicom!! Sí, hasta movicom tenía el negro, de esos que parecían un ladrillo gris como se le veía nomás a Susana Giménez. Y también tenía zapatos de primera y olor a perfume caro. Se pasó la cena hablando por teléfono con Carlitos, porque el negro ahora era asesor del intendente Carlitos el dientudo. Resulta ser que años y años de militancia y de la vida por Perón, por la justicia social y por los montoneros le habían abierto al negro la posibilidad de acceder a – a hacer algo por la gente, che ¿qué te pensás? No soy ñoqui, yo laburo- decía. Y se ve que tanto laburaba, que Carlitos el dientudo además de ponerlo como asesor también lo puso como interventor en un banco. ¡¡El negro de interventor en un banco!! No sé, yo me imaginaba que para ese puesto mínimo tenías que saber algo de economía, o de contabilidad o por lo menos qué es el debe y el haber, pero bueh, parece que todo eso no era necesario ni para el negro ni para el intendente Carlitos el dientudo. Después de ese día no lo vimos más al negro, por lo menos así cara a cara, sabíamos por hablar cada tanto con Normita que había dejado de ser interventor del banco y ahora era interventor de la dirección de tránsito también gracias al intendente Carlitos el dientudo, que se había llevado a trabajar con él a Coco para la parte de sistemas, que las cosas les estaban yendo bien porque el negro trabajaba mucho sobre todo con las licencias de los taxis, que se habían mudado a un chalé y le habían dejado la casa vieja a Porota, la mamá de la gorda, que no, que lo de las licencias truchas eran rumores por cuestiones políticas -para desprestigiar al dientudo ¿viste? mirá si el negro se va a prender en esa.
Lo último que supimos del negro lo supimos por la tele, sí che, primera plana de todos los noticieros, él caminando entre dos policías y Coco adentro de un patrullero, en la puerta de la dirección de tránsito. Coco sobreseído, el negro un año de cárcel VIP. ¿Y la justicia social? No, no, eso era antes de los noventa.

 

pato Mayo 9, 2007

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Pato… Pato…

¿Por qué me decís Pato? Maldita costumbre que tienen todos. Encima no es solamente Pato sino El Pato, como si yo no fuera mujer che. Patito de acá, Patito de allá, hasta las monjas del colegio en Bariloche me decían Pato –Pato, te portaste mal, te vamos a tener que encerrar para que pienses en lo que hiciste- así me decían siempre las hermanitas, y allá iba yo a parar al sótano. Qué turras las monjitas. Pero ahora que me acuerdo a lo último me dijeron Gladys ¡bah! A mí no, a mi vieja le dijeron –señora va a tener que buscar otro internado para Gladys- Sí, turras de mierda ¿qué se pensaban? ¿que me iba a comer horas y horas de encierro sin hacer nada? ¿que iba a pensar que había hecho mal en sopapear a todas las que me decían que mi mamá era una puta porque mis hermanos tenían distintos papás? ¿Eh? ¿se pensaban que a mí me gustaba estar en el sótano cada dos por tres, que no me daba miedo? Sí, me daba miedo estar ahí en la oscuridad, miedo y frío, y bronca, mucha bronca. Guachas, qué ganas de gritarles -¡guachas!- y en vez de gritarles me callé y les dije que había prendido fuego el sótano por miedo a la oscuridad y por el frío… y ellas –señora va a tener que buscar otro internado para Gladys- Monjas conchudas.

Pato… Patito…

Hasta él me decía Pato, y también me decía que no entendía por qué me llamaban así, si no soy Patricia, ni camino como pato, ni tengo culo de pato. Pero a pesar de eso me decía Pato. Patito cuando me acariciaba, no mi amor, Patito solamente. Patito me dijo también cuando le conté –qué cagada Patito ¿y ahora que hacemos?- Y así, de buenas a primeras desapareció che, sin un Pato, sin un Patito. Se rajó. Me dejó sola y en silencio con un amor arrepollado en la panza.

