y es un hecho, sino fijate
marce: tomá, acá está lo que me pediste
ex: gracias
retoño mayor: ¿qué es?
marce: una pollera y un collar para tu padre
retoño mayor: (mirando fijo al padre) ¿qué? ¿te vas a hacer travesti?
y es un hecho, sino fijate
marce: tomá, acá está lo que me pediste
ex: gracias
retoño mayor: ¿qué es?
marce: una pollera y un collar para tu padre
retoño mayor: (mirando fijo al padre) ¿qué? ¿te vas a hacer travesti?
Cuando era chica vivía en Caballito y Caballito era un ghetto. Todos los de la misma edad (trece/catorce años) éramos vecinos, nos conocíamos, íbamos a los mismos colegios, al mismo club, a bailar a los mismos lugares y comprábamos la ropa en el mismo local. Que nos conociéramos no implicaba que nos lleváramos bien, las del María Auxiliadora se llevaban mal con las del Sagrado Corazón, los del Club Italiano se llevaban mal con los de Ferro, los del Marianista se llevaban mal con los del Pío IX, y dentro del mismo colegio o club también había distintos grupos que se llevaban mal. Yo, por ejemplo, iba al Club Italiano con mis amigas y había un par de chicos que se dedicaban a molestarnos; a veces nos decían cosas feas, a veces nos hacían bromas pesadas. Dentro de ese grupete había uno que se ensañaba especialmente conmigo, un gordito muy cheto (bah! en esa época éramos todos muy chetos) que no dejaba pasar oportunidad para ridiculizarme delante de sus amigos. Me mordía la lengua para no contestarle, porque la regla tácita era hacer de cuenta que no nos dábamos cuenta de la sarta de estupideces que nos decían, y seguía mi camino con mis amigas arrastrando los pies (en esa época era bien andar arrastrando los pies) por el club.
Para mi desgracia el gordito vivía muy cerca de mi casa y me lo encontraba a diario. Claro que la calle no era el club y cuando nos cruzábamos estábamos los dos solos, así que fingíamos no conocernos, bajábamos la vista y no pasaba de ahí. Además la situación para él era bastante vergonzosa, lo veía todas las mañanas de camino al colegio cuando él iba con la bolsa de los mandados a la panadería, y a los trece/catorce años que cualquiera te viera yendo a hacer las compras era lo peor que te podía pasar. Y yo pensaba –gordo, si cuento ésto en el club te defenestro- pero nunca dije nada.
Las cosas se fueron poniendo cada vez más feas y llegó un momento en que tenía que hacer no sólo un esfuerzo para no contestarle, sino también para no trompearlo. Mis amigas me tironeaban de la ropa para que no hiciera papelones y nos íbamos arrastrando los pies y masticando chicle, pero yo quería sangre.
Un lunes por la mañana, después de un domingo en el que el gordito había estado bastante pesado, me lo crucé, como siempre con la bolsa de los mandados. Vi su figura redondita a lo lejos, me afilé los colmillos, dije –ésta es la mía, gordo del orto- y me acomodé la mochila en un brazo dispuesta a zampársela en la cabeza a la menor grosería. El gordito me vio y como de costumbre en la calle, bajó la vista y fingió que no me conocía. Le cerré el paso, quiso esquivarme un par de veces y un par de veces me volví a plantar delante de él hasta que se quedó quieto y me miró
-¿Qué pasa gor-di-to pe-lo-tu-do? ¿Tu mamita te mandó a hacer las compras? ¿Ahora que estás solo no decís nada? ¿Eh? ¿Qué te pasa pe-lo-tu-di-to?
El gordito estaba mudo y desorbitado.
-Dale, decime algo ahora que estás solo, decime.
El gordito seguía mudo y miraba de reojo la mochila.
-¿Qué? ¿Se te paró la lengua?
Y el gordo balbuceó, tratando de remontar la situación y hacerse el canchero.
