Mitad del vaso

No puedo vivir conforme a ejemplos, ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma, eso sí lo voy a hacer, pase lo que pase. Lou Andreas Salome

para siempre Diciembre 18, 2008

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Era feliz, feliz, feliz. Por primera vez en la vida sentía tanto amor por alguien. El era todo para ella y todo de ella, todo lo que había soñado desde chiquita y,  desde que vivían juntos le parecía que la vida era digna de ser vivida. Ya no tenía miedo de nada ni de nadie porque él la protegía. Sí, sí, él era todo para ella, todo de ella, era en lo primero que pensaba al despertarse y en lo último que pensaba al acostarse y hacía fuerza, mucha fuerza, para poder soñar con él así seguían estando juntos en ese tiempo blanco que es el dormir.  Trataba de anticiparse a sus pedidos y amaba servirlo, y se deshacía en ternura cada vez que él le agradecía algo. Le daba y le daba y le daba, le daba lo que quería, lo que pedía y lo que no quería y no pedía también, porque necesitaba mostrarle todo el amor que sentía de alguna manera y, la única manera que conocía era esa, dar y dar y dar. En lo único que no estaba dispuesta a ceder, por más que él se lo pidiera cada vez más seguido, era en tener un hijo. El sólo pensar en compartirlo con un crío o con cualquiera le provocaba un dolor físico intenso, él era todo de ella. Y las discusiones por un bebé se fueron sucediendo mes a mes, semana a semana, día a día, hasta que él cansado y atónito ante la negativa quiso lastimarla estúpidamente y le dijo que seguramente si hubiera seguido con Analía ya tendrían dos o tres chiquitos.

El mundo se le angostó y se suspendió el tiempo y el espacio cuando escuchó el nombre Analía, y la cabeza se le llenó de algodón blanco y cayó estrellándose contra el piso agarrándose el pecho, queriendo atajar los pedazos de su corazón roto. Se despertó en el hospital con un montón de cables que salían de su cuerpo y la ataban a diferentes monitores, y lloró de amor cuando vio que él dormitaba en una silla al lado de su cama. Y realmente no le importó la palabra infarto, ni la lista de cuidados, ni el montoncito de papeles con estudios y controles a realizar, lo único que le importó es que él seguía a su lado, cuidándola.

Volvieron a su casa y no tocaron más el tema del bebé, mucho menos el tema de Analía, pero ella no podía parar de pensar. En su obligado reposo pensaba y pensaba, pensaba en Analía. La odiaba. No la conocía más que de nombre y le inventó una cara, un cuerpo, una voz, la inventó hermosa y la odió más por eso. La odiaba cuando fantaseaba que ella lo había dejado a él y lo había hecho sufrir. La odiaba cuando fantaseaba que él la había dejado a ella y ella seguía enamorada de él. La odiaba cuando fantaseaba con ellos juntos en la cama. La odiaba, la odiaba y el odio amalgamaba los pedacitos de su corazón roto. La odiaba tanto tanto que salió a buscarla y pasaba el día deambulando mirando la cara de las mujeres que se cruzaba queriendo adivinar el rostro de Analía.

¿-Qué hacés todo el día afuera? – preguntó él

-Nada, nada, el doctor dijo que tengo que caminar, camino

Y ni bien el se iba al trabajo ella peregrinaba por toda la ciudad en busca de Analía. Un par de veces creyó reconocer la cara inventada y se acercó por detrás, desorbitada, preguntando en susurros

-¿Vos sos Analía, vos sos Analía?

Y ante la negativa se ponía a gritar desaforada

-¡¡¡¡Hija de puta hija de puta hija de putaaaaaaaaa!!!!

Y los días pasaban y Analía no aparecía y ella la odiaba con todo su corazón amalgamado de odio. Quería matarla, hacerla sufrir por hija de puta, destrozarla para que supiera que él era todo de ella. Quería torturarla por todo el tiempo que había estado con él, tiempo que le había robado por el sólo hecho de existir y haberlo conocido antes. Quería asesinarla con sus propias manos para que entendiera de una vez y para siempre que él era todo de ella.

La odiaba, la odiaba, la odiaba, y la muy hija de mil putas no aparecía por ningún lado, y ella se desesperaba y ya no tenía ganas de ir a caminar, ya no tenía energías para salir de su casa, solamente podía llorar y retorcerse las manos por horas. Encima él estaba cada vez menos tiempo, últimamente sólo para dormir, y ella sentía que cuánto más odiaba a Analía más lo amaba a él, y él se le estaba yendo y no podía retenerlo, y se retorcía las manos hasta hacérselas sangrar. Y en la cúspide de su desesperación, llorando a la noche sentada en la cama con las manos hinchadas de odio y amor, se dio cuenta de que había una única manera de desterrar a Analía y de demostrarle que él era todo de ella