Pato… respirá Pato… aguantá Pato

Sí, eso me decían también cuando me retorcía en la camilla –Respirá Pato, respirá que ya sale la cabeza- Y después con Claudita prendida a la teta, las dos solitas –aguantá Pato, aguantá- Y yo no tenía ganas de aguantar che, yo quería irme al carajo, terminar con tanta soledad, con tanta tristeza… pero estaba Claudita prendida a mi teta y no podía. –Respirá hondo y aguantá Pato- me decían, y respiré hondo y me aguanté y me tragué todos los llantos, toda la soledad y toda la tristeza.

Pato… dale Pato

Dale Pato, dale Pato… así suplicaba Claudita cada vez que quería algo.. -Dale Pato comprame unos pantalones rayados como los que tenés en tu foto de hippie. -Dale Pato, dale Pato…-mi vieja cuando no tenía plata. -Dale Pato, dale Pato…- también la Ega para que compráramos la peluquería. Todo el mundo queriendo algo dale que dale con el “dale Pato” no mamá, no hija, no Gladys, solamente Pato. Y yo siempre dando y dando, calladita.

Pato… no jodás Pato

No jodás Pato ¿te acordás cuando conté que iba a ser abuela a los treinta y seis?. Todos exclamaban no jodás, Pato. Y no, no estaba jodiendo che, la vida me lanzó un escupitajo y vuelta a repetir la historia. Encima con ese hijo de puta malparido, que si por mí fuera lo hubiese echado a la mierda, pero Claudita no, que dale Pato, que quiero que mi hijo tenga un padre, no como yo ni como vos, que dale Pato, dale Pato, no jodás. Y bueno, me mató con lo del padre. Encima Iarita, tan chiquita, tan bonita, tan parecida a Claudita. ¿qué iba a hacer? ¿dejar que se caguen de hambre? Decí que la peluquería está dando y les puedo tirar unos pesos. Eso sí, el departamento ni en pedo lo pongo a nombre de los dos, es solamente de Claudia y de Iarita. Y el zángano reventado ese, bueh, tendré que morfármela, una más para tragarme.

Dale Pato que estás azul… decime algo, respirá que ya vienen

¿Pato azul? Qué cómico, nunca vi patos azules. Azul era el uniforme del colegio de las monjas conchudas, azul era la primer blusa que él me desabrochó, azul era el día que nació Claudita, azul es la sonrisa de Iara cuando me dice abuela ¡única que no me llama Pato! Todo eso es azul, no los patos, che. ¿Y por qué me pedís que diga algo? Estoy cansada y no puedo. Mirame y escuchame el cuerpo que las palabras se me agolpan en la garganta después de tanto tiempo de no poder salir, después de tanto empujarlas y tragarlas ¿es que no te das cuenta? Mirame y fijate, la vida se me escribió en los ojos. Mirame, acompañame y dejá que me pierda en el azul porque ya lo sé, ya viene…y creo que quiero que venga. Estoy cansada.

 