-No, se me paró la pija.
-Ah!!! ¡¡¡¿¿ Entonces todo es por eso??!!!
Y el gordo, rojo como un tomate por haber confesado lo inconfesable, se zambulló dentro de la panadería.
Y yo me fui pensando, por primera vez en la vida, en qué cosas tan locas hace un tipo cuando no sabe bien cómo lidiar con una erección.
especialmente para vos.
no, para vos no, para vos tampoco.
para vos, que cuando la escuchaste te gustó.
buenfinde
hoy escuchate ésta que el día lluvioso se presta para algo así…
y para cucharita…
no me digas…
- lo que te voy a pedir te va a parecer muy extraño
- (cagamos) ¿qué necesitás?
- ¿me prestás una pollera?
- ¿? …
- la que conseguí me va bien de cola pero me aprieta mucho la cintura
- ¿no te alcanza como veterinario y te vas a travestir???
- no boluda, es para teatro. algo cortito y brilloso.
- sabés que de eso no uso
- pero cambalachero sí
- ah sí! de eso sí
- ¿y un collar grandote medio ridículo?
- de eso también hay. ¿pulseras? ¿aros? ¿glitter?
- no, me da vergüenza
ok, ok. hace sueño, el día no da para demasiado. relajate, cerrá los ojos y escuchá
este blog no brinda un buen servicio a la comunidad, lo sé. repaso las búsquedas de los que llegan hasta acá y no creo que lo que encuentren les sirva demasiado. por ejemplo, los “sirvientas putas” y “charla bautismal” que encabezan el top ten muy satisfechos no deben quedar. tampoco los ”monjas conchudas”, “buda”, “cadetes de la pfa” y “marcela assin” (muero de curiosidad). mucho menos los “cremas para el culo paspado”, “miedo al recibir una intramuscular”, “cogeme en villa crespo” , “que es bueno para las hormonas alteradas”, “geminis mala gente”, “mujeres cagando en un vaso”, “culo portentoso”, “enfria nariz correr”, “luchi cogiendo”, “tirar las cartas es cosa del diablo” .
en fin muchachos, decía, no se gasten, acá nunca van a encontrar respuesta a nada, y sépanlo, me divierte lo que buscan y me divierte imaginarlos en la situación que motiva la búsqueda. inclusive me divertiste vos corazón, que aterrizaste acá con “como desarticular un cadáver”.
Nací en Reconquista, medio asfixiada, y tuvieron que ponerme oxígeno ni bien salí de adentro de mi madre. Viví en Romang hasta los cinco años. Cuando era bebé una yarará se trepó por las patas de mi cuna y mi papá la mató a palazos. Mientras estuve en Romang el 90 % del tiempo lo pasé cazando sapos, descalza y en bombacha por elección propia. Me operaron de la nariz con anestesia local, onda que vi todo todo todo y fue bastante espeluznante. Después me mudé a Bs. As. y el peor trauma fueron los zapatos, la vestimenta y el departamento. Leí mi primer libro, Mujercitas, a los seis años, y nació mi hermano. Tuve hepatitis, varicela y una época de anginas a repetición. Fui abanderada en la primaria y gané un par de concursos con mis dibujos y composiciones. Lo más memorable de la secundaria fue que me salieron de golpe las tetas, 95. Me llevé matemática en cuarto año por 50 centésimos y la rendí con 9. Entré en veterinaria entre los primeros 10 y dejé en tercer año. Me cambié a psicología y después de dejar y retomar miles de veces me recibí. Me junte, me casé, me embaracé, parí, me volví a embarazar, volví a parir y me divorcié. Hice un pos grado en psicología sistémica. Tengo tres gatos, un perro y una rana. Vivo con mis hijas en una casa de 100 años en Villa Crespo que por afuera parece una casa tomada pero por adentro es muy linda y acogedora. En algún momento me hinché las pelotas y decidí vivir cómoda, así que deseché los tacos, el maquillaje y las lentes