Mitad del vaso

No puedo vivir conforme a ejemplos, ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma, eso sí lo voy a hacer, pase lo que pase. Lou Andreas Salome

gasper Octubre 16, 2009

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le temo a los fantasmas y mucho más a los propios por eso no quiero saber nada con ellos (ni con los propios, ni con los ajenos, ni con los que simplemente son) saber que existen  me eriza la piel,  me paraliza,  me enfría por dentro. paso la vida escapando de ellos, huyendo, corriendo desesperadamente sin mirar hacia atrás pero sintiendo el aliento helado en la nuca. corro como un caballo con anteojeras y veo sólo lo que tengo enfrente y lo tomo o lo dejo compulsivamente en un intento de no sentir que están detrás de mí. corro, corro en el laberinto de creta buscando el vellocino de oro, corro y me meto por callejones cada vez más estrechos e intrincados hasta que llego a uno sin salida y me doy cuenta de que el laberinto de creta está dentro de mí y no hay vellocino ni minotauro y empieza a sonar la música,  y no queda más que darme vuelta y mirar directo a los ojos de la mantis y empezar a bailar con el peor fantasma. bailo lento y me castañean los dientes, el cuerpo no para de temblar, de miedo, de frío, de asco, de aceptación y también de amor. bailo y me veo reflejada en las miles de facetas del ojo opaco y el qué me quiere retumba hasta ensordecerme porque es el qué me quiere más terrible, el que me dirijo yo a mí. y no dejo de bailar con él, el peor fantasma, lo atravieso, lo hago casa y vivo en y con él. bailo y siento que estoy de parto pariéndome. bailo y pujo y las contracciones son tremendamente dolorosas pero también son dulces

y pujo,

pujo y me duele,

y tomo aire para gritar

y grito el pujo final que me echa al mundo

berreando chorros de luz

desnuda y con una piel nueva.

 

sin dios Agosto 31, 2009

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Se levantó esa mañana con una sensación inquietante. Ella que confiaba tanto en sus sueños sentía ahora que todo era ficción. A ver, a ella, como a Allison Dubois, le pasaban cosas mientras dormía, soñaba cosas maravillosas y también cosas terribles, eran como señales en la niebla. Y ya despierta sumaba el uno del sueño con el uno de la vigilia y siempre daba dos. Uno más uno dos. Siempre así, inmutable. Pero ese despertar había sido diferente, no le daban las cuentas, no encontraba el resultado. Buscó todo el día alguna señal en el afuera que se correspondiera con su señal de adentro y, nada. Lo que había soñado más lo que pasaba en la realidad no daba dos, daba cinco, veinte, quichicientos mil. Y trató de no darle importancia aunque su alma se rajaba en un sonido semejante al crujido de la seda. O sea, ¿cómo poder dudar, si toda su vida se basaba en corresponder sus sueños con la exterioridad? Y trató de que el día pasara muy, muy rápido, para poder dormir y volver a soñar y que el uno del sueño más el uno de la realidad del día siguiente dieran dos… pero todo volvió a dar cinco, veinte, quichicientos mil. Y así un día tras otro, una noche tras otra. Había perdido su toque. Ahora nada de lo que soñaba se correspondía con el día a día, nada, absolutamente nada era real, no existían las señales. Y cayó en la cuenta entonces de que toda su vida se había basado en mentiras (propias y ajenas), de que nada de lo que había soñado tenía un correlato en la realidad, de que todo había sido una asquerosa casual casualidad, y entendió que entre el cielo y la tierra sólo hay aire… se replegó en si misma y deleznó visceralmente todo su pasado, su presente y su futuro. Se calzó la armadura, se llamó a sí misma gladiator e inauguró una etapa propia del más puro nihilismo.

Y vivió hasta que se murió como cualquier hijo de vecino
Careteándola
Haciendo de la verdad un cómo si
Siendo un envase vacío
Pero sin una sola rajadura

My name´s gladiator, dijo,
Y no le importó más nada
Y se evaporó en volutas de nada misma
Y a nadie, ni siquiera a ella, le importó tres carajos.
(te lo puedo asegurar)

 

la última cena Mayo 22, 2009

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Eran gigantescos y voraces como Gargantúa y Pantagruel. Al principio iban previa invitación, después se les hizo costumbre con la confianza y aparecían de improviso. Se sentaban a la mesa, se reían, hablaban a los gritos y devoraban cuanto encontraban, hasta las flores del centro de mesa y las velas de los candelabros. Se limpiaban con la punta del mantel, pisoteaban las servilletas, abrían sus bocas voraces y se tiraban comida uno a otro para atajarla y ya borrachos, juntaban las miguitas de la mesa a los lengüetazos. Ella los miraba comer, contenta de que disfrutaran de todo lo que cocinaba para agasajarlos a pesar de que no le dejaran nada más que platos sucios cuando se iban. Platos sucios y hambre, porque era tal la voracidad que tenían que no podía comer nada de nada y cada vez que estiraba tímidamente la mano para servirse algo, se lo arrebataban sin más, en medio de risotadas. A veces aparecían con el hijito que quedaba tan hambriento como ella, porque a él también le quitaban la comida de las manos. Y así, con la panza vacía, el chico debía cargar por la vida con los dos gigantes repletos y borrachos hasta casi reventar, para dejarlos a buen resguardo.

Como ya era algo sabido esto de que dos pasaban hambre mientras dos se saciaban, los dos hambrientos empezaron a comer palabras, se sentaban en el piso en un rincón a salvo de los gritos y el revoleo de comida y hablaban. En realidad, con su costumbre de dar y alimentar sólo hablaba ella, le contaba cuentos en los que no había gigantes y los chicos podían volar, y veía cómo su pancita se llenaba en el preciso momento que los ojos emitían un brillo de entendimiento. Y en ese preciso momento, también ella se saciaba.

Con el tiempo se le fue haciendo cada vez más pesada la tarea de cocinar y atender a los gigantes, no por el trabajo en sí, sino porque la sensación de ultrajamiento y soledad que le dejaban era devastadora. Se sentía saqueada, usada. Era tal la voracidad que tenían dentro que ya ni siquiera perdían tiempo en un saludo, franqueaban la puerta y se abalanzaban como animales sobre la comida. Y así como llegaban se iban, dejándole solamente un tendal de platos sucios, y hambre, y la despensa cada vez más vacía, y a veces, el alma saciada de ojos brillosos.

Una noche de tormenta, mientras terminaba de lavar los platos de la última visita que databa de quince días atrás, escuchó un temblor a lo lejos y rogó que fueran truenos, pero el temblor estruendoso fue acercándose cada vez más y se dio cuenta de que eran los pasos voraces de sus queridos gigantes. Y agotada como estaba de tanto lavar decidió que ya era suficiente, decidió que no era importante llenar la mesa de comida, que bien podrían disfrutar todos de una linda charla junto al fuego sin más que pan y queso y alimentarse de palabras.

 Los gigantes, hambrientos, derribaron la puerta de una patada y se quedaron perplejos mirando el pedazo de pan y el queso en medio del ruido ensordecedor de sus tripas vacías. No entraron en razones a pesar de que ella y el chico les decían que las palabras saciaban más que la comida. Corrieron furiosos aullando, destrozando la casa a mordiscones. Y cuando no quedó más que morder, hundieron los dientes partidos en su propia carne, devorándose el uno al otro tratando de llenar sus solitarios huecos vacíos.

