Eran gigantescos y voraces como Gargantúa y Pantagruel. Al principio iban previa invitación, después se les hizo costumbre con la confianza y aparecían de improviso. Se sentaban a la mesa, se reían, hablaban a los gritos y devoraban cuanto encontraban, hasta las flores del centro de mesa y las velas de los candelabros. Se limpiaban con la punta del mantel, pisoteaban las servilletas, abrían sus bocas voraces y se tiraban comida uno a otro para atajarla y ya borrachos, juntaban las miguitas de la mesa a los lengüetazos. Ella los miraba comer, contenta de que disfrutaran de todo lo que cocinaba para agasajarlos a pesar de que no le dejaran nada más que platos sucios cuando se iban. Platos sucios y hambre, porque era tal la voracidad que tenían que no podía comer nada de nada y cada vez que estiraba tímidamente la mano para servirse algo, se lo arrebataban sin más, en medio de risotadas. A veces aparecían con el hijito que quedaba tan hambriento como ella, porque a él también le quitaban la comida de las manos. Y así, con la panza vacía, el chico debía cargar por la vida con los dos gigantes repletos y borrachos hasta casi reventar, para dejarlos a buen resguardo.
Como ya era algo sabido esto de que dos pasaban hambre mientras dos se saciaban, los dos hambrientos empezaron a comer palabras, se sentaban en el piso en un rincón a salvo de los gritos y el revoleo de comida y hablaban. En realidad, con su costumbre de dar y alimentar sólo hablaba ella, le contaba cuentos en los que no había gigantes y los chicos podían volar, y veía cómo su pancita se llenaba en el preciso momento que los ojos emitían un brillo de entendimiento. Y en ese preciso momento, también ella se saciaba.
Con el tiempo se le fue haciendo cada vez más pesada la tarea de cocinar y atender a los gigantes, no por el trabajo en sí, sino porque la sensación de ultrajamiento y soledad que le dejaban era devastadora. Se sentía saqueada, usada. Era tal la voracidad que tenían dentro que ya ni siquiera perdían tiempo en un saludo, franqueaban la puerta y se abalanzaban como animales sobre la comida. Y así como llegaban se iban, dejándole solamente un tendal de platos sucios, y hambre, y la despensa cada vez más vacía, y a veces, el alma saciada de ojos brillosos.
Una noche de tormenta, mientras terminaba de lavar los platos de la última visita que databa de quince días atrás, escuchó un temblor a lo lejos y rogó que fueran truenos, pero el temblor estruendoso fue acercándose cada vez más y se dio cuenta de que eran los pasos voraces de sus queridos gigantes. Y agotada como estaba de tanto lavar decidió que ya era suficiente, decidió que no era importante llenar la mesa de comida, que bien podrían disfrutar todos de una linda charla junto al fuego sin más que pan y queso y alimentarse de palabras.
Los gigantes, hambrientos, derribaron la puerta de una patada y se quedaron perplejos mirando el pedazo de pan y el queso en medio del ruido ensordecedor de sus tripas vacías. No entraron en razones a pesar de que ella y el chico les decían que las palabras saciaban más que la comida. Corrieron furiosos aullando, destrozando la casa a mordiscones. Y cuando no quedó más que morder, hundieron los dientes partidos en su propia carne, devorándose el uno al otro tratando de llenar sus solitarios huecos vacíos.
Y fue tal el espanto
que los ojos de ella y del chico brillaron de entendimiento.
Y fue tal el alivio
que salieron a volar en medio de la noche ya despejada .
Y cazaron estrellas fugaces con la boca
que los iluminaron por dentro.