de contacto. Uso anteojos permanentemente, ojotas en verano y botas en invierno. Mi papá se murió hace poco. Me aburro fácil, soy curiosa, inconstante y movediza, también soy mal hablada, petisa y mi sentido del humor varía de casi inexistente a súper ácido. Me enojo rápido y se me pasa rápido. Para la mayoría de la gente soy un enigma y no sé por qué. Me gusta tejer, leer, escribir y hacer cosas con las manos. La gente que viene a comer a mi casa invariablemente come chop suey y spring rolls porque es lo único que sé cocinar. No sé manejar. Soy una “ex” copada, cero problemática. Cuando hago enojar a los demás les despierto instintos homicidas, pero cuando las cosas se calman, vuelven a darse cuenta de que soy adorable. Parezco simple, boluda, colgada y naif. No soy simple, ni boluda, ni colgada, ni naif. No me enamoro. Soy apasionada en todo lo que hago. Me gusta el chocolate, la cerveza, el fernet, el champagne y casi no como carne. Tengo una especie de incontinencia verbal y digo todo lo que tengo que decir aún en los momentos y lugares más inconvenientes. No soporto, pero no soporto en serio, el silencio del otro. Jamás plancho la ropa. Por el pelo me dicen Bellatrix Lestrange. Básicamente tengo buena leche. También tengo el iching al lado de mi cama, los ojos y la boca muy grandes, nariz chiquita y pecas muy tenues. No tengo facebook ni demasiada paciencia.
Bueno, nada.
Eso.
update: más datosacá
a ver…
si con ésta no te agarra cosita linda alrededor del ombligo y unas tremendas ganas de bailar, es que tenés agua destilada en las venas
sabelo
Margarita es muy vieja y está muy loca. Tiene una edad indefinida entre ochenta y noventa y cinco, es petisita y no sé si tiene una joroba o si va encorvada por los años que carga en la espalda. Cuando camina parece que se va a caer porque no sólo se inclina hacia delante sino que lo hace hacia un costado también mientras las piernas le quedan derechas, así que cada paso es como una tremenda obra de ingeniería que busca el centro de gravedad para no desmoronarse. Anda siempre con los pelos enmarañados y una bolsa de supermercado en la mano que revolea cuando se enoja, porque Margarita entre otras cosas es mal llevada. No le queda un solo diente, así que la boca es una pasita que se le hunde en la cara, de la que asoman de costado unos pelos largos como el bigote de un chino. Le tiene pánico a los perros y los putea, salvo que el dueño sea joven y ahí la cosa cambia de – llevate ese bicho de mierda a tu casa que anda cagando por todas las veredas- a – mi amor qué lindo sos, cómo me gustás-
Como ya dije, Margarita es mal llevada y su nivel de paciencia, calculo, andará en menos diez, por lo que no soporta esperar para cruzar la calle entonces sin fijarse se manda, obviamente a dos por hora y, obviamente, generando frenadas, volantazos y que muchas veces los autos le pasen excesivamente cerca. Cualquier viejo en esas circunstancias levanta la mano para que no lo pisen y para pedir disculpas por su imprudencia, ella no. Ella revolea la bolsita para pegarle al coche/colectivo/camión/moto que se le viene encima y putea a los gritos –No hay respeto, no hay respeto!!! Hijos de puta, hijos de puuuuuta, dejen cruzar, hijos de puuuuta!!!!- y sigue gritando lo mismo durante una cuadra. También le grita hijo de puuuuta al chico que vende diarios, a los repositores de coto cuando no encuentra lo que quiere, a los que están arreglando algo en la calle, a los que le pasan por al lado, nadie se salva de su estentóreo hijo de puuuuta.
