Mitad del vaso

No puedo vivir conforme a ejemplos, ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma, eso sí lo voy a hacer, pase lo que pase. Lou Andreas Salome

sábado con Sol Noviembre 24, 2008

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Sábado por la mañana.

Sol y yo haciendo las compras en el supermercado. Sol que quiere ayudar y lleva el carrito, con bastante pericia y sin molestar a nadie, mientras yo voy poniendo cosas adentro. Vamos bajando por una rampa, abajo un repositor espera para subir. Cuando llegamos casi al lado de él no tiene mejor ocurrencia que decirme, haciéndose el irónico

- A los chicos hay que llevarlos a jugar al parque, acá cerca está el Centenario, llevala ahí,  no la traigas a jugar al supermercado.

Como no me gusta ponerme a discutir por pavadas y tampoco me gusta engancharme en la mala leche de los demás, la dejé pasar y solamente lo miré con mi mejor cara de orto.

Pero hete aquí que este señor la siguió, y señalándonos le dijo lo mismo a otro repositor que estaba a unos metros. Y claro, no me gusta engancharme con la mala leche de los demás, pero menos me gusta bancármela, así que me di vuelta y le contesté lo suficientemente alto como para que los que estaban alrededor voltearan para ver qué pasaba:

- No está jugando, está ayudando ¡TARADO! ( El “tarado” unos decibeles más fuertes que el resto de la frase)

Demás está decir que el tarado se calló la boca.

Sol, desorbitada me preguntó

– Mamá ¿por qué le gritaste tarado?

- Porque a los tarados, que dicen cosas de tarados y hacen cosas de tarados hay que hacerles saber que son tarados para que vean si pueden dejar de ser tarados. Este tarado dijo que vos estabas jugando, y vos no estás jugando ni molestando, estás ayudando sin joder a nadie.

La nena me miraba con, lo que creí era, cara de mi madre se desquició, y  me acordé de mí en situaciones similares, no con mi mamá, sino con otras personas. Me acordé que esas veces sentí vergüenza ajena y mucha incomodidad, entonces, dispuesta a pedirle disculpas por el mal momento le pregunté

- ¿Te da vergüenza que tu mamá se pelee por ahí con gente que no conoce?

- No ¡me encanta!

 

Ese mismo día más tarde en casa.

Estaba esperando desde hacía dos días la confirmación de horario para la entrega de unas cosas que había comprado por internet. El tipo no me había llamado ni contestado mis mensajes, por lo que Sol venía escuchando mis puteadas hacia el tipo y toda su familia desde hacía exactamente dos días. Suena el teléfono, atiende Sol.

- Ah! Si Oscar, está mi mamá, ella justo, justo, estaba esperando su llamado.

 

Ergo, Solcito es una reina.

 

ayer… Noviembre 24, 2008

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tres años de remarla en este espacio.

gracias por la paciencia.

 

dear p Noviembre 18, 2008

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Febrero empezó medio pesado. A S tuvieron que operarla de un desprendimiento en la retina y tuvo que hacer reposo absoluto, pero absoluto, absoluto, no se podía levantar más que para ir al baño, el resto del tiempo tenía que estar acostada con los ojos tapados. Difícil la situación, más teniendo a la madre de noventa años semi postrada y al perro. Como sea, los que estaban alrededor se organizaron para ayudarla. E, por el trabajo mucho no podía hacer, pero empezó a sacar al perro todas las mañanas antes de ir a la oficina, a la tarde y a la noche antes de acostarse. Los demás amigos se turnaban para ir y hacerle compañía a S, cocinarle y estar por si necesitaban algo.

E estaba bastante mal, al límite, las cosas en su casa no daban para más y no podían dejar de dar vueltas alrededor de los reproches y el odio, enganchadísimos en eso, tratando de destruirse y sin dar un paso más que para pelear. Una situación que se perpetuaba y que no se solucionaba por más que los dos decían que no (se) aguantaban más. Suerte que llegaron febrero y las vacaciones. Un respiro, él se iba quince días con las nenas y E se quedaba sola en la casa. Nunca ansió tanto unas vacaciones como esas, aunque se quedara trabajando. Quince días para ella, para descansar de todo el agobio, de toda la mierda. No le importaba el calor, ni la oficina, ni tener que sacar al perro. Quería respirar lo suficiente durante esos quince días para poder tener aire el resto del año. Y se fueron, y se quedé sola, respirando.

Y la rutina era sacar al perro de S todas las mañanas, trabajar, volver, pasar por lo de S, justo frente a su casa, a tres metros de su puerta, charlar un rato e ir a encerrarse en su bunker.