Y feliz,  feliz,  feliz, como al principio

el amanecer la  encontró riendo

royendo un cuerpo entre carcajada y carcajada

feliz, feliz, feliz

con él todo de ella

con él definitivamente dentro de ella

de ahora en más

para siempre

 

el cadáver Junio 12, 2008

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Lloraba, no podía parar. Era una criatura indefensa en un cuerpo de adulto, y lloraba, lloraba, pataleaba. Sentía soledad, miedo, pero por sobre todo, bronca, una bronca ciega que le subía hasta la boca del estómago y se le desparramaba como un torrente rojo por cada una de las células de su ser. No sabía bien qué había pasado. No entendía. No se acordaba de nada, tenía una laguna oceánica que le ahogaba los recuerdos de un periodo. Tenía registro del antes y del ahora, no del durante, y sólo sabía lo que veía, un cuerpo, el cuerpo muerto de ella tirado, desparramado como una muñeca olvidada en el piso. Muñeca rota, sí, era eso, porque no parecía un cadáver. Muñeca partida, desarticulada, floja, sin sangre, sin heridas, solamente desarticulada y floja, y sin vida. Y se revolcaba de bronca llorando la muerte hasta llegar al lado del cuerpo inerte, lo tomaba en sus brazos, lo acunaba, y miles de gemidos de desamparo se le escapaban por la boca, como estrellas fugaces que iluminaban la habitación dejándolo oscuro adentro. Estaba muerta y él no sabía por qué, no se acordaba y lloraba, lloraba pensando en que quizás se había muerto de muerte natural, en que quizás se había suicidado, en que quizás la había asesinado, y en que quizás, lo más probable, se hubiese muerto por las tres cosas, muerta de muerte, suicidada y asesinada. Intentaba revivirla insuflándola, pero toda la luz se le había escapado en los gemidos y lo único que conseguía era llenarla de aire oscuro que la mataba cada vez más. La sacudía violentamente en vanos esfuerzos de que abriera los ojos, pero sólo lograba despeinarla y entonces, nuevamente, la acariciaba despejándole el pelo de la cara y la acunaba, llenándola de lágrimas. No podía, no quería enterrarla. No le importaba que estuviera muerta, fría, desarticulada, quería quedarse con ella, estar con ella para siempre. No le importaba que fuera un envase vacío, no le importaba nada. Y trató de seguir adelante haciendo como si ella no estuviera muerta. Creó rutinas de charlas frustrantes que terminaban siempre de la misma manera, ya que ella con la inmutez de la muerte despertaba la ira de él, que la sacudía queriendo adivinar un atisbo de vida, queriendo una respuesta. Y era tal su falta de resignación, su falta de amor a sí mismo, que se ató la muerta al cuello como una monstruosa bufanda funeraria y salió al mundo para encontrar las respuestas que ella no le daba, el por qué se había muerto dejándolo solo. Y así deambuló con la muerta al cuello, masticando su bronca y su miedo, dejando la vida con cada paso, sin poder ver las primaveras. Caminaba cada vez más lento y encorvado por el peso de ella, que increíblemente, por el hecho de estar muerta, crecía y crecía descomunalmente. Cuando no pudo caminar más, gateó, y después se arrastró como una tortuga inválida, cargándola, sin soltarla. Y la muerta atada a su cuello era ya tan enormemente grande que lo aplastó, pero él siguió sin soltarla, con la esperanza de que con el correr de los siglos alguien los encontrara irreverentemente entreverados.
Pero solamente encontraron a un hombrecito triste y gris, arrugado y solitario, seco y acabado, que no supo soltar a tiempo a un amor muerto

 