instintivamente Marzo 22, 2007

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Tenía una vida tranquila, común y corriente, como la mayoría de las nenas de su edad. No pasaba hambre, no pasaba frío, le daban todo lo que precisaba y todo lo que quería, pero cuando se apagaba la luz su universo era peligroso. Sí, peligroso como el universo de cualquier chico en la oscuridad, poblado de monstruos y demonios, poblado de temores difusos. Esos temores que tomaban cuerpo cuando escuchaba al pasar a los grandes que hablaban sobre nenes secuestrados, o peor, sobre los que aparecían muertos, algunos en los baños de los colegios. Esos temores que cobraban alas cada mañana, cuando veía a la cuadrilla de padres montando guardia en la puerta de la escuela y en el patio, por las dudas de que apareciera el loco. Y en el medio, entre la mañana y la noche el universo se le volvía claro, seguro, feliz, como todos piensan, es el único universo de los chicos.
Le gustaba bailar, o por lo menos eso creía, pero en realidad le gustaba mirar los movimientos gráciles de las bailarinas, verlas desplazarse casi en el aire sobre las minúsculas puntas de sus zapatillas. Pidió, rogó, suplicó y pataleó infernalmente hasta que la anotaron en una academia de danzas clásicas a la que iba una vez por semana, directo desde el colegio, con Adriana, cada una embutida en mallas negras formando un dúo pre-puberal gordito y amorfo. Cuando terminaba la clase la mamá de Adriana las pasaba a buscar, se iban a la casa y ahí seguían revoleando las piernas y bailoteando hasta que su propia mamá pasaba a buscarla media hora después.
Justo el día después de la tormenta Adriana amaneció con fiebre y ella con unas ganas locas de ir a bailar y perderse en la maraña de posiciones agarrada a la barra y apretujada por el cinturete. ¿Qué iba a hacer? Adriana estaba enferma, no fue a la escuela y tampoco iba a ir a la academia y ella se quedaba sin nadie que la fuera a buscar a la salida de danzas ¿qué iba a hacer? ¿volverse para su casa después del colegio? No, lo mejor era ir a la clase de baile y después irse para lo de Adriana a esperar a su mamá, total caminaba tres cuadras por Otamendi y llegaba rápido. Si llamaba a su casa y contaba lo que pasaba no la iban a dejar, mejor se callaba la boca y después, después ya estaba, a lo sumo un reto y a otra cosa.
Cuando salió de la academia ya había anochecido, en invierno oscurece muy temprano. Se envolvió con la bufanda y empezó a caminar. La calle estaba casi desierta, el frío y la llovizna desanimaban a cualquiera. La sombra de los árboles entenebrecía todavía más las veredas, así que se aferró a su bolsito y caminó más rápido, le estaba agarrando un poco de miedo.
Rápido, faltaba una cuadra.
Rápido, más rápido, faltaba una cuadra, larguísima, eterna, negra.
Rápido, rápido, y el taxi pasa y se para unos metros más adelante y ella se frena en seco. El taxi da marcha atrás y ella siente como se le erizan los pelos de la nuca y desanda los últimos pasos. El hombre prende la luz de adentro del auto, le hace señas con la mano para que se acerque y ella se queda quieta tratando de camuflarse con la oscuridad. Ella corre y el taxi avanza. Ella se esconde atrás de un tronco y el auto para. De nuevo el hombre la llama con la mano, le sonríe, le abre la puerta y ella corre tratando de alcanzar la luz del almacén de la esquina. Otra vez el taxi arranca, la acecha y se detiene junto con ella, unos metros más adelante. Y ella desorbitada, temblando como una hoja, mira hipnotizada la mano que la llama, al tipo que le sonríe, al tipo que no le saca los ojos de encima y empieza a bajarse para agarrarla. El corazón le late tan fuerte que retumba en la calle desierta. Se sabe de repente liebre agazapada y corre, corre sabiendo como los animales a punto de morir que sólo queda correr. Corre sintiendo el resuello de una respiración extraña en la espalda, corre sintiendo una voz áspera que le dice –pendeja de mierda vení para acá- y sigue corriendo sin pensar.
Se zambulló por la puerta del almacén, se incrustó contra el almacenero mientras afuera se escuchaba el rechinar de una acelerada atroz, y justo llegó su mamá que había ido a buscarla a lo de Adriana y la vio cruzar la calle corriendo. Hicieron el camino hasta su casa abrazadas, ella miraba para atrás y con cada taxi que pasaba se ponía a llorar – ahí viene má, ahí viene de nuevo-
Y el nuevo día le trajo de vuelta un universo más claro, mientras el diario de la mañana decía que en algún lugar de Buenos Aires había muerto un chico que no se supo liebre y no pudo correr.