Como pasa comúnmente en estos casos, la buena voluntad tiene fecha de vencimiento y pronto los que ayudaban a S empezaron a borrarse. Quedaron pocos. Y apareció P, el ex marido.

A E siempre le llamó la atención la relación que tenían, por ahí porque la situación en que ella misma estaba no le daba para pensar que pudiera tener buena relación con su futura ex pareja. Pero S y P tenían buena relación en serio. Los había visto juntos más de una vez. Si S tenía algún problema él la ayudaba, como ahora. Por lo general P iba de visita y se quedaba a dormir seguido. Eran amigos. Claro, se habían divorciado hacía más o menos veinte años, en el momento se había armado flor de despelote pero ahora estaban bien, se supone que el tiempo lima asperezas y pone un manto de piedad. Y bueno, S necesitaba que la cuidaran, así que P iba a ir a cuidarla.

E se acuerda de cuando lo conoció. Fue en una reunión en lo de S, un cumpleaños. Estaban todos, sus hijas, ellos dos, el hijo de ellos, los amigos del hijo, la madre de S. Lo vió y pensó -¿cómo se casó ella con un tipo como él?- No, mentira, lo primero que pensó fue -qué bueno está este señor-  después pensó eso del casamiento. Le llamó la atención lo lindo que era, el pelo rubio largo, la altura, los ojos, la onda, el color de la piel. Claro, si hubiera pensado algo de todo eso del hijo o de alguno de los amigos del hijo no hubiera sido raro, eran unos ocho o diez años más chicos que ella, en cambio él le llevaba más o menos veinte. Se acuerda que pensó también que era muy lindo para ser tan grande. Después lo volvió a ver otras veces, siempre muy formal la cosa, no era su amigo, no tenían ninguna relación, era el ex marido de su amiga y nada más.

Ahora iba a verlo de nuevo, venía a quedarse unos días en la casa de S.

P llegó una noche, le tocó el timbre para que le abriera la puerta del edificio porque había perdido la llave. S ya le había avisado. E bajó, le abrió. Estaba cambiado, sin barba. Dudó, pero los ojos eran inconfundibles. Hacía bastante que no lo veía, pero le produjo la misma impresión que la primera vez. Subieron. Chau, chau. Cero onda, tampoco tenían por qué tenerla. Al otro día, puntual, E tocó el timbre para que le dieran al perro para ir a pasearlo. Abrió P, dijo hola, le dio el perro, E volvió, se lo devolvió, chau y P cerró la puerta. Y ella quedó medio desconcertada. No era su amigo, pero qué sé yo, estaba acostumbrada a saludar con un beso a la gente con la que tenía cierta confianza y este tipo un poco más le daba la mano. Seco, cortante. Bueno, pensó, estará de malhumor por tener que levantarse temprano para entregar el perro.

No se acuerda si fue esa misma noche o la siguiente, pero repetieron el ritual del timbre y la llave. Era tardísimo, E estaba muerta de sueño y no podía dormirse porque tenía que abrirle. P llegó por fin, ella le abrió y como él no amagó a darle un beso en la mejilla se limitó a decirle hola y a subir en silencio. Creo que P se disculpó por haber llegado tan tarde y ella le mintió y le dijo, con su mejor cara de culo, molesta por lo del saludo, que no había problema. Después de todo no tenían la menor onda y estaba más que claro. Y tampoco le preocupaba mucho la falta de onda,  no eran amigos, se conocían porque era el ex de su amiga y si se relacionaban en ese momento era nada más que por compromiso o por las circunstancias.

E nunca supo si P se hizo una llave o qué, pero no tuvo que ir a abrirle más la puerta. Sí lo veía a la mañana y a la noche por el perro. Se acuerda de una de esas noches en que S la llamó para charlar un rato y para que le pusiera unas gotas en el oído a la madre. Entró y este señor ni cinco de bola, desapareció dentro de la casa y volvió a aparecer para abrirle cuando se fue. Ya le causaba cierta antipatía que fuera tan seco.

O sea, la relación P y E era hola y chau. Y E no sabía por qué le incomodaba tanto que así fuera. A lo mejor estaba sensible por estar sola, por estar asustada con su corazón que no aflojaba con la taquicardia y que cada tanto (cada vez más seguido) hacía una pausa para arrancar como loco de nuevo.

Otra de esas noches sonó el teléfono. Era P.

- ¿Vas a sacar al perro?

- Sí

- ¿A qué hora?