Y fue tal el espanto

que los ojos de ella y del chico brillaron de entendimiento.

Y fue tal el alivio

que salieron a volar en medio de la noche ya despejada .

Y cazaron estrellas fugaces con la boca

que los iluminaron por dentro.

 

anita Enero 8, 2009

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Contaban las viejas que, cuando al Osvaldo lo mataron en un enfrentamiento, la Angelita lloró tanto sobre su uniforme azul que las lágrimas se le tiñeron, formaron un riacho azulino que inundó la sala mortuoria, viboreó en una alcantarilla a la vuelta de una esquina de Villa Crespo y se perdió en el Maldonado. Lágrimas, lágrimas imparables, lágrimas azules, lágrimas como cristales rotos. Lágrimas que sorbía de a ratos cuando los presentes empezaban a chapalear sobre su amargura. Y tanto fue lo que lloró y tantas las lágrimas que sorbió, que el exceso de sal le provocó una eclampsia y Anita fue parida ahí mismo, al lado del cajón de su padre recién muerto, pujada a puro sollozo. Bichita sietemesina, esmirriada, chillona y azul,  sobre un colchón de flores mustias, flotando sobre un riacho azulino, como un animal desamparado encima de un camalote en medio de la inundación.

Qué está azul por ser prematura, que está azul por el frío, qué está azul por la circular de cordón. La cosa es que Anita siguió azul hasta los tres meses, cuando descubrió que la mamadera era muchísima más dulce que la teta y, con un escupitajo fenomenal para un bebé, se deshizo para siempre del pezón amargo de Angelita. Y Angelita, recién destetada de su hija, viendo que no tenía ya qué hacer en este mundo, se encerró en su habitación a llorar al Osvaldo cómo correspondía.

Así fue como Anita terminó criada por sus abuelos, se hizo una una señorita de ley y los resarció día tras día de ese engendro lloroso, desquiciado, encerrado en la habitación del fondo. Y el único recuerdo de la infancia que tuvo de su madre fue una sucesión de sollozos que atronaban noche y día detrás de una puerta que escurría agua azul hacia la rejilla del patio.

Después de veinte años, de golpe el silencio envolvió a Anita y a los abuelos, el agua dejó de fluir por la acequia horadada en las baldosas y Angelita emergió de su claustro, amarilla, seca y arrugada como un limón exprimido, agarró a Anita de un brazo reclamando sus derechos maternales y se mudó junto con ella a un coqueto departamento en Recoleta para tratar de establecer un vínculo con veinte años de retraso. Y Anita entonces se fue volviendo azul de a poquito, como cuando nació, y también como cuando nació, se hizo bichita esmirriada y chillona, amargada por tener que deberle amor filial a una perfecta desconocida. Porque si de algo se encargaron muy bien los abuelos fue de inculcarle el sentido del deber. Y cargó con su deber atándose a Angelita al cuello con un monstruoso cordón umbilical, dejando surcos yermos a su paso hasta volverse una pasita seca y azulina.

El día que se casó sintió que el cordón que la unía a Angelita se aligeraba pero las vírgenes de la iglesia lloraron lágrimas azules inundando el altar mayor.  El día que parió sintió que el cordón se hacía hilito y casi desaparecía pero los bebés neonatos en la nursery se pusieron cianóticos y enloquecieron con sus berridos a las nurse, que desesperadas, les cambiaban las batitas empapadas de lágrimas cada cinco minutos. El día que se divorció no pasó nada, sólo hubo un reseco viento norte que resquebrajó las paredes y quemó los pastos inundando la ciudad con un humo espeso y pestilente, y un terrible tirón del cordón, ahora gordo y lustroso, le metió el deber filial hasta la médula, y Anita volvió a dejar surcos yermos a su paso arrastrando la silla de Angelita, que ya a esta altura tenía los ojos ciegos y los huesitos hechos cristal, secos de tanto haber llorado al Osvaldo.

La verdad es que la vida no era vida para Anita que sentía que su amargura y desesperación eran el ombligo del mundo cada vez que escuchaba el llamado lastimero

-Nena… nena… traeme

-Nena… nena… alcanzame

O cuando tenía que cambiarle los pañales

O directamente cuando tenía que levantarse cada mañana

Y con cien años de soledad a cuestas Angelita decidió un día que ya era suficiente, acomodó sus huesitos de cristal en la cama, llamó a Anita y decretó

-La vida es una mierda, hija, pero sin embargo te amé con locura.

Se le escapó una lagrimita chiquita y transparente y se murió a pura fuerza de voluntad.

Y Anita que pensó que llegado el momento, que ya era realidad, podría deshacerse del monstruoso cordón umbilical para empezar a volar,

sigue aferrada a él

arrastrándolo en medio de un charco de lágrimas azules.

 

catita Diciembre 10, 2008

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Catita no era Catita, era la Sra. del viejo comisario de la PFA dueño de la agencia de seguridad, pero muy a su pesar todo el mundo pensaba en ella como Catita. Era igual al personaje de Nini Marshall, mismo timbre de voz, misma forma de hablar y, por sobre todo, misma forma de caminar. Hacía revolear los volados de las minifaldas por sobre sus piernas cortitas y regordetas mientras taconeaba por toda la empresa. Era bastante mala, con la maldad de los simplones que ocupan cierta posición y gustaba referirse acerca de los hijos del viejo como los muchachos, con cierta condescendencia. Claro que los muchachos tenían dos o tres años más que ella y pasaban una mala época. ¡Pobres los muchachos! Tenían que soportar sus aires de primera dama para poder mantener el puestito recién obtenido al lado de papá. El más grande ostentaba como atuendo de gala un montgomery azul, más adecuado para un escolar que para un tipo de cuarenta y tantos años; el más chico siempre con las eternas botitas de gamuza suela crepe, la bufanda escocesa y los pantalones de sarga gris, también más propios de un escolar que de un tipo de cuarenta y tantos años. Mientras, Catita andaba a todo trapo con pilchitas del Once, mucho volado, mucho brillo, mucho dorado, mucho strass, mucho taquito charolado. Vamos, era la “seniora” del viejo dueño de la agencia de seguridad, no podía andar hecha una pordiosera. Y tenía que quedar bien claro que ella era una “seniora”, entonces, como tal, utilizaba las reuniones del personal para anunciar que “papucho” había cambiado el auto y para entregar los regalos de cumpleaños mensuales de las chicas, cajitas de bombones doradas plagadas de moñitos y puntillas.

A medida que Catita esparcía sus veleidades de princesa por la oficina los muchachos se desesperaban cada vez más viendo cómo su herencia enmagrecía en peluquerías, manicuras, gimnasio, masajistas y en mil intentos vanos por componer a semejante esperpento. Porque Catita aparte de mala era fea, con un flequillo amarillo huevo que caía plano y duro sobre su nariz ganchuda. Igual todo esto no le importaba al  viejo comisario de la PFA dueño de la agencia de seguridad, que a la hora de los balances ponía todo y lo que más pesaba era el buen sexo con una mujer treinta y cinco años menor, y el tener a alguien que lo cuidara cuando empezara a declinar definitivamente. Porque si de algo estaba seguro el viejo era de que los muchachos eran dos cuervos y de que Catita, dentro de su ignorancia, maldad y fealdad, si bien no lo quería, le estaba eternamente agradecida. Y el viejo tenía las cosas bastante claras pero se equivocó en un punto, los muchachos no eran dos cuervos, eran dos buitres. Y como buenos buitres podían esperar y esperar y esperar el momento preciso para saciarse de carroña.