parasitosis Mayo 9, 2008

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No daba más del dolor de estómago. Desde que había vuelto del Amazonas estaba así, cada dos o tres días se doblaba del dolor y no había ningún antiespasmódico que le hiciera efecto. Empezaba con un ligero retorcijón que se iba apretando en espiral hasta casi cortarle la respiración, después venía la revolución interna con un ardor insoportable y dentelladas rabiosas dentro de las tripas que lo dejaban tumbado en posición fetal por horas. Había recorrido todos los consultorios de los gastroenterólogos de su obra social pero todos le dijeron lo mismo después de hacerle repetir una y otra vez los mismos estudios, no tenía nada, por lo menos nada detectable, porque el dolor seguía repitiéndose cíclicamente.
Estaba seguro de que había sido algo que había contraído en la selva, algo en el agua del río, después de todo parte de los síntomas empezaron ahí, en la ribera verde y húmeda plagada de vahos putrefactos de plantas y animales en descomposición. Sí, algo de ese agua extraña que se escurría por entre los dedos y que solamente podía sorberse directamente a los lengüetazos, como hacían los animales, debía haberlo enfermado, ya que fue justo después de haberla bebido que lo acometió un terrible cólico al que le siguió una diarrea nauseabunda y explosiva que desparramó sus heces en quince metros a la redonda. La diarrea le había impedido subirse los pantalones durante días porque las descargas inmundas se sucedían cada cinco minutos salpicando cuanto tenían a su alcance. En medio de una de esas explosivas defecaciones fue que sintió algo que se metía por su culo abierto y paspado de tanto cagar, pensó que era el roce de los yuyos sobre los que se había acuclillado, y como en ese preciso instante el volcán de sus intestinos se aplacó, no le dio mayor importancia. Pero ahora, retorcido de dolor tirado en su cama, recordaba cada uno de esos detalles tratando de encontrar la causa que los médicos no encontraban.
Era tanto el tiempo que pasaba dolorido que, cuando el dolor no estaba lo extrañaba con el extrañar que da la incertidumbre de pensar y pensar en qué momento va a llegar lo tan temido, y ese extrañar se hacía tan intenso que el dolor volvía. Y volvía con un correteo viboreante dentro de sus tripas que se le esparcía por cada uno de los nervios de su cuerpo. Y no volvía solo, volvía con el hedor de los condenados que se le escapaba por el pecho, con ese olor particular de flores mustias amontonadas en el encierro. Y es cierto que el dolor le dolía y el hedor lo enloquecía, pero también es cierto que en algún punto lo calmaban porque le daban la seguridad de tener algo propio, y se regodeaba entonces como un cerdo en el barro revolcándose feliz en su desgracia.
Sus amigos, preocupados, lo llevaron a la rastra hasta la covacha de una curandera en la provincia que lo miró, lo palpó, lo olfateó espantada y sentenció:
-Mhijo, lo que vos tenés son bichos, gusanos, lombrices. Se ven las colitas ahí, en el fondo de los ojos y se sienten en la panza como te andan hurgando por adentro. Tenés que matarlas rápido antes de que te maten a vos. Te están llegando al corazón para anidar, por eso hedés de esa manera en el pecho, están poniendo como batarazas enloquecidas. Rápido mhijito, rápido- y lo untó con alcanfores, mientras el se reía- Ave María Purísima- lo ahumó con cáscaras de ajo- sin pecado concebida- lo bañó con agua de lluvia curada al sereno- llena eres de gracia- le colmó la boca con semillas de zapallo secas. Y mientras seguía rezando y persignándose iba preparando una botella de caña con mejunjes. -Tomate esto chiquito, tomátelo todo de golpe a la noche que te va a hacer bien así quedan con el hocico abierto y tontas y después se desprenden. Pero rápido mhijito, no dejes pasar más tiempo-
Y él, riéndose, escupiendo semillas entre dientes y apestando como nunca entre su propio hedor, los alcanfores, el ajo y el agua de lluvia, agarró la botella y se fue.
Llegó a su casa después de tres horas de viaje y se metió directamente bajo la ducha para sacarse el terrible olor que traía encima, pero no pudo terminar porque un ligero retorcijón que se fue apretando en espiral casi le cortó la respiración, después vino la revolución interna con un ardor insoportable y dentelladas rabiosas dentro de las tripas lo dejaron tumbado en posición fetal en la bañera. Como pudo se incorporó en medio de espasmos y trató de arrastrarse hasta la cama pero quedó tendido a mitad de camino. El dolor era terrible, parecía que cada una de sus terminaciones nerviosas estaba a cielo abierto multiplicando por millones lo que pasaba en su estómago. Espumarajeó por la boca quedando inmerso en un charco de baba verde y antes de que sus ojos empezaran a darse vuelta vio y manoteó la botella de la curandera. Como pudo, en medio de las convulsiones que lo estremecían, intentó sacarle el corcho con los dientes pero un bruto sacudón de sus mandíbulas partió el cuello de la botella y se le llenó la boca de líquido y vidrios que masticó junto con su propia lengua. Poco a poco tragó el líquido mezclado con vidrios, pedazos de lengua y sangre de su boca destrozada y empezaron a adormecerse, él y su dolor, chapaleando los últimos estertores en medio del charco de baba verde.
Salió de su desmayo por un terrible cólico al que le siguió una diarrea nauseabunda y explosiva que estampó sus heces en las paredes del living. Quiso pararse pero una segunda descarga inmunda volvió a tumbarlo, y así fue una y otra vez hasta dejarlo exhausto y cubierto de mierda pero, extrañamente, sin dolor.
Sin dolor. Sin dolor, y se ahogó en un grito de angustia. Sin dolor de ahora en más, sin algo propio, y se revolcó furioso en su propia mierda. Sin dolor para siempre, y se hundió las uñas en el ombligo desgarrándose la piel y los músculos, liberando a miles de gusanos blancos que lo devoraron, feroces, devolviéndole el dolor, devolviéndole algo propio, de ahora en más, para siempre.

 

miedo Marzo 27, 2008

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¿Cómo había llegado a ese punto? Las preguntas le latían en la oscuridad mientras se agazapaba debajo de la mesa y rogaba para que el mantel la tapara por completo. Se agarraba fuerte el cuerpo para que el temblor de sus huesos y el estruendo de su corazón no la delataran. -Que no venga, que no venga, que no venga- rogaba entre pensamiento y pensamiento.- Que no me encuentre, que no me encuentre, que no me encuentre- repetía entre recuerdo y recuerdo. -Que se vaya, que se vaya, que se vaya, que no venga, que no me encuentre, que se vaya- Y el miedo le subía como una gran bola de vómito agrio desde el centro del estómago hasta la garganta.
Miedo. Le tenía miedo, o más bien, tenía miedo de él. No era miedo a la agresión física, que estaba segura, podía repeler de la forma más feroz. Era algo mucho más sutil que un golpe, era algo como un velo que cubre y descubre movido por el viento. Era miedo en estado puro que bombeaba miedo desde el fondo de sus pupilas dilatadas, se esparcía por el aire cada vez que espiraba y volvía a metérsele dentro cuando inspiraba. Era miedo que le tensaba cada uno de sus músculos hasta dejarla catatónica.
-¿Cómo había llegado a ese punto?- se preguntaba entre espasmo y espasmo mientras trataba de adivinar las pisadas en el corredor. -¿Cómo había llegado a ese punto?- se repetía advirtiendo un murmullo de pies lejanos. -¿Qué había pasado con ella?- y el roce de los zapatos cada vez más cerca la hacía temblar - ¿Qué había pasado con él?- y el taconeo perpetrando la habitación le cortó la respiración. Y ya no hubo lugar para más pensamientos que pudieran oírse, solamente le quedaba abrazarse a su cuerpo haciéndose un bollo chiquito para aguantar la andanada. Cerró fuerte los ojos y rezó el único rezo que conocía -que no me encuentre, que no venga, que se vaya- pero el estruendo de sus huesos castañeándole dentro la delató.
La luz estalló en mil pedazos junto con los cristales destrozados por el tirón del mantel, esos cristales que una vez fueron azules y ahora, totalmente transparentes.
Y ella, indefensa, agazapada, se deshizo bollo y se armó cuerpo con la zarpa que la agarró de los pelos y entendió que ya era suficiente.
Ella, indefensa, parada, absorbió un par de ojos chiquitos que le entraron por sus pupilas dilatadas, dejándolo ciego.
Ella, parada frente a él, inerme, le ofreció la boca como en otros tiempos.
Ella, jugueteando con su lengua, le devolvió el vómito agrio empujándoselo por el esófago hasta hacérselo tragar por completo.