- A eso de las diez, como siempre.

-¿Puedo ir a tomar un café con vos?

- Eeeeeeeemmm sí.

- Bueno, después paso por tu casa.

 Oh Dios! Pensó – qué podrido de estar encerrado con dos mujeres inválidas debe estar este hombre para que yo sea una opción de café con la poca onda que tenemos-. Y se puso nerviosa. Y pensó también que era una estúpida por ponerse así.

Y fue, se quedaron en su casa, charlaron, tomaron café. Extrañamente E se sentía cómoda, y es raro porque con la gente que no conocía mucho no se sentía así, tenia que esforzarse por mantener una conversación y con él no, fluía. Y en el medio de no sé qué que E estaba diciendo acerca de S y la madre P le dijo, cortándola

– Pero yo no vine acá para hablar de eso

Y a ella, que cuando quería hacerse la boluda no había quién le ganara,  preguntó

- ¿Ah no? Y por qué viniste?

- Por vos

Y se taró, y el corazón le arrancó con más taquicardia que de costumbre. Y siguieron hablando como que él no había dicho lo que había dicho. Y en el medio P le decía que le gustaba, que le gustaba su boca, y ella, que no podía seguir haciéndose la boluda, le decía que no daba, que basta ya. Y él preguntó por qué no daba y ella no supo que decirle, y ahí sí se puso en boluda total y le largó una sarta de estupideces increíble. Que la ex era su amiga, que se conocían todos, qué sé yo lo que le dijo, y él  le refutaba todo. Claro, en ningún momento le dijo que no le gustaba, con lo que hubiera quedado más que obvio que realmente no daba. Porque le gustaba, mucho más de lo que había aceptado hasta ese momento. Y ya era más que tarde y  P se fue. Y en el momento en que cruzó la puerta y la cerró, E se arrepintió con  el alma de todo lo que había dicho.

Durmió poco y mal, con el corazón que le saltaba en el pecho. En un momento pensó que se moría por las palpitaciones.

Al otro día, como todas las mañanas, fue a sacar al perro. P le abrió la puerta, le dio un beso en la mejilla y le acarició la cintura. Todavía siente el calor de la mano. Como a hacerse la boluda no había quién le ganara, más después de haberlo rebotado mil veces la noche anterior, precisamente se hizo la boluda. Sacó al perro, se lo devolvió, lo saludó muy formalmente. P le dijo que se iba a su casa, que lo llamara.

Se fue sabiendo que no lo iba a llamar. Arrepintiéndose de antemano, pero convencida de que no daba, que basta ya. Y sin embargo, en lo más íntimo, rogaba que fuera él quién llamara alguna vez.

Esa misma noche P la llamó, hablaron más de una hora de cualquier cosa menos de ellos, hasta que él le preguntó cuando se iban a ver. E le contestó que no sabía, esquivándolo, aparte se iba a complicar porque ya volvían de las vacaciones su futuro ex y sus hijas. Bueno le dijo P (la  apuró), entonces nos vemos el sábado a la noche, paso por tu casa.

No puede explicar todo lo que le pasó por la cabeza, desde vamos, estamos grandes, ya sabemos como terminan estas cosas hasta no va a pasar nada porque ya dije y no quiero que pase nada. Dos días de mil sí pero no, mil no pero sí hasta que llegó el sábado.

A propósito y como para reafirmar que no iba a pasar nada de nada, que solamente íban a charlar como la vez anterior, estaba totalmente impresentable. Darito, su amigo, le había dicho que se pusiera no sé qué, que se maquillara, que se depilara, que se pusiera tacos. Ni loca, dijo E,  no voy a mostrar algo que no soy, aparte no quiero levantármelo y no va a pasar nada ¿me entendés?. Se puso un jardinero de jean cuatro talles más grande del que usaba arremangado por encima de los tobillos, una musculosa blanca y ojotas verdes, impresentable en serio. En lo único que le hizo caso a Daro fue en lo de la depilación.

Llegó P, charlaron, él dijo algo de su boca, no le hizo caso, cocinó; él dijo algo de lamer una gota de transpiración que bajaba por su cuello, no le hizo caso;  se  quemó bastante la tarta de quesos y albahaca (no sabía cocinar y ya P estaba advertido); siguieron charlando, comieron, siguieron charlando y así de golpe, tuvo la cara de P a dos centímetros de la suya.

Y ella, la que dijo mil veces que no, se acercó apenas y lo besó.

Y ella, la que dijo mil veces que no, lo llevó hasta su cama y lo siguió besando, lamiendo, abrazando.