Los muchachos en la espera fueron abonando y ganando terreno. Que papá usted ya trabajó mucho ¿por qué no se toma las mañanas y viene solamente por la tarde a la oficina?. Que papá usted sabe que el ambiente acá es muy feo con todas estas tilingas ¿por qué no le dice a Catita que se quede en su casa? Que papá cuando usted no está por las mañanas hay que hacer pagos y ocuparse de tantos trámites ¿por qué no nos firma un poder? Que papá usted sabe que estamos haciendo tremendo esfuerzo por sacar la empresa adelante ¿por qué no nos pone como miembros del directorio? Y así, poco a poco, papá cansado con sus ochenta y pico, delegó todo en los muchachos para pasar los años que le quedaban tranquilo con Catita.

Los muchachos ahora habían podido desterrar el montgomery azul, las botitas de gamuza suela crepe, los pantalones de sarga gris y la bufanda escocesa y vestían trajes de marca. Vacacionaban en Europa o en el Caribe. Vivían por fin en la añorada zona norte. Y tenían un grano feo, malo e ignorante en el culo que se llamaba Catita.

Porque Catita, eternamente agradecida, sentía por el viejo, cada vez más achacoso, algo parecido al amor y seguía viviendo con él. Esto, por  supuesto, no le impedía enmagrecer la herencia de los muchachos, que desvelados de hacer cuentas y ver cuánto menos tenían cada día, abonaron el terreno con más fuerza.

Que papá esta mujer los descuida. Que papá esta mujer no lo alimenta. Que papá esta mujer tiene todo sucio. Que papá esta mujer le roba. Que papá esta mujer lo engaña. Y papá arteroesclerótico, podrido, medio ciego y paralítico dio el visto bueno para que sacaran a Catita de su casa por la fuerza pública, pensando que tal vez así, por primera vez en la vida, los muchachos podían dejar de respetarlo para empezar a quererlo.

Y el viejo se sumió en las tinieblas perdiéndose en sí mismo, sentado solito sobre una silla de oficina a modo de silla de ruedas, olvidado, hasta que quedó sólo la cáscara y se apagó del todo. Pero una última imagen le iluminó la cara, Catita llorándolo en el panteón de la PFA y esos chicos, de los cuáles ya no recordaba el nombre, diciéndole a los muchachos :

- viejo, ya trabajaste bastante ¿por qué no te tomás las mañanas y venís a la oficina nada más que a la tarde?

Y el viejo, que ya no tenía nada claro, esta vez no se equivocó en absoluto.

 

dear p Noviembre 18, 2008

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Febrero empezó medio pesado. A S tuvieron que operarla de un desprendimiento en la retina y tuvo que hacer reposo absoluto, pero absoluto, absoluto, no se podía levantar más que para ir al baño, el resto del tiempo tenía que estar acostada con los ojos tapados. Difícil la situación, más teniendo a la madre de noventa años semi postrada y al perro. Como sea, los que estaban alrededor se organizaron para ayudarla. E, por el trabajo mucho no podía hacer, pero empezó a sacar al perro todas las mañanas antes de ir a la oficina, a la tarde y a la noche antes de acostarse. Los demás amigos se turnaban para ir y hacerle compañía a S, cocinarle y estar por si necesitaban algo.

E estaba bastante mal, al límite, las cosas en su casa no daban para más y no podían dejar de dar vueltas alrededor de los reproches y el odio, enganchadísimos en eso, tratando de destruirse y sin dar un paso más que para pelear. Una situación que se perpetuaba y que no se solucionaba por más que los dos decían que no (se) aguantaban más. Suerte que llegaron febrero y las vacaciones. Un respiro, él se iba quince días con las nenas y E se quedaba sola en la casa. Nunca ansió tanto unas vacaciones como esas, aunque se quedara trabajando. Quince días para ella, para descansar de todo el agobio, de toda la mierda. No le importaba el calor, ni la oficina, ni tener que sacar al perro. Quería respirar lo suficiente durante esos quince días para poder tener aire el resto del año. Y se fueron, y se quedé sola, respirando.

Y la rutina era sacar al perro de S todas las mañanas, trabajar, volver, pasar por lo de S, justo frente a su casa, a tres metros de su puerta, charlar un rato e ir a encerrarse en su bunker.

Como pasa comúnmente en estos casos, la buena voluntad tiene fecha de vencimiento y pronto los que ayudaban a S empezaron a borrarse. Quedaron pocos. Y apareció P, el ex marido.

A E siempre le llamó la atención la relación que tenían, por ahí porque la situación en que ella misma estaba no le daba para pensar que pudiera tener buena relación con su futura ex pareja. Pero S y P tenían buena relación en serio. Los había visto juntos más de una vez. Si S tenía algún problema él la ayudaba, como ahora. Por lo general P iba de visita y se quedaba a dormir seguido. Eran amigos. Claro, se habían divorciado hacía más o menos veinte años, en el momento se había armado flor de despelote pero ahora estaban bien, se supone que el tiempo lima asperezas y pone un manto de piedad. Y bueno, S necesitaba que la cuidaran, así que P iba a ir a cuidarla.

E se acuerda de cuando lo conoció. Fue en una reunión en lo de S, un cumpleaños. Estaban todos, sus hijas, ellos dos, el hijo de ellos, los amigos del hijo, la madre de S. Lo vió y pensó -¿cómo se casó ella con un tipo como él?- No, mentira, lo primero que pensó fue -qué bueno está este señor-  después pensó eso del casamiento. Le llamó la atención lo lindo que era, el pelo rubio largo, la altura, los ojos, la onda, el color de la piel. Claro, si hubiera pensado algo de todo eso del hijo o de alguno de los amigos del hijo no hubiera sido raro, eran unos ocho o diez años más chicos que ella, en cambio él le llevaba más o menos veinte. Se acuerda que pensó también que era muy lindo para ser tan grande. Después lo volvió a ver otras veces, siempre muy formal la cosa, no era su amigo, no tenían ninguna relación, era el ex marido de su amiga y nada más.

Ahora iba a verlo de nuevo, venía a quedarse unos días en la casa de S.

P llegó una noche, le tocó el timbre para que le abriera la puerta del edificio porque había perdido la llave. S ya le había avisado. E bajó, le abrió. Estaba cambiado, sin barba. Dudó, pero los ojos eran inconfundibles. Hacía bastante que no lo veía, pero le produjo la misma impresión que la primera vez. Subieron. Chau, chau. Cero onda, tampoco tenían por qué tenerla. Al otro día, puntual, E tocó el timbre para que le dieran al perro para ir a pasearlo. Abrió P, dijo hola, le dio el perro, E volvió, se lo devolvió, chau y P cerró la puerta. Y ella quedó medio desconcertada. No era su amigo, pero qué sé yo, estaba acostumbrada a saludar con un beso a la gente con la que tenía cierta confianza y este tipo un poco más le daba la mano. Seco, cortante. Bueno, pensó, estará de malhumor por tener que levantarse temprano para entregar el perro.