Tiene épocas de obsesión. Tuvo la temporada de los tiroteos, la del aumento de la jubilación, la de que le robaban cosas en la pensión, la de la presión alta, la de que le daban plata falsa en el banco. Ahora, desde hace más o menos dos meses, está con que estoy embarazada. Según el día la pregunta varía: - nena ¿estás de compras?/ nena ¿estás embarazada?/ nena ¿estás esperando?-. Hoy de nuevo
-Nena, no me digas.
-¿Qué Marga?
-¿¡Estás embarazada!?
-No Marga- agarrándole la mano para que me toque la panza y se convenza- ¿ves que no?
-No importa que no tengas panza. Te digo que sí.
-Te digo que no.
-Yo te aseguro que sí.
-Yo te aseguro que no.
-¿Qué? ¿le pusiste candado?
-Sí.
-Andaaaaaaá!!!!
Se fue riendo a carcajadas revoleando la bolsita, y como siempre, cruzó Corrientes a mitad de cuadra con el semáforo en verde.
–Jajajaja! No hay respeto, no hay respeto!!! Jajajaja! Hijos de puta, hijos de puuuuuta, dejen cruzar, hijos de puuuuta! Jajajajajaja!
Cuando mi papá estaba internado en terapia intensiva yo me peleaba continuamente con la idea de la muerte. No quería que se muriera, no quería que él pasara por eso, no quería yo pasar por eso. Era una lucha totalmente irracional porque no era que no quería que se muriera en ese momento, no quería que se muriera nunca. Y cuando me di cuenta de eso fue que me sobrevino el sentimiento de lo inevitable.
El sentimiento de lo inevitable es un mazazo en medio del plexo solar, es el destino grabado en piedra, es un cansancio profundo que te inunda y te dice basta. Es lo que te grita al oído si no se muere hoy se muere mañana o dentro de tres años, pero se muere porque así tiene que ser, así que basta, no tiene sentido seguir peleando contra algo que de todos modos va a pasar más allá de tu voluntad.
Cuando hacés un bizcochuelo batís todo, lo metés en el molde, lo llevás al horno y por ahí pasa que se te quema. No lo tirás a la basura, tratás de salvarlo, agarrás un cuchillo y raspás lo quemado. Si lo quemado es mucho no alcanza con los raspones del cuchillo, agarrás un rallador y con cuidado seguís sacando la costra negra. Pero muchas veces pasa que el bizcochuelo está carbonizado y le das y le das y lo único que conseguís es llenar la cocina y tus uñas de minúsculas miguitas oscuras, y te das cuenta de que por más que ralles lo que queda es incomible, que por más que le pongas dulce de leche y chocolate inevitablemente va a ser incomible y llegás al punto en que decidís tirarlo a la basura, limpiar todo el enchastre y controlar el punto de cocción la próxima. ¿Entendés? No decidiste tirarlo así, de golpe, por impulso, enojado porque se quemó, intentaste todo lo que se te ocurrió hasta que te diste cuenta de que era inevitable, no te quedó otra. Bueno, eso mismo pasa con algunas decisiones más trascendentes en la vida.
Muchas veces se toman decisiones que parecen apresuradas, repentinas, salidas del más profundo enojo e irracionales. La mayoría de esas veces los demás no entienden nada, se desconciertan, a veces se sienten heridos injustamente y absolutamente siempre, se quedan con la sensación de haber recibido una patada muy fuerte en medio de la cabeza y la espalda. Y es difícil de entender. Es difícil entender que está todo bien y de repente se levanta un muro que separa, acá vos acá yo. Es difícil entender el reducirse a ser una foto sepia y hacer de cuenta que el tiempo con lo que el tiempo presupone no pasó. Es difícil entender que alguien que está hoy para afuera mañana está enterrado adentro de su crisálida. Puede ser terriblemente difícil de entender, lo mismo que cualquier situación que cambia y a la que no se le ponen palabras. Pero por lo general esas decisiones no son apresuradas, repentinas, ni salen del enojo ni son irracionales, son decisiones que se toman con el sentimiento de lo inevitable a cuestas y dejan mucha tristeza.