 

la sombra Noviembre 1, 2007

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Soy la podredumbre que habita en sus entrañas, Medusa ciega inmune a los espejos. Soy los pensamientos y sentimientos más abyectos, los gritos que ahogan en la almohada. Soy el placer del sentimiento homicida y la culpa que conlleva. Soy el vacío por la muerte del amado y el gusano que se nutre con su carne putrefacta. Soy eso que jamás dijeron ni dirán pero que los marca y atormenta. Soy lo real de cada uno, sin disfraz ni maquillaje, sin palabras. Soy lo que no porta la mueca inmunda del esperanzado, sino lo que luce la belleza del instante de detenimiento que se produce antes de la muerte. Y cada uno sigue mirando pensando, idiotas, que sólo habito en el otro, sin darse cuenta que todos son mi pueblo. Soy el terror del desamparo, la bajeza más profunda, el abismo en el que se hunden cada día y del que tratan de escapar con la poesía. Soy eso a lo que nunca podrán ponerle nombre y sin embargo los corroe con el imperativo categórico, el único del que dan cuenta ¡Sufre! Soy lo que tapan, entierran, esconden en cada recoveco de su alma, y sin embargo aparece en cada rincón del pensamiento. Soy el sabor amargo que intentan endulzar intentando el amor. Soy la droga que produce la peor abstinencia, soy la destrucción. Soy lo que quieren matar, estúpidos, sin saber que no se mata lo que está muerto desde el origen. Soy el tope a sus vanos esfuerzos de imaginar la felicidad, imbéciles, que no cesan de estrellarse contra mí. Porque ahí, en ese fondo último y recóndito de cada uno, no hay otra cosa por más que quieran. Yo, y ustedes. Yo, medusa ciega. Y ustedes, sin alternativa.

 

voraz Diciembre 27, 2006

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Recordaba las clases de música de su infancia, aburridas, aburridísimas, en las que no podía hacer otra cosa que escuchar a Mozart o a Bach en el sopor de las siestas veraniegas. Se entretenía viendo el vuelo acompasado al ritmo de la música de las moscas que entraban por la ventana buscando algo con que saciarse. Ese había sido el comienzo de su fascinación, le fascinaban las moscas. Al principio fue eso nada más, el gusto por verlas moverse como bailarinas clásicas surcando el aire caluroso del aula polvorienta, pero de a poco fue cambiando. El vuelo dejó de interesarle y se concentró en los ojos, enormes bolas de celdillas, y en la probóscide que subía y bajaba para sorber el alimento semidigerido por la baba, y las patitas que se frotaban fuerte como las manos de un gordo goloso después de una comilona. Pero ahora era distinto, se deleitaba no con cualquier mosca sino solamente con las moscas quereseras. La atraían con la fascinación morbosa que da el asco. Se asqueaba de placer, se empalagaba de asco cada vez que encontraba en la carne olvidada fuera de la heladera las cresas diminutas, prolijas, dispuestas en forma ovoidal, como en un plato, esperando el momento de eclosionar y empezar el festín carnívoro. Cada huevito alargado, perfecto, blancuzco, apenas brilloso, como cajitas de joyas. Cada huevito con el germen de la voracidad latiendo adentro. El placer se le extendía por el cuerpo a medida que pasaba el tiempo, temblaba de ansiedad esperando el momento exacto en que cada huevito desaparecía para dar paso a un gusano diminuto que se enredeba con otro, con otro, con cientos, y todos juntos daban rienda suelta a su hambre contenida hundiéndose en la carne podrida, saliendo, entrando, cavando túneles inmundos, engordando, alargándose, volviéndose cada vez más voraces, hasta transformarse un un hervidero putrefacto de células que formaban un solo organismo indiferenciado, sibilante, asqueroso, maloliente, que se movía espasmódicamente hasta que sobrevenía la quietud antes de la última transformación. Y ahí, en el clímax del asco, hundía las manos en la masa blancuzca, apretaba fuerte los dedos una y otra vez hasta dejar una gelatina, hasta que el cuerpo se le sacudía convulsivamente.
Moscas, sentía que cada vez las necesitaba más, necesitaba el fruto de su fecundidad para poder aplastarlo, destruirlo. Necesitaba empalagarse con el asco. Necesitaba desesperadamente oír el zumbido penetrante que preludiaba el principio del placer más allá del placer. Y a medida que su necesidad aumentaba también le aumentaba en las entrañas un agujero sórdido y oscuro que no podía llenar con nada, hasta que necesidad y agujero se fundieron en una sola cosa, un solo impulso.
El invierno se le hacía eterno a su impulso, necesitaba el calor del verano para satisfacer su necesidad de moscas, necesitaba el calor del verano para que cubriera con su manto putrefacto cualquier atisbo de frescura y lozanía.
El primer zumbido estival hizo que se estremeciera, le erizó el pelo de la nuca, le hizo temblar la campanilla en el fondo de la boca y se preparó para iniciar el ciclo con el impulso corriéndole locamente dentro. Acomodó amorosamente al abrigo del sol un pedazo de carne y esperó la nube de moscas.
Esperó las cresas diminutas, prolijas, dispuestas en forma ovoidal.
Esperó el momento exacto en que cada huevito desaparecía para dar paso a un gusano diminuto que se enredaba con otro, con otro, con cientos.
Esperó a que juntos dieran rienda suelta a su voracidad hundiéndose en la carne podrida, transformándose en un solo organismo, maloliente, asqueroso, sibilante, que se movía espasmódicamente.
Y ahí, en el clímax del asco, hundió las manos en su garganta apretando fuerte los dedos una y otra vez, desgarrándose, saciando por primera y única vez su propia voracidad.