No se acuerda si fue esa misma noche o la siguiente, pero repetieron el ritual del timbre y la llave. Era tardísimo, E estaba muerta de sueño y no podía dormirse porque tenía que abrirle. P llegó por fin, ella le abrió y como él no amagó a darle un beso en la mejilla se limitó a decirle hola y a subir en silencio. Creo que P se disculpó por haber llegado tan tarde y ella le mintió y le dijo, con su mejor cara de culo, molesta por lo del saludo, que no había problema. Después de todo no tenían la menor onda y estaba más que claro. Y tampoco le preocupaba mucho la falta de onda,  no eran amigos, se conocían porque era el ex de su amiga y si se relacionaban en ese momento era nada más que por compromiso o por las circunstancias.

E nunca supo si P se hizo una llave o qué, pero no tuvo que ir a abrirle más la puerta. Sí lo veía a la mañana y a la noche por el perro. Se acuerda de una de esas noches en que S la llamó para charlar un rato y para que le pusiera unas gotas en el oído a la madre. Entró y este señor ni cinco de bola, desapareció dentro de la casa y volvió a aparecer para abrirle cuando se fue. Ya le causaba cierta antipatía que fuera tan seco.

O sea, la relación P y E era hola y chau. Y E no sabía por qué le incomodaba tanto que así fuera. A lo mejor estaba sensible por estar sola, por estar asustada con su corazón que no aflojaba con la taquicardia y que cada tanto (cada vez más seguido) hacía una pausa para arrancar como loco de nuevo.

Otra de esas noches sonó el teléfono. Era P.

- ¿Vas a sacar al perro?

- Sí

- ¿A qué hora?

- A eso de las diez, como siempre.

-¿Puedo ir a tomar un café con vos?

- Eeeeeeeemmm sí.

- Bueno, después paso por tu casa.

 Oh Dios! Pensó – qué podrido de estar encerrado con dos mujeres inválidas debe estar este hombre para que yo sea una opción de café con la poca onda que tenemos-. Y se puso nerviosa. Y pensó también que era una estúpida por ponerse así.

Y fue, se quedaron en su casa, charlaron, tomaron café. Extrañamente E se sentía cómoda, y es raro porque con la gente que no conocía mucho no se sentía así, tenia que esforzarse por mantener una conversación y con él no, fluía. Y en el medio de no sé qué que E estaba diciendo acerca de S y la madre P le dijo, cortándola

– Pero yo no vine acá para hablar de eso

Y a ella, que cuando quería hacerse la boluda no había quién le ganara,  preguntó

- ¿Ah no? Y por qué viniste?

- Por vos

Y se taró, y el corazón le arrancó con más taquicardia que de costumbre. Y siguieron hablando como que él no había dicho lo que había dicho. Y en el medio P le decía que le gustaba, que le gustaba su boca, y ella, que no podía seguir haciéndose la boluda, le decía que no daba, que basta ya. Y él preguntó por qué no daba y ella no supo que decirle, y ahí sí se puso en boluda total y le largó una sarta de estupideces increíble. Que la ex era su amiga, que se conocían todos, qué sé yo lo que le dijo, y él  le refutaba todo. Claro, en ningún momento le dijo que no le gustaba, con lo que hubiera quedado más que obvio que realmente no daba. Porque le gustaba, mucho más de lo que había aceptado hasta ese momento. Y ya era más que tarde y  P se fue. Y en el momento en que cruzó la puerta y la cerró, E se arrepintió con  el alma de todo lo que había dicho.

Durmió poco y mal, con el corazón que le saltaba en el pecho. En un momento pensó que se moría por las palpitaciones.

Al otro día, como todas las mañanas, fue a sacar al perro. P le abrió la puerta, le dio un beso en la mejilla y le acarició la cintura. Todavía siente el calor de la mano. Como a hacerse la boluda no había quién le ganara, más después de haberlo rebotado mil veces la noche anterior, precisamente se hizo la boluda. Sacó al perro, se lo devolvió, lo saludó muy formalmente. P le dijo que se iba a su casa, que lo llamara.

Se fue sabiendo que no lo iba a llamar. Arrepintiéndose de antemano, pero convencida de que no daba, que basta ya. Y sin embargo, en lo más íntimo, rogaba que fuera él quién llamara alguna vez.

Esa misma noche P la llamó, hablaron más de una hora de cualquier cosa menos de ellos, hasta que él le preguntó cuando se iban a ver. E le contestó que no sabía, esquivándolo, aparte se iba a complicar porque ya volvían de las vacaciones su futuro ex y sus hijas. Bueno le dijo P (la  apuró), entonces nos vemos el sábado a la noche, paso por tu casa.

No puede explicar todo lo que le pasó por la cabeza, desde vamos, estamos grandes, ya sabemos como terminan estas cosas hasta no va a pasar nada porque ya dije y no quiero que pase nada. Dos días de mil sí pero no, mil no pero sí hasta que llegó el sábado.

A propósito y como para reafirmar que no iba a pasar nada de nada, que solamente íban a charlar como la vez anterior, estaba totalmente impresentable. Darito, su amigo, le había dicho que se pusiera no sé qué, que se maquillara, que se depilara, que se pusiera tacos. Ni loca, dijo E,  no voy a mostrar algo que no soy, aparte no quiero levantármelo y no va a pasar nada ¿me entendés?. Se puso un jardinero de jean cuatro talles más grande del que usaba arremangado por encima de los tobillos, una musculosa blanca y ojotas verdes, impresentable en serio. En lo único que le hizo caso a Daro fue en lo de la depilación.

Llegó P, charlaron, él dijo algo de su boca, no le hizo caso, cocinó; él dijo algo de lamer una gota de transpiración que bajaba por su cuello, no le hizo caso;  se  quemó bastante la tarta de quesos y albahaca (no sabía cocinar y ya P estaba advertido); siguieron charlando, comieron, siguieron charlando y así de golpe, tuvo la cara de P a dos centímetros de la suya.

Y ella, la que dijo mil veces que no, se acercó apenas y lo besó.

Y ella, la que dijo mil veces que no, lo llevó hasta su cama y lo siguió besando, lamiendo, abrazando.

Y ella, la que dijo mil veces que no, lo guió hasta el centro de su centro mil veces esa noche.

Y mil y una noches después

 la magia sigue fluyendo

 

volar Noviembre 3, 2008

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Durante el embarazo su madre había sentido que se movía más de la cuenta, no eran pataditas, eran bailes y vueltas carnero suaves que le daban la sensación de tener miles de mariposas volando dentro de la panza.  Será un bebé inquieto, pensó. Pero no, no fue un bebé inquieto, fue plácida, muy plácida. Era tal la placidez que tenía que de vez en cuando parecía levitar casi imperceptiblemente por sobre su cuna.

Cuando fue un poco más grande sus padres siempre se asombraban al ver los juguetes de los estantes más altos en el piso, o, acomodados de distinta manera en esos mismos estantes, los más altos, a los que solamente llegaban los adultos parados en una silla, o también cuando la veían entrar comiendo algún caqui, de esos que estaban en las ramas de arriba de todo en el árbol del jardín. Era raro, muy raro, que una criatura de dos años pudiera alcanzar esas cosas, pero obviamente debería tener algún método para lograrlo porque lo hacía, incluso cuando su madre quería agarrar algo y buscaba un banquito para llegar, cuando se daba vuelta ahí estaba, y ella al lado, sonriendo con los ojos. En realidad eran muchas las cosas que causaban asombro a sus padres: los dibujos en las paredes, que hablara perfectamente y nunca en media lengua, su entendimiento total con los animales, los sueños que contaba, las historias que inventaba, pero pensaban que eso era algo que pasaba siempre con el primer hijo. Se dieron cuenta de su error el día que la encontraron leyendo su primer libro sentada a diez centímetros del suelo. Oh dios! Flotaba sin importarle nada más que lo que leía ¿qué iban a hacer? ¿contar lo que pasaba y que la trataran como a un fenómeno de circo? O peor aún ¿qué se la llevaran para estudiarla despiadadamente? No, no, no podían permitir nada de eso. Empezaron a llenarle los bolsillos de piedritas y a ponerle suelas de metal pesado en los zapatos para impedir que volara cuando estaba fuera de la casa;  cuando estaba adentro era más fácil, la dejaban flotar libremente y, si salía al jardín, le ataban un piecito al limonero para evitar que el viento se la llevara.