 

El vampiro Octubre 25, 2006

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Empezó despertándose a media noche. Se quedaba dando vueltas en la cama, al principio un par de horas, después hasta que amanecía. Conciliaba el sueño un ratito y se despertaba de golpe. No había caso, hiciera lo que hiciera no podía dormir bien y a medida que pasaban los días el insomnio era cada vez peor, cada vez más largas las noches en vela, cada vez más abruptos los despertares, cada vez más enredadas las sábanas por tanta voltereta insomne. En realidad no era que no dormía nada, dormía un poquito, apenitas, y ni bien comenzaba a soñar sentía una mano gigante que agarraba su cuerpo y lo depositaba con los ojos abiertos en la oscuridad de la habitación. Intentó con pastillas, ahí sí, dormía diez horas de un tirón pero se levantaba con la sensación de haber estado toda la noche frente a la pantalla en blanco de un cine, se levantaba con un vacío absoluto. Trató de no darle tantas vueltas al asunto, pensando que era algo momentáneo que ya iba a pasar, como un resfrío de primavera que sólo necesita tiempo. Pero no, el tiempo sólo empeoraba todo, y no era tanto el cansancio que sentía, sino que la falta de sueños era lo que hacía mella. Sueños, sueños… Era inevitable, al primer indicio de un sueño se despertaba y se quedaba abrazando sus rodillas en medio de la penumbra, extrañando los días en que aunque sea tenía pesadillas y envidiando los ronquidos del cuerpo de al lado. Parecía que cuánto menos dormía uno, más plácidamente dormía el otro y eso se notaba más a la luz del día, uno, macilento, verde pálido, ojeroso, el otro, sonriente, rozagante. Y cada vez peor. Hasta que un día se cansó, dejó de intentar dormir, dejó de intentar soñar y se dedicó a vagar por la casa a oscuras. Sus noches se poblaron de figuras del sueño ajeno, como sombras chinescas proyectadas en las paredes. Pero a pesar de su firme decisión de no volver a dormir, en algún momento de su incesante deambular cerraba los ojos y dormía por segundos mientras seguía caminando y empezaba a soñar que no soñaba nada. Y otra vez el abrupto despertar, el malestar y los desayunos salpicados de no pude dormir yo dormí bárbaro. Se dijo que ya era suficiente, que no volvería a dormir ni a dormitar ni siquiera por un instante aunque muriera en el intento. Tomó jarras enteras de café y siguió vagando en la oscuridad, viendo como noche a noche las sombras chinescas del sueño ajeno se hacían cada vez más tenues, y como los desayunos se salpicaban de yo no dormí nada yo dormí muy poco, hasta que fueron dos los vagabundos nocturnos y la penumbra se iluminó cada vez menos con destellos de sueños y desayunaron un silencio insomne compartido.
La última noche los encontró esquivándose, mirándose sin verse y adivinándose el rostro desencajado de los sin sueños, hasta que tanto deambular errático y ciego hizo que se chocaran.
Una explosión de luz invadió la habitación mientras uno sentía la somnolencia que lo invadía con un cosquilleo tibio y el otro se volatilizaba liberando en cada voluta los sueños robados desde hacía meses.
Y arrebujándose en un sillón el insomne dormido los atrapó uno a uno, como si fueran mariposas, y los soñó uno a uno, como al principio de los tiempos.

 

