Febrero empezó medio pesado. A S tuvieron que operarla de un desprendimiento en la retina y tuvo que hacer reposo absoluto, pero absoluto, absoluto, no se podía levantar más que para ir al baño, el resto del tiempo tenía que estar acostada con los ojos tapados. Difícil la situación, más teniendo a la madre de noventa años semi postrada y al perro. Como sea, los que estaban alrededor se organizaron para ayudarla. E, por el trabajo mucho no podía hacer, pero empezó a sacar al perro todas las mañanas antes de ir a la oficina, a la tarde y a la noche antes de acostarse. Los demás amigos se turnaban para ir y hacerle compañía a S, cocinarle y estar por si necesitaban algo.
E estaba bastante mal, al límite, las cosas en su casa no daban para más y no podían dejar de dar vueltas alrededor de los reproches y el odio, enganchadísimos en eso, tratando de destruirse y sin dar un paso más que para pelear. Una situación que se perpetuaba y que no se solucionaba por más que los dos decían que no (se) aguantaban más. Suerte que llegaron febrero y las vacaciones. Un respiro, él se iba quince días con las nenas y E se quedaba sola en la casa. Nunca ansió tanto unas vacaciones como esas, aunque se quedara trabajando. Quince días para ella, para descansar de todo el agobio, de toda la mierda. No le importaba el calor, ni la oficina, ni tener que sacar al perro. Quería respirar lo suficiente durante esos quince días para poder tener aire el resto del año. Y se fueron, y se quedé sola, respirando.
Y la rutina era sacar al perro de S todas las mañanas, trabajar, volver, pasar por lo de S, justo frente a su casa, a tres metros de su puerta, charlar un rato e ir a encerrarse en su bunker.
Como pasa comúnmente en estos casos, la buena voluntad tiene fecha de vencimiento y pronto los que ayudaban a S empezaron a borrarse. Quedaron pocos. Y apareció P, el ex marido.
A E siempre le llamó la atención la relación que tenían, por ahí porque la situación en que ella misma estaba no le daba para pensar que pudiera tener buena relación con su futura ex pareja. Pero S y P tenían buena relación en serio. Los había visto juntos más de una vez. Si S tenía algún problema él la ayudaba, como ahora. Por lo general P iba de visita y se quedaba a dormir seguido. Eran amigos. Claro, se habían divorciado hacía más o menos veinte años, en el momento se había armado flor de despelote pero ahora estaban bien, se supone que el tiempo lima asperezas y pone un manto de piedad. Y bueno, S necesitaba que la cuidaran, así que P iba a ir a cuidarla.
E se acuerda de cuando lo conoció. Fue en una reunión en lo de S, un cumpleaños. Estaban todos, sus hijas, ellos dos, el hijo de ellos, los amigos del hijo, la madre de S. Lo vió y pensó -¿cómo se casó ella con un tipo como él?- No, mentira, lo primero que pensó fue -qué bueno está este señor- después pensó eso del casamiento. Le llamó la atención lo lindo que era, el pelo rubio largo, la altura, los ojos, la onda, el color de la piel. Claro, si hubiera pensado algo de todo eso del hijo o de alguno de los amigos del hijo no hubiera sido raro, eran unos ocho o diez años más chicos que ella, en cambio él le llevaba más o menos veinte. Se acuerda que pensó también que era muy lindo para ser tan grande. Después lo volvió a ver otras veces, siempre muy formal la cosa, no era su amigo, no tenían ninguna relación, era el ex marido de su amiga y nada más.
Ahora iba a verlo de nuevo, venía a quedarse unos días en la casa de S.
P llegó una noche, le tocó el timbre para que le abriera la puerta del edificio porque había perdido la llave. S ya le había avisado. E bajó, le abrió. Estaba cambiado, sin barba. Dudó, pero los ojos eran inconfundibles. Hacía bastante que no lo veía, pero le produjo la misma impresión que la primera vez. Subieron. Chau, chau. Cero onda, tampoco tenían por qué tenerla. Al otro día, puntual, E tocó el timbre para que le dieran al perro para ir a pasearlo. Abrió P, dijo hola, le dio el perro, E volvió, se lo devolvió, chau y P cerró la puerta. Y ella quedó medio desconcertada. No era su amigo, pero qué sé yo, estaba acostumbrada a saludar con un beso a la gente con la que tenía cierta confianza y este tipo un poco más le daba la mano. Seco, cortante. Bueno, pensó, estará de malhumor por tener que levantarse temprano para entregar el perro.