 

bruja Noviembre 29, 2006

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Vamos señor, que ya es tarde y la muchedumbre espera.

Sáquelo, sáquelo todo, no quiero que nada tape mis ojos, que nada enmarque mi cara, quiero mirar de frente. Sáquelo, sáquelo todo, que caiga y cubra por un instante mis pies desnudos, que caiga y descubra mis orejas, la tersura de mi cuello, la redondez de mi cráneo y la curva de mi nuca. Sáquelo, sáquelo todo, que ya no habrá amores jugando entre sus hebras ni dedos niños enredando el sueño en sus guedejas. Sáquelo, sáquelo todo, que ya no se interponga con el viento.

Vamos señor, que ya es tarde y la plebe espera. Escuche el aullido impaciente de las buenas señoras.

Sáqueme el vestido y enfúndeme el sambenito. No se avergüence ante mi desnudez, es sólo un cuerpo redondeado y suave que no verá más amores ni nueve lunas, es sólo un cuerpo con marcas de vida e hijos que esconde heridas. Pero no cuente, señor, que mis marcas se tiñen de rojo, porque las marcas del demonio son secas, las brujas no sangran. Enfúndeme ya el sambenito amarillo, que la tosquedad de su tela sea una última caricia.

Vamos señor, que ya es tarde y el populacho espera. Hasta aquí llega el clamor resentido de la gente sencilla.

No quiero un capellán sombrío que no conoce la vida. No es tiempo de hablarle a los oídos sordos. No es tiempo de confesiones mentirosas que ofendan mi alma ni que la vendan al diablo. No es tiempo de obtener perdones equívocos, ni consuelos celestiales, ni palabras vacías.

Vamos señor, que ya es tarde y el tumulto espera. Se oye el rugido complaciente de mis buenas amigas.

Déme el cirio verde apagado. Vamos, alcáncemelo que no llego. Póngalo, póngalo en mis manos atadas como si fuera un ramo de novia, una última ofrenda. Póngalo en mis manos atadas, ramo mortuorio que se escurrirá, hirviente, de entre mis dedos.

Vamos señor, que ya es tarde y la turba bulle, se impacienta en la espera.

Escuche el batir de sus mandíbulas, el entrechocar seco de sus dientes, el gotear metálico de su baba. Vea como se cuela entre los barrotes el vapor pestilente de sus cuerpos llenos de miseria. Sienta como atraviesan las paredes con sus ojos ciegos de no verse, como chocan sus manos impotentes para despedazarse.

Vamos señor, que ya es tarde. Los jueces no soportan más la espera.

Y cuando ya las llamas no hayan dejado más que un hueco en mi boca, señor, llénelo de flores. Cubra mis huesos calcinados con piel de jazmines, llene con rosas los hoyos en donde supieron erguirse mis senos, regáleme ojos de orquídeas violetas, entretéjame un pubis de fresias y coróneme con albahaca fresca. Y así, esqueleto y pétalos perfumados, déjeme, déjeme y no cuente a nadie de mis lágrimas, las brujas no lloran. Déjeme al pie de la pira, cúmulo de huesos y flores. Déjeme, despojo humeante. Déjeme… que yo resurgiré de mis cenizas.

Vamos señor, que ya es tarde. Se huele el humo ardiente del odio y de las teas.

 

Brachypelma Agosto 23, 2006

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Pucha! Pensó que iba a tener que ponerse a dieta, los pantalones le apretaban cada vez más. Hacía unos días había recibido la noticia y parecía que la buena nueva no hacía más que ensancharle el culo. Cualquiera que la viera pensaría que era producto de los años, que un culo portentoso en la juventud devenía naturalmente en un culo grande y medio caído en la senectud, pero ella sabía que las buenas noticias siempre se le acumulaban en el culo. Si había nacido chatita, chatita! Fue desarrollándose a medida que las cosas fueron dándose como ella quería y ahora, ahora ya no cabían en sí, ni ella ni el culo.
Lo único que le molestaba en ese momento eran esas verruguitas a los costados del torso. Las había contado, cuatro en total, dos de cada lado, estaban cada vez más grandes, más largas, y se recubrían de pelusa. A lo mejor era algo hormonal eso de la pelusa, porque se le estaba extendiendo por todo el cuerpo. Sí, seguro era hormonal, por eso también sentía la saliva más densa y un gusto raro en la boca. Y ahora que pensó en la boca… seguro que tendría que cambiar la prótesis, no le calzaba como antes, algo no andaba bien entre los dientes postizos y esos dos colmillos que conservaba. Pero para qué preocuparse, se sentía plena. Cada vez que se acordaba de la noticia se le hacía agua la boca, se le llenaba de una baba espesa, casi gelatinosa, y sentía esos tironcitos en su parte trasera, señal que el culo le crecía de felicidad, y también sentía tironcitos en las verrugas, que se alargaban.
Estaba tan contenta, pero tan contenta que hasta se ponía a cocinar todos los días. Cuando preparaba la comida la baba se le escurría por la punta de los colmillos, y caían minúsculas gotas. No importaba, eran gotas de felicidad. Y tuvo una visión, a la yegua que estaba por salir definitivamente de su vida le pasaba lo mismo, cada vez que cocinaba se le escapaban gotas por la boca. Y corrió a llamar por teléfono, a advertir, porque quería ser la única en derramar baba en su comida. Quería ser la única. Y una vez hecha la advertencia el culo le volvió a crecer, las verrugas volvieron a alargarse, sus colmillos volvieron a gotear y la acometieron unas terribles ansias de hincarlos en una piel suave. Morder, quería morder, necesitaba morder. Le dolían las mejillas, las sentía hinchadas, calientes, llenas, los dientes no le entraban en la boca. La luz se le hizo insoportable. Corrió por toda la casa buscando algún rincón que le diera sosiego. Sentía que enloquecía de dolor, las verrugas le estiraban la piel desgarrándosela, las verrugas parecían brazos peludos y ensangrentados. Y siguió corriendo. Y gritó un grito enmarañado de hilos. Y se acurrucó detrás de un mueble. Y entre sus ocho patas se agazapó con los colmillos babeantes, y esperó, esperó.

