anita

Enero 8, 2009

Contaban las viejas que, cuando al Osvaldo lo mataron en un enfrentamiento, la Angelita lloró tanto sobre su uniforme azul que las lágrimas se le tiñeron, formaron un riacho azulino que inundó la sala mortuoria, viboreó en una alcantarilla a la vuelta de una esquina de Villa Crespo y se perdió en el Maldonado. Lágrimas, lágrimas imparables, lágrimas azules, lágrimas como cristales rotos. Lágrimas que sorbía de a ratos cuando los presentes empezaban a chapalear sobre su amargura. Y tanto fue lo que lloró y tantas las lágrimas que sorbió, que el exceso de sal le provocó una eclampsia y Anita fue parida ahí mismo, al lado del cajón de su padre recién muerto, pujada a puro sollozo. Bichita sietemesina, esmirriada, chillona y azul,  sobre un colchón de flores mustias, flotando sobre un riacho azulino, como un animal desamparado encima de un camalote en medio de la inundación.

Qué está azul por ser prematura, que está azul por el frío, qué está azul por la circular de cordón. La cosa es que Anita siguió azul hasta los tres meses, cuando descubrió que la mamadera era muchísima más dulce que la teta y, con un escupitajo fenomenal para un bebé, se deshizo para siempre del pezón amargo de Angelita. Y Angelita, recién destetada de su hija, viendo que no tenía ya qué hacer en este mundo, se encerró en su habitación a llorar al Osvaldo cómo correspondía.

Así fue como Anita terminó criada por sus abuelos, se hizo una una señorita de ley y los resarció día tras día de ese engendro lloroso, desquiciado, encerrado en la habitación del fondo. Y el único recuerdo de la infancia que tuvo de su madre fue una sucesión de sollozos que atronaban noche y día detrás de una puerta que escurría agua azul hacia la rejilla del patio.

Después de veinte años, de golpe el silencio envolvió a Anita y a los abuelos, el agua dejó de fluir por la acequia horadada en las baldosas y Angelita emergió de su claustro, amarilla, seca y arrugada como un limón exprimido, agarró a Anita de un brazo reclamando sus derechos maternales y se mudó junto con ella a un coqueto departamento en Recoleta para tratar de establecer un vínculo con veinte años de retraso. Y Anita entonces se fue volviendo azul de a poquito, como cuando nació, y también como cuando nació, se hizo bichita esmirriada y chillona, amargada por tener que deberle amor filial a una perfecta desconocida. Porque si de algo se encargaron muy bien los abuelos fue de inculcarle el sentido del deber. Y cargó con su deber atándose a Angelita al cuello con un monstruoso cordón umbilical, dejando surcos yermos a su paso hasta volverse una pasita seca y azulina.

El día que se casó sintió que el cordón que la unía a Angelita se aligeraba pero las vírgenes de la iglesia lloraron lágrimas azules inundando el altar mayor.  El día que parió sintió que el cordón se hacía hilito y casi desaparecía pero los bebés neonatos en la nursery se pusieron cianóticos y enloquecieron con sus berridos a las nurse, que desesperadas, les cambiaban las batitas empapadas de lágrimas cada cinco minutos. El día que se divorció no pasó nada, sólo hubo un reseco viento norte que resquebrajó las paredes y quemó los pastos inundando la ciudad con un humo espeso y pestilente, y un terrible tirón del cordón, ahora gordo y lustroso, le metió el deber filial hasta la médula, y Anita volvió a dejar surcos yermos a su paso arrastrando la silla de Angelita, que ya a esta altura tenía los ojos ciegos y los huesitos hechos cristal, secos de tanto haber llorado al Osvaldo.

La verdad es que la vida no era vida para Anita que sentía que su amargura y desesperación eran el ombligo del mundo cada vez que escuchaba el llamado lastimero

-Nena… nena… traeme

-Nena… nena… alcanzame

O cuando tenía que cambiarle los pañales

O directamente cuando tenía que levantarse cada mañana

Y con cien años de soledad a cuestas Angelita decidió un día que ya era suficiente, acomodó sus huesitos de cristal en la cama, llamó a Anita y decretó

-La vida es una mierda, hija, pero sin embargo te amé con locura.

Se le escapó una lagrimita chiquita y transparente y se murió a pura fuerza de voluntad.

Y Anita que pensó que llegado el momento, que ya era realidad, podría deshacerse del monstruoso cordón umbilical para empezar a volar,

sigue aferrada a él

arrastrándolo en medio de un charco de lágrimas azules.

2 Responses to “anita”

  1. Hank Says:

    Mágicos hipervínculos de amargura azul en este cuento.

    Con tu permiso rescato un fragmento soberbio:
    Y tanto fue lo que lloró y tantas las lágrimas que sorbió, que el exceso de sal le provocó una eclampsia y Anita fue parida ahí mismo, al lado del cajón de su padre recién muerto, pujada a puro sollozo. Bichita sietemesina, esmirriada, chillona y azul, sobre un colchón de flores mustias…

    Me gustó leerte,
    Hank

  2. Turca Says:

    Qué real, mujerrr!!!!!!!!
    Beso grande y hermoso 2009 para vos y los que te aman!


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