Recuerdos del futuro IV Octubre 5, 2006

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Se sentía como Robinson Crusoe. Estaba cansada, muy cansada después de tantos meses a la deriva, después de tanto luchar, después de haber nadado tanto tiempo contra la corriente. Si alguien le hubiese preguntado en ese momento cuál era su nombre, con seguridad hubiera contestado, my name is gladiator. Y se rió pensando lo absurdo y acertado de esa respuesta. Se sentó en el medio de los restos del naufragio con una cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra y sin cerrar los ojos, en la penumbra de la tarde que se iba, se perdió en si misma. Se acordó de esa mujer amiga de una amiga de una amiga, que cuando el marido le pegaba se abolillaba en el piso para no sentir las patadas, que era lo mismo que había hecho ella, se había hecho un bollito para no sentir, se había hecho un bollito y esperado a que terminara esa verborragia de amor odio lacerante sin sentido, o sí, con el sentido de destrozarle la piel y secarle adentro la sangre, y arrancarle, si fuera posible, el alma. La colilla le quemó los dedos, tomó un trago largo de cerveza directamente del pico, prendió otro cigarrillo y pensó que tanta soledad mal acompañada le había matado algo adentro, que aunque no había podido sacarle el alma se la había recubierto con algo. Le faltó el aire y se imaginó que la cubierta de su alma era un cascarón que la aprisionaba, se dijo que estaba medio en pedo y apuró el resto de la cerveza, estaba asquerosa, caliente. Se levantó y en la oscuridad fue a buscar otra, caminando a ciegas empinó la botella, sintió el líquido amargo y fresco que se deslizaba por su garganta y de nuevo le faltó el aire. Sin lugar a dudas estaba cada vez más borracha, o había fumado mucho, o las dos cosas, o a lo mejor en serio el cascarón de su alma la estaba asfixiando. No, no, la falta de aire era por el pucho y el cascarón del alma era por la borrachera, tenía que dejar de pensar esas estupideces que la asustaban. Quiso hacer fondo blanco para aletargar de una buena vez sus pensamientos pero la asfixia le impidió tragar y la botella se estrelló contra el piso. Salió corriendo con los pies ensangrentados, gateando, arrastrándose hasta el patio buscando aire y solamente encontró una lluvia feroz, y lloró pensando que se moría, y gritó un sollozo de bronca y alivio, y el amanecer la encontró con una piel nueva, berreando de felicidad como un recién nacido.

 

Balance Septiembre 6, 2006

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Hoy me puse a hacer balance, raro en mí, porque debe y haber son palabras totalmente carentes de significación. Pero tuve la necesidad de encolumnar parte de mi vida de un lado y parte de mi vida del otro, y ver. Será por esta continua sensación de venir a pura pérdida durante meses, será porque estoy infinitamente vieja, será porque me crece un hueco adentro, no sé, tuve la necesidad. Y sí, che, lo hice. Puse un día como hoy, hace once años, con la vida empaquetada y un llavero nuevo en la mano. Puse un día como hoy, hace seis, buscando un vestido lindo que adornara mi panza enorme y sietemesina. Puse todos los olores y sabores, los colores, los días de lluvia, los de sol y los de tormenta. Puse todas las mañanas y todas las noches. Y puse de un lado y puse del otro, acomodé, reubiqué y seguí poniendo retacitos de vivencias con los sentimientos atorados en la garganta. Y como por más que me esforcé no pude encontrar nada para eliminar de la columna azul ni nada de la roja, las mezclé, las entreveré. Me quedaron algunas zonas moradas, algunas de azul profundo, y la certeza absoluta de que valió la pena.

 