 

La partida. Junio 15, 2006

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Se conocieron jugando al ajedrez. En realidad cuando se encontraron ella trataba de bucear en su infancia para recordar cómo era que se movían las piezas y él se ofreció a ayudarla solamente por sentir el placer de decirle jaque.
El juego se convirtió en su juego particular, en su lazo. Su amistad, su amor, su costumbre pasaban por la interminable peregrinación de las figuras sobre las sesenta y cuatro casillas blancas y negras, y siempre el mismo final, jaque.
Para él era irresistible verla, ir comiendo uno a uno sus peones, sus caballos, sus torres, matar a su reina, percibir su temblor ante el final, su palidez justo antes de la palabra. Se extasiaba porque ella se llenaba de un miedo palpable desde el fondo de las pupilas dilatadas. Transformó las partidas en un juego de acecho, en el juego de un predador con su presa, y podía casi sentir el gusto de su sangre en la boca cada vez que decía jaque. Se dio cuenta de que terminaban pronto si comía a la reina, entonces la dejaba para el final. Necesitaba ver el temblor, el miedo, la agitación, necesitaba regodearse en su poderío para paladearla a pleno, para ultrajarla, rebajarla, para masticarla, para gozarla. Jaque.
Jugaban cada vez más seguido, a veces durante horas, con un tablero percudido y piezas gastadas, destrozadas a mordiscones. Jugaban, jugaban, ya casi no dormían ni comían, solamente jugaban.
Quisieron festejar el aniversario de su primer partida con un tablero y piezas nuevas talladas a mano. Se sentaron frente a frente y empezaron. Después de veinticuatro horas sintieron un poco de cansancio, pero el primer jaque los despabiló. Sin titubear ella salió de la posición y se escudó.
Jaque.
Sintió cómo se le dilataban las aletas de la nariz.
Jaque.
Movió la pieza con un temblor apenas perceptible.
Jaque.
La sangre se vació de su cara.
Jaque.
Sintió el acecho y el terror por no encontrar refugio. Quiso correr pero no pudo sacar las piernas entumecidas de debajo de la mesa. Quiso defenderse con las manos pero antes de poder moverlas sintió como se las clavaba al tablero. Quiso gritar y cuando abrió la boca para hacerlo la mano de ella se le hundió en la garganta,
jaque mate,
desgarrándolo.

 

El cumpleaños de Trixie Lou Febrero 8, 2006

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Hace unos días nomás fue el cumpleaños sesenta y pico de Trixie. No fui invitada, ya que el color de mi piel, mi pelo e ideología provocaron que fuera expulsada de Trixielandia. Lástima, momentos como esos son dignos de ver.