Fue creciendo así,  atada de a ratos, hasta que harta de tanta limitación a su vuelo, empezó a sacarse los zapatos, a tirar las piedras a soltarse el pie. Y voló libre por sobre los techos, de noche y de día, sin que nada le importara, y se encontró con otros como ella y volaron juntos como una bandada de pájaros sin alas y sin límites, felices, despreocupados. Tan despreocupados y felices eran que se creyeron inmortales y volaron una y otra vez rozando con los dedos los bordes de los huracanes y haciendo saltar chispas de los botones al enfocar los relámpagos. Se volvieron temerarios y se sumergieron de cabeza en un tornado que los escupió a miles de kilómetros a la redonda, estampándolos contra el piso, quebrándolos, rompiéndolos.

Fue tal el miedo frente a su propia mortalidad que no quiso volver a volar, pero no pudo, porque como en el cuento del escorpión, estaba en su naturaleza. Pero el miedo es una fuerza poderosa, entonces enfocó sus vuelos buscando una piedra a la que amarrarse. Encontró una, hermosa, pulida, iridiscente, pesada, y sin pensarlo dos veces se la ató al cuello y salió a la vida aferrada a la piedra y al piso. Y fue casi tan feliz como cuando volaba desenfrenadamente, mirando ahora cada grano de arena, observando a las hormigas, arrastrando la piedra que la anclaba al suelo.

Sin embargo se sentaba cada amanecer sobre su piedra y miraba a los pájaros, se sentaba cada noche sobre su piedra y miraba a los murciélagos. Y se le escapaban suspiros de falta hasta quedarse sin aire.  Y entre el amanecer y la noche caminaba fuertemente anclada al piso arrastrando su piedra, mirando la tierra y  los yuyos, los escarabajos y los ciempiés.

Con el comienzo de una primavera supo que ya no le bastaban la arena, las hormigas, la tierra, los yuyos, los escarabajos y los ciempiés. Y suspiró su falta y su pena y se elevó dos centímetros y las hormigas, los escarabajos y los ciempiés pacientemente mordisquearon cada una de las fibras de la soga que la unía a la piedra.

Y la arena, la tierra y los yuyos le cosquillearon los pies y se rió saltando con cada carcajada hasta que tomó vuelo

Y todavía anda entre el cielo y la tierra

volando o caminando libremente

cuando puede

y cuando quiere.

 

reencuentro Septiembre 23, 2008

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Hacía un tiempo ya que tenía esa sensación de incomodidad permanente, como cuando a uno le parece que perdió o se está olvidando de algo y no sabe qué. Era un estado de inquietud que la acompañaba incluso cuando dormía y teñía sus sueños de pérdidas y olvidos. Revisaba la cartera, repasaba los pasos antes de salir de su casa, se fijaba en los placares y cajones pero todo estaba completo, no faltaba nada, no había perdido nada ni se estaba olvidando de nada pero sin embargo la inquietud la perseguía. Pensó entonces que quizá no era algo material y palpable eso que creía haber perdido u olvidado, que tal vez fueran recuerdos y que a lo mejor la incidencia del alzheimer en su familia la estaba alcanzando, pero buceaba en su pasado remoto y reciente y ahí estaba todo, no había huecos ni lagunas. Aparentemente estaba todo pero la sensación de la falta de algo persistía y le hacía doler la cabeza. A veces la migraña era tan fuerte que no soportaba las luces y sólo se aliviaba metiendo la cabeza debajo del chorro frío de la canilla.
Sintió cómo la inquietud se desbocaba haciéndole pulsar las sienes y antes de que la cabeza le estallara salió corriendo hacia el baño para mojársela. Después de un buen rato con el agua pegándole en la nuca la juntó entre sus manos y se mojó la cara una y otra vez para terminar de despejar el desasosiego. Se incorporó para secarse y se topó con el espejo, miró y miró, miró fijo. Prendió la luz porque creyó que la semioscuridad le estaba jugando una mala pasada, pero aún con el baño totalmente iluminado el espejo le devolvía un reflejo muy tenue de sí misma. Todo se reflejaba con nitidez, las cerámicas, los toallones, la mampara, la mancha de humedad del techo, todo menos ella que aparecía desdibujada, transparente, como un fantasma. Corrió a buscar otro espejo y el resultado fue el mismo. Salió a la calle a mirarse en las vidrieras a la luz del sol pero en todos lados veía una copia traslúcida de sí misma. Eso era lo que causaba su inquietud, su sensación de olvidarse o perder algo, se estaba diluyendo, fundiéndose con el mundo, perdiendo su reflejo como un vampiro.
Preguntaba dando mil rodeos si la veían y todos contestaban que sí, que se le veía bien, que ese estilo de ropa le quedaba bárbaro, que ese corte de pelo le sentaba, que su nueva forma de vida evidentemente era correcta, que se la veía bien. Nadie entendía lo que ella en realidad preguntaba, no preguntaba por la ropa, por el pelo, por su forma de vida, preguntaba por ella, porque cada día que pasaba perdía más el reflejo, se perdía más a sí misma.
En un loco intento por no perderse del todo empezó a dejar recuerdos de sí para poder acordarse de quién había sido una vez que el reflejo se hubiera perdido definitivamente. Pintó las paredes de blanco y naranja, plantó flores en el jardín, colgó cuadros y objetos recolectados en sus viajes. Puso afuera todo aquello que la simbolizaba por dentro y cuánto más afuera ponía menos reflejo tenía, hasta que lo único que le devolvió el espejo fue el reflejo de sus ojos. Ya estaba, el último amarre iba a empezar a diluirse y ella se habría perdido a sí misma para siempre, y pensó que a lo mejor eso era el equivalente a morirse y que a lo mejor no era tan malo, después de todo los demás la veían bien ¿o no?
Así fue como empezó a vivir sin reflejarse, como un vampiro, como un animal salvaje encerrado, recordando de vez en cuando al acariciar las paredes naranjas y blancas cómo había sido vivir y poder mirarse en un espejo. El recuerdo le arrancaba saudade y suspiros y también lágrimas chiquitas y se hacía más fuerte por las noches.
Y fue tal la fortaleza que adquirió el recuerdo, que la saudade en su onda expansiva la tiró fuera de la casa, y las lágrimas formaron charcos. Tirada en el pasto ahora lloró de bronca, bronca por no querer vivir de esa manera, por no querer morirse de esa manera, bronca por haberse perdido y por haberse dejado perder. Y fue tal la bronca que se tornó furia y los suspiros, aullidos.