Y ella, la que dijo mil veces que no, lo guió hasta el centro de su centro mil veces esa noche.

Y mil y una noches después

 la magia sigue fluyendo

 

en el camino del zen Noviembre 13, 2008

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(madre sacada, decididamente alterada) – ¡¡¡¿¿¿a vos te parece semejante quilombo???!!!

(hija de 8 años con tono de paz y amor) – tranquiiiiiila, tranquiiiiiiiiiila. respirá hooooondo…

 

cuando era chiquita Noviembre 11, 2008

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cuando era chiquita iba a la colonia de Ferro, cosa que odiaba con toda mi alma, te juro.  siempre fui de culo más bien pesado (lo sigo siendo) y detestaba la combi, el estar todo el día a rayo del sol, correr, trepar, las competencias, la coca caliente en la cantimplora de plástico, todo, todo.  y la pileta, otra tortura. no sabía nadar así que me mandaron de una a la pileta chica, y ahí meta patalear agarrada del borde, inflar los cachetes con aire y largarlo despacito debajo del agua, etc etc etc. como sea, aprendí, aunque siempre me hice la gila porque si se daban cuenta de que sabía me pasaban a la pileta honda, la de los trampolines,  y me daba pánico. así que me quedé para siempre en la pile chica yendo y viniendo cerca del borde sabiendo que hacía pie. todo bien, hasta que un verano, free, no colonia, tres meses a la casa de Ñata en Reconquista, que debo decir, para mí era la gloria. claro, imaginate, Ñata toda para mí dándome todos los gustos, dos pianos que no sabía tocar pero que aporreaba cuando se me ocurría, olvidarme de los zapatos, tener la pelopincho en el jardín y la biblioteca del piso al techo. pero Ñata que sabía de la pesadez de mi culo al tercer día me cerró de un saque lo que estaba leyendo (creo que Las Tumbas) alegando que no eran cosas para chicos, me cazó del brazo, me llevó al Tenis (el club que quedaba a dos o tres cuadras) y me anotó en la pileta. -¿¿y para qué si acá en tu casa hay una?? -no te hagás la tonta que la pelopincho casi que no es una pileta. al otro día pasó a buscarme Silvina, una amiga que iba al club todos los días, y allá fuimos, yo, obvio, con mi mejor cara de orto. cuando salimos del vestuario ¡horror de los horrores! había dos piletas, una para los bebés y otra que en la parte más bajita tenía más o menos 2 mts de profundidad. ni muerta me metía en la de los chiquitos con todo el pueblo, bueh! no todo, pero sí Guille ¡qué lindo era Guille!, mirando. y en la otra… dios! que cagazo ¿entendés? yo ya sabía nadar, pero necesitaba la seguridad del borde y de hacer pie y ahí, nada. y Silvina desde el medio del agua que me llamaba, y Guille que miraba y yo… cerré fuerte los ojos y me tiré y pensé que si me ahogaba no importaba porque ya no iba a darme cuenta de la vergüenza que estaba pasando por haberme ahogado. la cosa es que tragué un poco de agua pero no me ahogué. me quedé en un rincón de la pileta más que embolada mientras todos a mi alrededor parecían estar de lo más divertidos, y fue tal el embole que me fui soltando de a poquito y alejándome también de a poquito del borde. y sí, nadé, y me di cuenta de que era igual que nadar en un lugar en el que hacía pie pero sin hacer pie, pero no importaba hacer pie porque sabía nadar y de hecho, lo estaba haciendo.

y qué querés que te diga? no está Ñata, no estoy en Reconquista, no hay pileta honda, no está Guille viendo, pero es igual de difícil e igual, supongo, de fácil.

 

mirame,

estoy cerrando fuerte los ojos.

 

el buda de mi casa Noviembre 5, 2008

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buda

El Buda de mi casa vive en el palier

Antes vivía en una vidriera, estaba cubierto de polvo y era de un blanco anodino.

Lo rescaté, lo pinté, le pusimos plantitas, monedas debajo de una pierna y un cuenco con gemas y caracoles

Sol dice que atrae el chi,  Abril dice que aleja el sha.

Le acariciamos la panza antes de salir

Sol le pide por el dictado ” que ya me lo tomaron, pero hoy me dan la nota, y preparate para el viernes que hay prueba de inglés”

Abril le pide “que Totó se termine de enamorar de mí”

Yo le pido también, pero cosas mucho más pavotas.

