Era feliz, feliz, feliz. Por primera vez en la vida sentía tanto amor por alguien. El era todo para ella y todo de ella, todo lo que había soñado desde chiquita y, desde que vivían juntos le parecía que la vida era digna de ser vivida. Ya no tenía miedo de nada ni de nadie porque él la protegía. Sí, sí, él era todo para ella, todo de ella, era en lo primero que pensaba al despertarse y en lo último que pensaba al acostarse y hacía fuerza, mucha fuerza, para poder soñar con él así seguían estando juntos en ese tiempo blanco que es el dormir. Trataba de anticiparse a sus pedidos y amaba servirlo, y se deshacía en ternura cada vez que él le agradecía algo. Le daba y le daba y le daba, le daba lo que quería, lo que pedía y lo que no quería y no pedía también, porque necesitaba mostrarle todo el amor que sentía de alguna manera y, la única manera que conocía era esa, dar y dar y dar. En lo único que no estaba dispuesta a ceder, por más que él se lo pidiera cada vez más seguido, era en tener un hijo. El sólo pensar en compartirlo con un crío o con cualquiera le provocaba un dolor físico intenso, él era todo de ella. Y las discusiones por un bebé se fueron sucediendo mes a mes, semana a semana, día a día, hasta que él cansado y atónito ante la negativa quiso lastimarla estúpidamente y le dijo que seguramente si hubiera seguido con Analía ya tendrían dos o tres chiquitos.
El mundo se le angostó y se suspendió el tiempo y el espacio cuando escuchó el nombre Analía, y la cabeza se le llenó de algodón blanco y cayó estrellándose contra el piso agarrándose el pecho, queriendo atajar los pedazos de su corazón roto. Se despertó en el hospital con un montón de cables que salían de su cuerpo y la ataban a diferentes monitores, y lloró de amor cuando vio que él dormitaba en una silla al lado de su cama. Y realmente no le importó la palabra infarto, ni la lista de cuidados, ni el montoncito de papeles con estudios y controles a realizar, lo único que le importó es que él seguía a su lado, cuidándola.
Volvieron a su casa y no tocaron más el tema del bebé, mucho menos el tema de Analía, pero ella no podía parar de pensar. En su obligado reposo pensaba y pensaba, pensaba en Analía. La odiaba. No la conocía más que de nombre y le inventó una cara, un cuerpo, una voz, la inventó hermosa y la odió más por eso. La odiaba cuando fantaseaba que ella lo había dejado a él y lo había hecho sufrir. La odiaba cuando fantaseaba que él la había dejado a ella y ella seguía enamorada de él. La odiaba cuando fantaseaba con ellos juntos en la cama. La odiaba, la odiaba y el odio amalgamaba los pedacitos de su corazón roto. La odiaba tanto tanto que salió a buscarla y pasaba el día deambulando mirando la cara de las mujeres que se cruzaba queriendo adivinar el rostro de Analía.
¿-Qué hacés todo el día afuera? – preguntó él
-Nada, nada, el doctor dijo que tengo que caminar, camino
Y ni bien el se iba al trabajo ella peregrinaba por toda la ciudad en busca de Analía. Un par de veces creyó reconocer la cara inventada y se acercó por detrás, desorbitada, preguntando en susurros
-¿Vos sos Analía, vos sos Analía?
Y ante la negativa se ponía a gritar desaforada
-¡¡¡¡Hija de puta hija de puta hija de putaaaaaaaaa!!!!
Y los días pasaban y Analía no aparecía y ella la odiaba con todo su corazón amalgamado de odio. Quería matarla, hacerla sufrir por hija de puta, destrozarla para que supiera que él era todo de ella. Quería torturarla por todo el tiempo que había estado con él, tiempo que le había robado por el sólo hecho de existir y haberlo conocido antes. Quería asesinarla con sus propias manos para que entendiera de una vez y para siempre que él era todo de ella.
La odiaba, la odiaba, la odiaba, y la muy hija de mil putas no aparecía por ningún lado, y ella se desesperaba y ya no tenía ganas de ir a caminar, ya no tenía energías para salir de su casa, solamente podía llorar y retorcerse las manos por horas. Encima él estaba cada vez menos tiempo, últimamente sólo para dormir, y ella sentía que cuánto más odiaba a Analía más lo amaba a él, y él se le estaba yendo y no podía retenerlo, y se retorcía las manos hasta hacérselas sangrar. Y en la cúspide de su desesperación, llorando a la noche sentada en la cama con las manos hinchadas de odio y amor, se dio cuenta de que había una única manera de desterrar a Analía y de demostrarle que él era todo de ella
Y feliz, feliz, feliz, como al principio
el amanecer la encontró riendo
royendo un cuerpo entre carcajada y carcajada
feliz, feliz, feliz
con él todo de ella
con él definitivamente dentro de ella
de ahora en más
para siempre