Y vomitó en un reguero de luz un último germen de sí misma olvidado en el fondo de sus tripas,
y escarbó el jardín con manos y pies como un animal salvaje para cobijarlo en la tierra,
y lo regó con sus lágrimas
y el germen echó raíces, tallo y hojas y subió haciéndose espejo
devolviéndole su reflejo
con la boca llena de flores.

 

despertares Agosto 26, 2008

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Se había quedado dormida el primer día del invierno, que ya duraba doce siglos, cuando la tierra se salió de su eje. La encontraron vestida de blanco durmiendo en el suelo después de la primera nevada y, al no poder despertarla, la depositaron sobre un jergón de musgo suave en una cueva para guarecerla del clima. Fue el tiempo en que la oscuridad ganó terreno ensombreciendo, destiñendo todo, dejando poco a poco un mundo desvaído y yermo. Fue el tiempo en que las personas se cubrieron para siempre el cuerpo entero para protegerse del frío y sólo dejaban ver las hendijas de los ojos, achinados de atisbar en la noche permanente.

La oscuridad se coló hasta dentro de la cueva y fue empalideciéndole la piel hasta dejarla blanca como sus vestidos, y los que la habían dejado ahí  se olvidaron de ella, o pensaron que ya estaba muerta por el frío, pero el pelo le creció salvajemente, enrulado, cobijándola. Los sueños empezaron a escapársele por la boca entreabierta, y en medio de la noche permanente sólo la cueva esplendía iluminada por los sueños de la dormida.

Durante siglos, por generaciones, las gentes cubiertas de trapos con ojos achinados se acercaban para descubrir qué era eso que resplandecía inmerso en el mundo oscuro porque tanta claridad les perturbaba. Trataban de despertarla pasándole agua por los ojos, pero los mares se le congelaban en las comisuras formando diminutas filigranas. Intentaban despertarla moviéndola, pinchándola con la punta de sus bastones, pero los sueños se le enmarañaban y resplandecían cada vez con más intensidad, desbocados. Entonces, asustados, dejaban a la dormida sola,  soñando sueños propios de hálito congelado, esplendoroso,  con el océano suspendido en las pestañas.

Y la dormida, sola, soñó sus sueños resplandecientes hasta que no le alcanzó más la boca entreabierta para echarlos al mundo y el pecho se le hizo un reventón de luz y la sacudió despabilándola.

 

Y el reventón de su pecho se hizo sol cálido que le entibió el cuerpo devolviéndole el color.

 

Y el  agua descongelada fluyó de sus pestañas formando ríos y océanos.

 

Y el pasto, las flores y los bosques crecieron a su paso.

 

Y de la maraña de su pelo renegrido se desprendieron millares de bandadas de pájaros.

 

Y de su útero despierto cayeron semillas multicolores que poblaron al mundo de criaturas fantásticas.

 

Y el sol  le quemó la boca haciendo temblar el suelo.

 

Entonces fue el tiempo

 

en el que el mundo

 

volvió a girar sobre su eje.

 

monstruos Junio 25, 2008

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La cocina comedor daba a un pasillito que desembocaba directamente en un living enorme. A un costado del living, más o menos a mitad de éste, había otro pasillo que llevaba a las habitaciones y al baño.
Durante el día el living era maravilloso, luminoso, con sus sillones floreados cerca del ventanal, las cortinas transparentes en las que uno se podía enredar simulando que estaba entre nubes, el hogar de piedra, el equipo de música empotrado en un baúl antiguo, los dos butacones que, como los enanos, tenían las patas cortitas y combas, la lámpara de pie de hierro forjado que deslizaba su luz directamente sobre el sillón, también floreado, de lectura, y la biblioteca, hermosa biblioteca, preñada de historias y perfumada con papel y tinta añeja. Realmente era un lugar maravilloso para jugar saltando de sillón en sillón como Batichica, con una toalla atada en el cuello a manera de capa, y para leer en las tardes solitarias, bañada por la luz de la lámpara con pantalla de pergamino, arrebujada en el otro sillón, el de lectura, que se amoldaba perfectamente a su cuerpito. En verano dejaban el ventanal abierto y las cortinas volaban, se suspendían en formas globosas y volvían a caer en pliegues tintineantes, y vuelta a empezar la danza con cada soplo de brisa. En invierno las cortinas quedaban quietas, estáticas, y el juego cotidiano era saltar de alfombra en alfombra con los pies desnudos, sintiendo las cosquillas de la lana colorida en las plantas, tratando de no tocar las lagunas de parquet que quedaban entre una y otra. Era además la mejor época, porque el ruidito crepitante que salía del hogar complementaba las historias y el olor que salían de los libros de cuentos.
A medida que caía la noche el lugar iba cambiando con la penumbra que alargaba en sombras a todos los muebles, las flores de los sillones se transformaban en jungla, las cortinas danzantes del verano cobraban vida en abultadas panzas de gigantes voraces que se hinchaban y vaciaban al instante, la biblioteca era un monstruo con miles de ojos… Y a medida que la noche se hacía más noche, el lugar se hacía más amenazante. Ni hablar en invierno, cuando la débil luz bamboleante del hogar hacía mover a todas las cosas, y el parquet crujía igual que los muebles.
Cuando caía la noche se apuraba, iba rápido al baño cosa de no tener que pasar por el living oscuro, y se metía en la cocina comedor. Comía, miraba la tele, hacía la tarea, y el tiempo se le acababa tan rápido que protestaba incansablemente cuando la mandaban a dormir. Qué no, qué no, qué no. Qué sí, qué sí, qué sí.
Y salía despacio de la cocina, caminaba por el pasillo apenas alumbrado con la luz que se colaba por la puerta entreabierta y se quedaba parada, quieta, frente al abismo oscuro. Se iba poniendo dura poco a poco, a medida que se le erizaban los pelitos de la nuca. El cuello se le iba metiendo entre los hombros que subían, y las pupilas se le dilataban en un vano intento de distinguir formas familiares entre las sombras. Los brazos rígidos le caían a lo largo y terminaban en dos puños apretados, apretadísimos. Trataba de controlar la respiración, los latidos del corazón y los temblores del cuerpo, tenía que caminar antes de que se dieran cuenta de que seguía ahí y no estaba en la cama, tenía que caminar antes de que ellos se dieran cuenta de que estaba ahí.
Uno, dos, tres. Mover apenas una piernita, respirar hondo y sumergirse en la boca oscura. Empezar a caminar despacio, despacito, pasito a paso, despacio, muy despacio. La cabeza totalmente hundida entre los hombros para que nada la tome del cuello por detrás. Los ojos muy abiertos tratando de distinguir movimientos imperceptibles a los costados. Y cada vez más oscuridad. Los ojos desorbitados inútilmente. Y seguir caminando rígida y muy despacio, porque los monstruos como los perros, cuando corrés te atacan. Y seguir despacito, despacito, casi sin respirar para no despertarlos. Y pensar que si los monstruos, como los perros, pueden oler el miedo, van a atacar cuando solamente faltan dos pasos. Y dar un salto final con un brazo extendido ganando el otro pasillo y la llave de luz, y que el living vuelva a ser un lugar maravilloso sin monstruos, y respirar por fin con todas las ganas asomando la cabeza como una tortuga despabilada, y las pupilas volviendo a su tamaño normal, y el corazoncito volviendo a latir tranquilo. Y por fin poder dormir hasta la mañana.