 

volar Noviembre 3, 2008

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Durante el embarazo su madre había sentido que se movía más de la cuenta, no eran pataditas, eran bailes y vueltas carnero suaves que le daban la sensación de tener miles de mariposas volando dentro de la panza.  Será un bebé inquieto, pensó. Pero no, no fue un bebé inquieto, fue plácida, muy plácida. Era tal la placidez que tenía que de vez en cuando parecía levitar casi imperceptiblemente por sobre su cuna.

Cuando fue un poco más grande sus padres siempre se asombraban al ver los juguetes de los estantes más altos en el piso, o, acomodados de distinta manera en esos mismos estantes, los más altos, a los que solamente llegaban los adultos parados en una silla, o también cuando la veían entrar comiendo algún caqui, de esos que estaban en las ramas de arriba de todo en el árbol del jardín. Era raro, muy raro, que una criatura de dos años pudiera alcanzar esas cosas, pero obviamente debería tener algún método para lograrlo porque lo hacía, incluso cuando su madre quería agarrar algo y buscaba un banquito para llegar, cuando se daba vuelta ahí estaba, y ella al lado, sonriendo con los ojos. En realidad eran muchas las cosas que causaban asombro a sus padres: los dibujos en las paredes, que hablara perfectamente y nunca en media lengua, su entendimiento total con los animales, los sueños que contaba, las historias que inventaba, pero pensaban que eso era algo que pasaba siempre con el primer hijo. Se dieron cuenta de su error el día que la encontraron leyendo su primer libro sentada a diez centímetros del suelo. Oh dios! Flotaba sin importarle nada más que lo que leía ¿qué iban a hacer? ¿contar lo que pasaba y que la trataran como a un fenómeno de circo? O peor aún ¿qué se la llevaran para estudiarla despiadadamente? No, no, no podían permitir nada de eso. Empezaron a llenarle los bolsillos de piedritas y a ponerle suelas de metal pesado en los zapatos para impedir que volara cuando estaba fuera de la casa;  cuando estaba adentro era más fácil, la dejaban flotar libremente y, si salía al jardín, le ataban un piecito al limonero para evitar que el viento se la llevara.

Fue creciendo así,  atada de a ratos, hasta que harta de tanta limitación a su vuelo, empezó a sacarse los zapatos, a tirar las piedras a soltarse el pie. Y voló libre por sobre los techos, de noche y de día, sin que nada le importara, y se encontró con otros como ella y volaron juntos como una bandada de pájaros sin alas y sin límites, felices, despreocupados. Tan despreocupados y felices eran que se creyeron inmortales y volaron una y otra vez rozando con los dedos los bordes de los huracanes y haciendo saltar chispas de los botones al enfocar los relámpagos. Se volvieron temerarios y se sumergieron de cabeza en un tornado que los escupió a miles de kilómetros a la redonda, estampándolos contra el piso, quebrándolos, rompiéndolos.

Fue tal el miedo frente a su propia mortalidad que no quiso volver a volar, pero no pudo, porque como en el cuento del escorpión, estaba en su naturaleza. Pero el miedo es una fuerza poderosa, entonces enfocó sus vuelos buscando una piedra a la que amarrarse. Encontró una, hermosa, pulida, iridiscente, pesada, y sin pensarlo dos veces se la ató al cuello y salió a la vida aferrada a la piedra y al piso. Y fue casi tan feliz como cuando volaba desenfrenadamente, mirando ahora cada grano de arena, observando a las hormigas, arrastrando la piedra que la anclaba al suelo.

Sin embargo se sentaba cada amanecer sobre su piedra y miraba a los pájaros, se sentaba cada noche sobre su piedra y miraba a los murciélagos. Y se le escapaban suspiros de falta hasta quedarse sin aire.  Y entre el amanecer y la noche caminaba fuertemente anclada al piso arrastrando su piedra, mirando la tierra y  los yuyos, los escarabajos y los ciempiés.

Con el comienzo de una primavera supo que ya no le bastaban la arena, las hormigas, la tierra, los yuyos, los escarabajos y los ciempiés. Y suspiró su falta y su pena y se elevó dos centímetros y las hormigas, los escarabajos y los ciempiés pacientemente mordisquearon cada una de las fibras de la soga que la unía a la piedra.

Y la arena, la tierra y los yuyos le cosquillearon los pies y se rió saltando con cada carcajada hasta que tomó vuelo

Y todavía anda entre el cielo y la tierra

volando o caminando libremente

cuando puede

y cuando quiere.

 

la tía marce Noviembre 3, 2008

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según Sofi, 4 años