Trixie se despertó temprano esa mañana, pero se hizo la dormida para no tener que prepararle el desayuno a Luchi que se iba a trabajar. Una vez sola, se levantó, era un día espléndido. El moho podrido que la habitaba la saludó, le dio besos y abrazos y le pidió que saliera un rato a caminar, le estaba preparando una sorpresa.
Toda excitada se fue hasta el kiosco de diarios a comprar una revista de palabras cruzadas. En el trayecto cayó en la cuenta de que ninguno de sus hijos la había llamado para desearle felicidades. Claro, cómo la iban a llamar, si desde que estaban con esas dos yeguas les había cambiado la cabeza. Sus bebés, tan rubios, tan buenos… Esas dos tilingas, esas dos negritas de mierda, esas dos soretes de casta de sirvientas se los habían arrebatado, seguro que cogiendo como putas, como las sirvientas putas que cogían con Luchi. Pero no importaba, pensó, ya tomaría cartas en el asunto, esa misma noche les iba a prender unas velas negras delante de fotos dadas vuelta y llenas de alfileres, no sabían con quién se habían metido. -A esas dos hijas de puta habría que cagarlas a tiros, pensó mientras entraba a su casa.
-Sorpresa!!! Gritaron todos. La casa estaba transformada, llena de globos, con la mesa tendida y, presidiéndola, el gran hongo podrido. Estaba La Giménez, tan bonita y tan buena comediante que no entendía como no la habían nominado para un Oscar. También estaba el Negro González Oro, que a pesar de ser morochito era tan simpático y ocurrente. No lo podía creer, Sofovich y Chiche Gelblung habían sido invitados, la estaban saludando, qué importaba que fueran judíos si eran tan elegantes y conocedores que hasta parecían “dotores”. Y por último ¿a quién vio? A Lage, sí, Lage, tan buen mozo y con esa voz que de sólo escucharla hacía que se mojara entera. ¡Cómo la conocía y quería su hongo podrido! ¡Qué fiesta hermosa le preparó! ¡Hasta champán del bueno había comprado!
¡Cómo se estaban divirtiendo! Se sentía lo que era, una reina. Y este Lage, qué atrevido, las insinuaciones que le estaba haciendo! Qué loco!
En lo mejor de la fiesta, el ruido de las llaves.
-Qué hacés Tri, tomando mate en la oscuridad? Tás loca vos?
-Te estaba esperando Luchi, pensé que me ibas a llevar a algún lado ¿te olvidaste que hoy es mi cumpleaños?
-Ya sé Tri, ya sé, pero son las once de la noche, estoy molido, no tuve ni tiempo de comprarte alguna boludez.
Mientras subían la escalera lo olfateó como un perro, hedía a perfume barato, a sirvienta, a revolcada. Si no lo había cagado a tiros todavía era porque necesitaba a alguien que la mantuviera, pero ya iba a llegar el día, ya iba a llegar.
Se acostaron espalda contra espalda. Luchi empezó a roncar casi inmediatamente mientras a ella el odio la consumía. Se revolcó furiosa entre las sábanas hasta que sintió una mano húmeda y cálida en su cadera, casi saltó en la cama del asco de pensar que Luchi estaba intentando una vez más lo que ella la había dicho una y mil veces que no volvería a hacer. Se quedó petrificada, era Lage que le suplicaba al oído –Cogeme, cogeme. Lo sintió en todo su cuerpo, en sus manos, en su boca, en sus tetas, en su culo, en su concha, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para que Luchi no se percatara del movimiento, tuvo que morder la almohada para que sus gemidos no rompieran el silencio de la medianoche.
Con los dedos aún sobre su marchitado clítoris se durmió pensando que había sido el mejor cumpleaños de toda su vida, mientras el hongo podrido que la habitaba le cantaba una canción de cuna de locura, pasión y muerte y, le prometía que ese día ya iba a llegar, ya iba a llegar.

 

Luchi Lou Diciembre 16, 2005

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Llenó sus pulmones de neonato y profirió un grito inaugural. La partera no supo bien que hacer, asustada por el alarido demencial de ese sapo sietemesino de cinco kilos. Cortó como pudo el cordón, lo limpió sin mirarlo y lo depositó en el seno de la parturienta antes de huir despavorida.
La madre sintió alivio por que esa cosa que la estaba destrozando por fin pudo salir, fue tanto que ya no pudo sentir otra cosa.
Así fue su llegada al mundo, desafectivizada, sombría, dolorosa.
Su infancia inexistente pasó rápido fabricando mermeladas, única fuente de dulzura, y jugando solitariamente a los soldaditos. Ya más crecido cambió el jugar por el ser.
Pfa!! Estaba seguro que con el uniforme de cadete podría por fin perderse en el cuerpo de cualquier mujer que deseara, pero su esencia de sapo inmundo se escurría entre las fibras verde oliva por lo que tuvo que seguir jugando solitariamente con su soldadito.
Como el destino tiene esa cosa sádica de entrecruzar miserias conoció a Trixie, primera hembra que no hacía asco de su sapedad. Aprendió rápido que ella era como una mascota de pocas tetas y buen culo, que con la caricia y la mentira justas abría boca y piernas para que él hiciera lo suyo. Una vez conseguidos los orificios tan buscados, mucho más suaves y húmedos que sus manos, se los aseguró de por vida.
Pero algo no funcionaba, ella no gemía como le habían contado que sucedía, solamente cerraba los puños y escupía.
Pueblo chico infierno grande…Luchi supo pronto que Trixie andaba gimiendo por camas amigas mientras él bailaba a los tagarnas en el cuartel. Encontró un placer más sublime que el borbotón espasmódico de su esperma cuando le aplastó la nariz de una trompada.
A partir de ese momento cada madrugada lo despertaba una caricia suave y aterciopelada, un moho algodonoso salía del oído de Trixie, lo abrazaba, lo contenía, lo aconsejaba. Gracias a esos hilos sedosos supo a donde dirigirse para conseguir lenguas dulces que lo lamieran, gargantas profundas que lo tragaran, dientes minúsculos que lo mordisquearan, manos que lo recorrieran, cavernas húmedas que lo aceptaran y sobre todo, gemidos… gemidos mentirosos, fingidos, comprados, pero gemidos al fin.
Y todas las noches, mientras Trixie dormía, la misma caricia suave y aterciopelada que hacía caso omiso de su asquerosa sapedad. Concedió todo para conservarla, dejó casi de hablar, dejó casi de comer, dejó casi de decidir, dejó su juventud. Aceptó todo por conservarla, en primer lugar seguir simbióticamente encadenado a Trixie y a sus mandatos.
Ya viejo y achacado siente que algo cambió. Lo despierta el moho atenazado a su garganta, la nariz le sangra herida por el olor a carne podrida y Trixie repite gimiendo entre sueños una dulce letanía…habría que cagarlos a tiros, habría que cagarlos a tiros.