Brachypelma Agosto 23, 2006

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Pucha! Pensó que iba a tener que ponerse a dieta, los pantalones le apretaban cada vez más. Hacía unos días había recibido la noticia y parecía que la buena nueva no hacía más que ensancharle el culo. Cualquiera que la viera pensaría que era producto de los años, que un culo portentoso en la juventud devenía naturalmente en un culo grande y medio caído en la senectud, pero ella sabía que las buenas noticias siempre se le acumulaban en el culo. Si había nacido chatita, chatita! Fue desarrollándose a medida que las cosas fueron dándose como ella quería y ahora, ahora ya no cabían en sí, ni ella ni el culo.
Lo único que le molestaba en ese momento eran esas verruguitas a los costados del torso. Las había contado, cuatro en total, dos de cada lado, estaban cada vez más grandes, más largas, y se recubrían de pelusa. A lo mejor era algo hormonal eso de la pelusa, porque se le estaba extendiendo por todo el cuerpo. Sí, seguro era hormonal, por eso también sentía la saliva más densa y un gusto raro en la boca. Y ahora que pensó en la boca… seguro que tendría que cambiar la prótesis, no le calzaba como antes, algo no andaba bien entre los dientes postizos y esos dos colmillos que conservaba. Pero para qué preocuparse, se sentía plena. Cada vez que se acordaba de la noticia se le hacía agua la boca, se le llenaba de una baba espesa, casi gelatinosa, y sentía esos tironcitos en su parte trasera, señal que el culo le crecía de felicidad, y también sentía tironcitos en las verrugas, que se alargaban.
Estaba tan contenta, pero tan contenta que hasta se ponía a cocinar todos los días. Cuando preparaba la comida la baba se le escurría por la punta de los colmillos, y caían minúsculas gotas. No importaba, eran gotas de felicidad. Y tuvo una visión, a la yegua que estaba por salir definitivamente de su vida le pasaba lo mismo, cada vez que cocinaba se le escapaban gotas por la boca. Y corrió a llamar por teléfono, a advertir, porque quería ser la única en derramar baba en su comida. Quería ser la única. Y una vez hecha la advertencia el culo le volvió a crecer, las verrugas volvieron a alargarse, sus colmillos volvieron a gotear y la acometieron unas terribles ansias de hincarlos en una piel suave. Morder, quería morder, necesitaba morder. Le dolían las mejillas, las sentía hinchadas, calientes, llenas, los dientes no le entraban en la boca. La luz se le hizo insoportable. Corrió por toda la casa buscando algún rincón que le diera sosiego. Sentía que enloquecía de dolor, las verrugas le estiraban la piel desgarrándosela, las verrugas parecían brazos peludos y ensangrentados. Y siguió corriendo. Y gritó un grito enmarañado de hilos. Y se acurrucó detrás de un mueble. Y entre sus ocho patas se agazapó con los colmillos babeantes, y esperó, esperó.

 

Obediencia debida Junio 29, 2006

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No sé por qué me acordé de él. Esas cosas que tiene mi mente, que se le da por vagabundear adentro mío, tomar las riendas y llevarme para dónde quiere. La cuestión es que me acordé.
Era un hombrecito en el sentido más peyorativo que puede adquirir la palabra. Era detestable. Milico de pies a cabeza, recién bajado de un buque, acostumbrado a tratar con marinos, acostumbrado a mandar y a que se cumplieran cada uno de sus caprichos. Me caía muy mal y yo le caía muy mal a él, nos tolerábamos apenas con ese apenas que da la conveniencia. Era el capitán de navío, mi jefe.
Al principio me divertía verlo, muchísimo. Caminaba para un lado se pegaba con la mano en la cabeza, volvía sobre sus pasos y vuelta a pegarse en la cabeza para salir para el otro lado. Podía seguir con el ritual durante media hora, hasta que, supongo, harto de tanta indecisión, volvía a encerrarse en su oficina. Si estaba vestido de civil y venía alguna visita de uniforme, corría a ponerse el suyo. Lo mismo pasaba si estaba de uniforme y la visita venía de civil, corriendo al baño a desembarazarse las tiras. Creo que nunca coincidió su vestimenta con la de sus visitantes, así que lo suyo era un continuo vestirse y desvestirse, era una puta del sistema.
Y la cosa en poco tiempo dejó de divertirme. Claro, él ordenaba y yo trataba de explicarle que lo que quería no podía hacerse por reglamento interno. Me hartó el día en que me dijo que él siempre tenía razón y que no me pagaban para pensar. A partir de ahí ejecuté sus órdenes. Obviamente le llegó una sanción por apartarse de lo reglamentario. Quiso hacerla extensiva hacia mí, y le recordé que él nunca se equivocaba, que no me pagaban para pensar, que en todo caso aludiera ante su superior que siempre tenía razón. Ahí se hartó él.
A partir de ese momento empezó la lucha de voluntades.
Y el capitán me recortó las horas extras.
Y yo trabajé a reglamento.
Y el capitán me dijo que renunciara.
Y yo le dije que me echara o me diera el pase a otra división.
Y el capitán insistió en que renunciara.
Y yo no le contesté.
El viernes de su desgracia empezó tempranito cuando me espetó la orden de ir a su oficina, tenía que contestar una nota urgente para el director del departamento. Durante toda la mañana toqué a la puerta de su despacho, pero siempre estaba con alguien y no podía dictarme la contestación. Dos de la tarde, orden expresa de no hacer horas extras, agarré mi cartera y me fui.
Lunes 08,00 AM. – Venga a verme- ladró por el interno. Lo encontré paradito al lado del escritorio, la puerta tenía un agujero y él la mano enyesada
-¿Por qué se fue el viernes?
- Era mi horario de salida y Ud. ordenó que no hiciera hs. extras.
- Pero yo la necesitaba.
- Pero yo tengo el deber de obedecerle.
- Mire lo que me pasó por su culpa
(me señaló el agujero y el yeso).
- Perdón, no recuerdo haberlo golpeado.
- No se haga la viva.
- No, no, si usted le pegó una piña a la puerta en un ataque de bronca, seguramente el vivo es Ud.
-Salga de acá, pero primero fírmeme este papel, es su pase.