Y tantísimos años después, encontrarse otra vez parada, quieta, frente al abismo oscuro.
Uno, dos, tres…

 

borbotones Abril 21, 2008

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Tenía la piel reseca. Pensó que de tanto haber tomado sol su piel había quedado así, apergaminada, escamosa, y pasaba media hora por noche antes de acostarse untándose crema hidratante por todo el cuerpo. El verano pasó y su piel seguía igual, traslúcida y opaca a la vez, ajada. Creyó entonces que el frío estaba haciendo estragos y siguió con el ritual de la crema. Se le notaba más en los labios, eran dos pétalos marchitos que se partían y sangraban cada vez que quería sonreír y le dolía tanto que dejó de hacerlo.
Mustia, estaba cada vez más mustia y yerma y triste también. Las plantas se le secaban por más que las regara. La comida le quedaba seca y quemada aunque controlara minuto a minuto la cocción. Su casa era un cúmulo de polvo volátil porque todo lo que tocaba se arrugaba, se ajaba y se desmenuzaba en miles de escamas blanquecinas, como su piel. Se aisló, avergonzada de su piel, sus labios sangrantes, su tristeza y de la polvareda que la seguía a todos lados, porque en verdad era terrible ese toque de Midas que envejecía, momificaba y mataba todo cuánto tocaba. El año fue y vino cinco veces acostumbrándola a la costumbre del torbellino de polvo a sus espaldas e hizo un santuario de su soledad, como todo solitario.
Se sentaba cada noche sobre un montoncito de polvillo moldeando figuras que se deshacían antes de terminarlas mientras trataba de determinar el momento exacto en que había empezado esa tortura. Se iba para atrás en el tiempo y se sumergía en recuerdos verdes, rojos y naranjas, turgentes, lozanos. Recorría los días del verano en que la piel se le había resecado buscando un qué o un cómo, pero no había ni comos ni qué, solamente había soledad mal acompañada que como una polilla gigante se había apoderado de todo. A lo mejor era eso nada más, tanto y tan poco.
Se imaginó a sí misma como una gran polilla reseca, polvorienta, y la imagen le causó tanta gracia que se olvidó del dolor y se rió con toda la boca y miles de hilitos de sangre le brotaron de los labios mojándole los pies. Era tan rara la sensación de algo húmedo en medio de su sequedad que siguió riéndose como una loca. Cada carcajada levantaba montoncitos de polvo mezclado con sangre, como mariposas que echaban a volar a su alrededor y pronto estuvo rodeada por una nube de ellas, rojas, naranjas y amarillas. Abrió la boca bien grande para exorcizarse con la risa y una mariposa se le metió haciéndole cosquillas por dentro del ombligo.
Y con cada aleteo la boca se le volvió pimpollo y la piel durazno perfumado.
Y el agua le brotó a borbotones junto con la risa.
Y como al principio de los tiempos, el alma le bailó en el cuerpo.

 

El Dorado Abril 8, 2008

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Cuando caminaba hacía temblar la tierra y brotaban flores amarillas de las huellas de sus pisadas. Esplendía, iluminaba, teñía todo con el resplandor que emanaban su piel y sus ojos. Por donde él andaba no existía la oscuridad ya que transformaba la noche en día a su paso.
Ella en cambio era una sombra etérea que escapaba de la luz, tan leve que sus pies apenas rozaban el piso. Tenía la sabiduría de las brujas y veía el mundo en la superficie del charco de agua de lluvia que se colaba en su cueva sombría. Pálidos reflejos negros, eso era lo único que conocía. El charco se estremecía y cobraba vida, tomaba la forma de lo que le mostraba, un día era montaña, otro día mariposa, otro día flor, siempre desdibujado, opacado, pálido reflejo negro de la realidad. Pero ella se sentía tan protegida con su charco en la oscuridad que no necesitaba salir de su cueva, no quería. No quería conocer más que los pálidos reflejos, esa era su realidad.
El charco le mostró un día lo que era un hombre y ella quedó maravillada, enamorada de la figura acuosa. Estiró los dedos para saber cómo se sentía el tocarlo cuando la tierra tembló deshaciendo el charco en millones de gotitas y un terrible resplandor la encandiló. Cerró los ojos aterrada por la figura descomunal que tenía frente a sí, pero la claridad se los abría a la fuerza tironeándole de las pestañas y no le quedó más que parpadear y animarse a ver. Vio, miró la figura en todo su esplendor y se dijo a sí misma que eso que ahora tenía adelante era realmente un hombre, no un pálido reflejo. Estiró los dedos para saber cómo se sentía el tocarlo, se llenó de luz y lo siguió, rozando levemente con los pies la estela de flores amarillas que él dejaba a su paso. Y así salieron los dos al mundo luminoso, la antes oscura y El Dorado, reverdeciendo el otoño.
Deambularon sin rumbo y él le mostró el universo, le enseñó las formas, los sonidos, los colores, los sabores, los olores, sacándole la sombra de adentro. La alegría les bailaba en el cuerpo de tal forma que se supieron cachorros y jugaron oliéndose, lamiéndose, mordiéndose, gruñendo apenas, revolcados en un colchón de flores amarillas fundiendo humedades. Y en el momento exacto en que se reencontraron cada uno en el centro de la suavidad cálida del otro, renacieron en un mundo nuevo.

 

Coleccionista Abril 27, 2006

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Se le abrió un universo el día que descubrió que cada sonido que emitía podía enlazarse con un signo, con una letra, y que la combinación de letras formaban palabras, y que la combinación de palabras formaban frases, y que el significado estaba dado por la combinación de palabras y frases. Algo de eso que se unió en el exterior también se unió en su interior, aprendió a leer casi sola y no paró. Se enojaba, mucho, porque no podía encontrar en su cabeza un botón que pudiera desconectar lo que veía en letras del sentido que inmediatamente se formaba en su cerebro. Quería volver al estadio anterior, en que las letras eran solamente formas, pero no podía. Sus ojos se posaban sobre un cartel e inmediatamente los signos cobraban vida Se resignó ante lo inevitable y comenzó a leer ávidamente todo lo que caía en sus manos, libros, revistas, folletos, propagandas, prospectos.
Se dio cuenta pronto que las fotos eran el significado puro de las cosas, la cosa en sí, y que las palabras eran las fotos de aquello por significar. Se convirtió en coleccionista de recortes porque ya todo, absolutamente todo caía bajo su infinito universo de significado.
Leía, cortaba, acomodaba, pegaba.
Pronto descubrió que podía cambiar los finales que no le gustaban de los libros que devoraba, arrancaba las hojas, recortaba las palabras, les asignaba un nuevo lugar y aparecía lo que ella quería.
Recorriendo reportajes de famosos se dio cuenta de que solamente con cortar, acomodar y pegar, el mensaje adquiría significación, la carta de amor que le enviaban, con sólo reasignar lugares quedaba explícita. Y así con todo. Sus zapatos se modernizaban recortando fotos de otros minúsculos zapatos y pegándolos encima, y también era lo mismo con el resto de su ropa, y hasta con su casa. Y también era lo mismo con su pelo que cortaba cuando lo quería tener corto, y que volvía a pegar cuando lo quería tener largo.
Cortar, acomodar, pegar. Cortar, acomodar, pegar.
Comía fotos de fideos sazonadas con las palabras sal, aceite, queso. Alimentaba su espíritu con sopa de letras recortadas. Y no importaba que época del año fuera, podía transformar el invierno en primavera solamente recortando fotos de pájaros y mariposas y echándolos a volar adelante del ventilador. Podía transformar julio en enero esparciendo polenta en el piso del baño y llenando de recortes de olas la bañera.
Era feliz con su tijera, su frasco de pegamento y sus recortes.