 

El espíritu navideño de Trixie Lou Diciembre 2, 2005

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Un año cualquiera, más o menos para esta fecha, Trixie Lou se sintió invadida por el espíritu navideño. Sus ansias de festejos superaban el armado del arbolito, pero no sabía cómo.
Una calurosa siesta de diciembre la encontró tumbada en la cama mirando una película de su ídola, “La Gimenez”, cuando tuvo una visión casi palpable. Se le apareció la imagen de su humilde partenaire, Luchi Lou, ejecutando graciosos movimientos copulatorios con una sirvienta paraguaya, esos graciosos movimientos que ella desde hacía años le negaba.
Siempre se sintió una dotada para lo paranormal, por lo que supo instantáneamente que eso no era una mera visión, era una contracción espacio tiempo, eso estaba sucediendo en ese preciso momento. A ella nunca podía escondérsele nada, siempre recibía alguna señal que la alertaba.
El moco podrido que la habitaba comenzó a ascenderle espiraladamente desde los pies, se detuvo en la vagina mojándosela, se le extendío hasta las manos agarrotándole los dedos.
Ya no pudo seguir acostada, la excitación y el odio la quemaban. Intento apaciguarse ejercitando un poco de arte francés español, pero los cohetes que tiraban en la calle le hacían temblar el pulso.
- A esos pendejos que rompen las pelotas con los “cuhete” habría que cagarlos a tiros- pensó, y una parte de la frase le retumbó en la cabeza por el resto del día: habría que cagarlos a tiros, habría que cagarlos a tiros.
La frasesita le hizo un eco fuerte cuando Luchi Lou se acostó a su lado por la noche. Lo miró, dormido, y el habría que cagarlos a tiros se repitió en una dulce letanía hasta el infinito.
Al otro día se levantó inquieta. Nuevamente a la siesta, los ruidos de los petardos comenzaron a sucederse con más frecuencia y otra vez pensó - A esos pendejos que rompen las bolas con los “cuhete” habría que cagarlos a tiros.
Florcita, la cuzquita que Luchi Lou cuidaba y amaba desde hacía ocho años, también estaba inquieta. Tanto olor a pólvora, tanto estruendo, le daban miedo, quería escaparse a un lugar silencioso, esconderse en algún lugar seguro. Tuvo la mala suerte de, en una corrida, enredarse entre las piernas de Trixie.
-Perra de mierda! - exclamó furiosa Trixie desde el piso -La puta que te reparió a vos y a tu dueño!.
-No, no, no, Trixie querida- la contradijo el moco podrido que la habitaba-No es una perra de mierda, la pobrecita está sufriendo, tiene miedo ¿qué podríamos hacer para mitigar tanto pánico? Debe haber ALGO QUE PODAMOS HACER.
Pensó, pensó y pensó…encontró la solución muy rápido.
Agarró con ternura a Florcita, se encerró con ella en el quincho y otra vez la dulce letanía la invadió (habría que cagarlos a tiros, habría que cagarlos a tiros…)
La miró con todo su amor, era tan parecida a Luchi Lou que casi parecía que el alma de él se había metido en ese cuerpito menudo y peludito, si, estaba ocurriendo de nuevo, otra contracción espacio tiempo.
Sonriendo le vació el cargador del 22.
Podía empezar con los festejos navideños, después vería como consolar a Luchi Lou.

 

Trixie Lou Noviembre 24, 2005

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Es verdad, la vida, al principio, no fue muy piadosa con ella. Su madre decidió perderse a si misma en un violeta profundo y partió amarrada a una soga, dejándola sola con un padre no padre que solamente había aportado su esperma.
Y creció así, un poco a la deriva, de mano en mano, de tía en tía, de pueblo en pueblo.
Se aferró en su adolescencia, por necesidad, al primero que le dió unas miguitas de amor a cambio de sexo y quedó ligada a él por el resto de los tiempos.
La soledad, sin embargo, la perseguía, la agujereaba, la envolvía. Una sola cosa mitigaba su vacío y por eso la alimentaba, abonaba día tras día al hongo mocoso, viscoso y podrido que le crecía por dentro.
La vida le dió revancha, pero prefirió tomar revancha de la vida.
Echó un par de hijos al mundo como una perra tiene su cría. Los dejó casi en manos de una vieja que se encargó de alimentarlos, abrigarlos, pero no de amarlos, mientras ella iba a escondidas de whiskería en wiskhería alimentando su moco.
Tanta escapada furtiva trocó las migajas de amor en cachetazos de cuerpo y alma, pero no le importó, le sirvió para preservar su podredumbre.
La juventud se le fue sin que se diera cuenta, en ese loco alimentar su moco.
Ya marchita, aplacada y opacada, se convirtió en matriarca, se embriagó con el poder de decidir quién hacía qué, cuándo y cómo. Perfeccionó el arte de manipular, dando uno para exigir cien.
La vida volvió a darle revancha y, una vez más, prefirió tomar revancha de la vida.
La embriaguez del poder no le alcanzaba, necesitaba algo más terrenal que embotara sus sentidos. Se perdió por un tiempo en un desenfrenado mar de alcohol y pastillas, pero eso anestesiaba al moco y el moco mismo decidió que era tiempo de tomar el mando.
Ya estaba, ella misma era un enorme, viejo y ajado hongo mocoso, viscoso y podrido.
Psicosis, diagnosticó un lego ilustrado.
Es su forma de ser, exclamaron los tres monos que no ven, no hablan, no escuchan.
Y ella sigue ahí, desparramando sus esporas podridas al viento, envenenando cuanto toca, esperando el designio del moco supremo que habilite sus ansias, cada vez más intensas, de ensangrentarse las manos y todo el cuerpo.
Existe, tiene nombre y apellido, la pueden encontrar en una sala de chat, bajo un nick ingenuo e infantiloide.