A medida que el sentimiento de lo inevitable te va llenando te vas vaciando de energía hasta que llega al clímax y bajás los brazos porque realmente no te queda otra, a no ser que seas un necio. Dejás de ser Don Quijote contra los molinos de viento y te das cuenta de que hay situaciones que están condenadas desde el inicio y otras que se fueron condenando durante el trayecto y entonces agarrás, corrés bien rápido, tocás la pared y gritás con la más profunda tristeza:
- Basta para mí basta para todos. Piedra libre para todos mis compañeros.
Y se acaba el juego.
Y ya está.
a veces las mejores decisiones te dejan con la tristeza hecha un moño en la garganta
- el día que me abochorné su voz era cristalina.
- …
- ¿qué?
- estás re bécquer.
- boluda, te estoy hablando en serio.
- yo también.

a veces te deja gusto a fondue
a veces a chop suey
y a veces a pizza y fernet
también te deja las pilas cargadas
y muchísimo sueño a la mañana siguiente
cuando sos chico terminás con la mano del que es mancha encima
cuando sos grande terminás con una orden para una biopsia dentro de la cartera
La escena es más o menos la misma y se repite un par de veces a la semana. Abre la puerta, se para en seco, levanta la cabeza unos milímetros, dilata la nariz y pregunta – ¿sos vos? – Viene rapidísimo, hunde la cara en mi cuello, inspira profundo y dice – sí, sos vos- y recién ahí me saluda. El gesto no me molesta para nada porque creo que él, como yo, es un olfateador.
Los olfateadores andamos por el mundo con aire soberbio porque llevamos la nariz ligeramente levantada, a veces cerramos los ojos por unos segundos mientras movemos la cabeza despacito hacia uno u otro lado mientras cazamos olores. Por momentos las aletas de la nariz se nos abren mucho, por momentos nos quedan casi cerradas y muchas veces tiemblan como alas de mariposas. Sabemos perfectamente que en los días húmedos y fríos los aromas flotan suavemente, te envuelven, persisten y que, en los calurosos y secos, te impactan y caen a plomo. Reconocemos las estaciones por los olores y no por la época del año en que estamos y distinguimos la crema con azúcar de la que no tiene sin probarlas.
Los olfateadores somos como los perros, olisqueamos absolutamente todo y a absolutamente todo le encontramos su olor, inclusive a las piedras y a las enfermedades; adivinamos texturas y colores a partir de aromas y nos vamos para atrás y para adelante en el tiempo amarrados a nuestra memoria olfativa.
Los olfateadores por lo general saludamos a los demás con un abrazo y no porque seamos demasiado afectuosos, lo hacemos para poder olerlos a pleno, olerles el pelo, la piel del cuello y la cara, los hombros, para descubrirles la esencia por debajo del perfume que usan y ahí sí, si nos gusta lo que olemos, poder apretar un poco más el abrazo. Durante el sexo nos excita terriblemente el olor del otro y lo olfateamos como animales, con la nariz y la boca entreabierta; respiramos entrecortadamente porque vamos sorbiendo su olor despacito hasta el punto en que olor y sabor nariz y boca se confunden, su fusionan, y ya no importa.
Y yo creo que los olfateadores nos hicimos olfateadores porque descubrimos que el amor se huele en los ombligos y es el olor más rico del mundo.
olvidate de que es lunes, de que tenés sueño. olvidate de que ibas a dejar de fumar, prendete un cigarrillo, pensá en las veces que estuviste de uno y otro lado del hard y escuchate ésta, y bailate un lento girando en la silla que en dos segundos te llama el operador que vigila la cámara que te da en la espalda para preguntar qué estás escuchando que te hace bailar y va a colgar sin entender cómo es que alguien puede moverse con algo que no sea cumbia o reggaeton
a salim

la obra se llama el agüelo (sic)