La llevaron al hospital una noche, después de una feroz pelea que tuvo con cartoneros por un pilón de diarios.
Le arrancaron el pegote infernal de papel que tenía en el cuerpo, la lavaron, la cosieron, le sacaron las tijeras y el pegamento, le pusieron un camisolín y la abandonaron atada a una cama.
Y lloró incansablemente hasta desvanecerse.

Cuando el enfermero entró a renovar la dosis de halopidol solamente encontró una gran mancha de tinta sobre las sábanas blancas.

 

A BAO A QU Abril 12, 2006

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Como tantos peregrinos subió a la Torre de Victoria, en Chitor, para contemplar el paisaje más hermoso del mundo. Le fascinaron los escalones gastados dispuestos como un caracol gigante, pero a mitad de la escalera un murmullo de roce de seda hizo que se detuviera. Se dio vuelta buscando el origen del susurro y el claroscuro reinante le jugó una mala pasada, le pareció ver unos bracitos luminosos que se aferraban a sus talones. El cansancio le aflojó el cuerpo de golpe y decidió que era mejor bajar. Al pie de la escalera encontró un retazo como de piel de durazno y lo metió en su bolsillo. No tendría el placer de haber visto el paisaje pero por lo menos le quedaba ese jirón de recuerdo.
Ya de vuelta en su casa, sin que se diera cuenta, el retacito encontrado se deslizó de su trampa de tela y fue a parar al pie de otra escalera.

Pasaron los días, una angustia difícil le palpitaba en la boca del estómago. Cada vez que intentaba llegar al altillo se detenía a mitad de camino, la envolvía el mismo susurro ya fuera de día o de noche, con luz o con sombra. Siempre el roce de seda y al darse vuelta, los bracitos luminosos que se apagaban con su mirada. Bajaba rápido, temerosa, sin poder completar el tramo que faltaba. Se esforzaba, volvía a intentarlo pero fallaba, el miedo le anulaba la voluntad. La escalera la obsesionaba, la paralizaba, le quitaba el aliento, la volvía insomne.

Harta de sí misma juntó valor para enfrentar al fantasma de los peldaños. Respiró hondo, comenzó escalón por escalón, despacio, muy despacio. Y el murmullo de seda, suave, muy suave, y la luz cada vez más intensa, y los brazos que le aferraban los talones, y el miedo que la hacía llorar como una criatura indefensa.
Siguió subiendo a pasar de todo, sintiendo caricias tibias de piel de durazno en la espalda que le calmaban el llanto aplacándole el miedo. Las caricias se transformaron en abrazos y el roce de seda en roce de labios sobre su cuello
Dos escalones nada más, y adivinó esa presencia olvidada en otra vida cobrando forma bajo una piel traslúcida.
Un escalón nada más, y ella misma sintió su piel volviéndose durazno, azulado, transparente.

Y el final de la escalera los encontró fundiéndose irreverentemente después de siglos de buscarse.

 

El Brete Febrero 3, 2006

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Andaba por esos andurriales con calles de barro, preguntándose con miedo para qué se había metido en semejante brete. Pensaba que si el auto se quedaba en medio del fango y de la noche, no sólo no lo ayudaría nadie, sino que además le iban a afanar hasta las pilchas.

Felizmente la lluvia había parado y a dos cuadras un débil farol iluminaba una calle que parecía asfaltada. Allí quizás podría ubicarse mejor y emprender el camino de regreso.
¡Qué ganas de estar en casa!, dijo en voz alta, como para darse ánimo, exorcizando el fantasma de una pinchadura o un desperfecto mecánico en esos suburbios.

Dobló a la izquierda por la calle asfaltada, divisando a lo lejos una persona que aparentemente esperaba el colectivo. Se acercó, bajando la ventanilla del lado de la vereda, y cuando estaba por preguntarle a la joven por la avenida más cercana, se desplomó al piso cuan larga era, con la cabeza hacia atrás y los ojos en blanco, con un grito seco que sonó en el silencio de la noche.

Durante un segundo mil ideas cruzaron por su cabeza. ¿Y si es una trampa y me afanan?, ¿y si está muerta?, ¿qué carajo hago?, ¿salgo rajando?, ¿la ayudo?. Miró alrededor en busca de cómplices de la chica o de ayuda. No había nadie más que él y ella. Se decidió a bajar del auto, acercándose rápidamente. Recordó mentalmente el curso que había hecho sobre resucitación y cuáles eran los pasos a seguir. Puso a la joven boca arriba. Tenía el pelo mojado y la ropa húmeda y sucia. Tomando una de sus muñecas se fijó si tenía pulso. Por suerte sus venas latían aceleradamente.

Aflojó una bufanda que la chica tenía alrededor del cuello y a duras penas consiguió desabrochar el botón del jean en el que estaba literalmente enfundada. ¿Cómo hará para ponérselo?, pensó para sus adentros. Notó que una de sus mejillas se había lastimado al caerse. En cuclillas, volvió a mirar en derredor buscando a alguien, o algún negocio. No pasaba un alma a esa hora de la noche.

Mientras trataba de ordenarse mentalmente, buscando en su cerebro alguna alternativa posible, la chica empezó a estremecerse violentamente, con convulsiones que golpeaban contra el suelo su cabeza, sus brazos, sus piernas. No sabía cómo protegerla, cómo evitar que se lastimara más. Gritó con todas sus fuerzas pidiendo que lo ayuden, socorro, auxilio; mientras trataba vanamente de inmovilizarla. Fugazmente recordó que los epilépticos pueden ahogarse con su propia lengua o mordérsela, pero no conseguía abrirle la boca.

Montado sobre ella, se preguntó cuánto podría durar este ataque, se sentía cansado frente a esa fuerza sobrehumana que se le oponía. Vino a su mente una imagen de su niñez, cuando jugaban entre hermanos y primos a Titanes en el Ring, y ganaba el que mantuviera la espalda del adversario contra el piso hasta contar tres. Pero esta vez no era joda.

De pronto, escuchó el ulular de una sirena muy cerca. Aliviado, pensó que en la ambulancia podría haber un médico, aunque sea un enfermero que entienda algo. Y que se hagan cargo, y que yo pueda volver a la seguridad de mi auto, y me pueda ir a mi casa, calentito y seco, donde están los que me quieren, y yo les cuente que cumplí con mi buena acción del día.

Una luz roja intermitente iluminaba cíclicamente la esquina y se escuchaba un motor regulando. Gritó nuevamente pidiendo ayuda.

Escuchó entonces una voz aguardentosa que le decía:

¡ Yo te voy a ayudar, violador hijo de puta !. Mientras le apuntaba con una Itaka que sonó en la noche con un estampido fuerte, imprevisto, sorpresivo, que se fue alejando con un eco extraño y reverberante. Sintió como un empujón que lo volteó y un ardor quemante en la espalda. Quedó mirando al cielo, sintiendo en su cara que empezaba nuevamente a llover, suponiendo que la bala lo habría rozado, porque la espalda ya no le dolía. Pensaba cómo iba a hacer para aclarar este gran malentendido. Veía borrosas figuras uniformadas que dieron paso a una luz intensa. Su último pensamiento fue: qué boludez esto de morirse de confusión.

CARLOS IÑON 4 de Noviembre de 1993