Lo que todavía no me acuerdo es si me puse contenta porque conseguí el pase o porque lo saqué de las casillas hasta último momento.

 

La partida. Junio 15, 2006

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Se conocieron jugando al ajedrez. En realidad cuando se encontraron ella trataba de bucear en su infancia para recordar cómo era que se movían las piezas y él se ofreció a ayudarla solamente por sentir el placer de decirle jaque.
El juego se convirtió en su juego particular, en su lazo. Su amistad, su amor, su costumbre pasaban por la interminable peregrinación de las figuras sobre las sesenta y cuatro casillas blancas y negras, y siempre el mismo final, jaque.
Para él era irresistible verla, ir comiendo uno a uno sus peones, sus caballos, sus torres, matar a su reina, percibir su temblor ante el final, su palidez justo antes de la palabra. Se extasiaba porque ella se llenaba de un miedo palpable desde el fondo de las pupilas dilatadas. Transformó las partidas en un juego de acecho, en el juego de un predador con su presa, y podía casi sentir el gusto de su sangre en la boca cada vez que decía jaque. Se dio cuenta de que terminaban pronto si comía a la reina, entonces la dejaba para el final. Necesitaba ver el temblor, el miedo, la agitación, necesitaba regodearse en su poderío para paladearla a pleno, para ultrajarla, rebajarla, para masticarla, para gozarla. Jaque.
Jugaban cada vez más seguido, a veces durante horas, con un tablero percudido y piezas gastadas, destrozadas a mordiscones. Jugaban, jugaban, ya casi no dormían ni comían, solamente jugaban.
Quisieron festejar el aniversario de su primer partida con un tablero y piezas nuevas talladas a mano. Se sentaron frente a frente y empezaron. Después de veinticuatro horas sintieron un poco de cansancio, pero el primer jaque los despabiló. Sin titubear ella salió de la posición y se escudó.
Jaque.
Sintió cómo se le dilataban las aletas de la nariz.
Jaque.
Movió la pieza con un temblor apenas perceptible.
Jaque.
La sangre se vació de su cara.
Jaque.
Sintió el acecho y el terror por no encontrar refugio. Quiso correr pero no pudo sacar las piernas entumecidas de debajo de la mesa. Quiso defenderse con las manos pero antes de poder moverlas sintió como se las clavaba al tablero. Quiso gritar y cuando abrió la boca para hacerlo la mano de ella se le hundió en la garganta,
jaque mate,
desgarrándolo.