No se acuerda si fue esa misma noche o la siguiente, pero repetieron el ritual del timbre y la llave. Era tardísimo, E estaba muerta de sueño y no podía dormirse porque tenía que abrirle. P llegó por fin, ella le abrió y como él no amagó a darle un beso en la mejilla se limitó a decirle hola y a subir en silencio. Creo que P se disculpó por haber llegado tan tarde y ella le mintió y le dijo, con su mejor cara de culo, molesta por lo del saludo, que no había problema. Después de todo no tenían la menor onda y estaba más que claro. Y tampoco le preocupaba mucho la falta de onda, no eran amigos, se conocían porque era el ex de su amiga y si se relacionaban en ese momento era nada más que por compromiso o por las circunstancias.
E nunca supo si P se hizo una llave o qué, pero no tuvo que ir a abrirle más la puerta. Sí lo veía a la mañana y a la noche por el perro. Se acuerda de una de esas noches en que S la llamó para charlar un rato y para que le pusiera unas gotas en el oído a la madre. Entró y este señor ni cinco de bola, desapareció dentro de la casa y volvió a aparecer para abrirle cuando se fue. Ya le causaba cierta antipatía que fuera tan seco.
O sea, la relación P y E era hola y chau. Y E no sabía por qué le incomodaba tanto que así fuera. A lo mejor estaba sensible por estar sola, por estar asustada con su corazón que no aflojaba con la taquicardia y que cada tanto (cada vez más seguido) hacía una pausa para arrancar como loco de nuevo.
Otra de esas noches sonó el teléfono. Era P.
- ¿Vas a sacar al perro?
- Sí
- ¿A qué hora?
- A eso de las diez, como siempre.
-¿Puedo ir a tomar un café con vos?
- Eeeeeeeemmm sí.
- Bueno, después paso por tu casa.
Oh Dios! Pensó – qué podrido de estar encerrado con dos mujeres inválidas debe estar este hombre para que yo sea una opción de café con la poca onda que tenemos-. Y se puso nerviosa. Y pensó también que era una estúpida por ponerse así.
Y fue, se quedaron en su casa, charlaron, tomaron café. Extrañamente E se sentía cómoda, y es raro porque con la gente que no conocía mucho no se sentía así, tenia que esforzarse por mantener una conversación y con él no, fluía. Y en el medio de no sé qué que E estaba diciendo acerca de S y la madre P le dijo, cortándola
– Pero yo no vine acá para hablar de eso
Y a ella, que cuando quería hacerse la boluda no había quién le ganara, preguntó
- ¿Ah no? Y por qué viniste?
- Por vos
Y se taró, y el corazón le arrancó con más taquicardia que de costumbre. Y siguieron hablando como que él no había dicho lo que había dicho. Y en el medio P le decía que le gustaba, que le gustaba su boca, y ella, que no podía seguir haciéndose la boluda, le decía que no daba, que basta ya. Y él preguntó por qué no daba y ella no supo que decirle, y ahí sí se puso en boluda total y le largó una sarta de estupideces increíble. Que la ex era su amiga, que se conocían todos, qué sé yo lo que le dijo, y él le refutaba todo. Claro, en ningún momento le dijo que no le gustaba, con lo que hubiera quedado más que obvio que realmente no daba. Porque le gustaba, mucho más de lo que había aceptado hasta ese momento. Y ya era más que tarde y P se fue. Y en el momento en que cruzó la puerta y la cerró, E se arrepintió con el alma de todo lo que había dicho.
Durmió poco y mal, con el corazón que le saltaba en el pecho. En un momento pensó que se moría por las palpitaciones.
Al otro día, como todas las mañanas, fue a sacar al perro. P le abrió la puerta, le dio un beso en la mejilla y le acarició la cintura. Todavía siente el calor de la mano. Como a hacerse la boluda no había quién le ganara, más después de haberlo rebotado mil veces la noche anterior, precisamente se hizo la boluda. Sacó al perro, se lo devolvió, lo saludó muy formalmente. P le dijo que se iba a su casa, que lo llamara.
Se fue sabiendo que no lo iba a llamar. Arrepintiéndose de antemano, pero convencida de que no daba, que basta ya. Y sin embargo, en lo más íntimo, rogaba que fuera él quién llamara alguna vez.
Esa misma noche P la llamó, hablaron más de una hora de cualquier cosa menos de ellos, hasta que él le preguntó cuando se iban a ver. E le contestó que no sabía, esquivándolo, aparte se iba a complicar porque ya volvían de las vacaciones su futuro ex y sus hijas. Bueno le dijo P (la apuró), entonces nos vemos el sábado a la noche, paso por tu casa.
No puede explicar todo lo que le pasó por la cabeza, desde vamos, estamos grandes, ya sabemos como terminan estas cosas hasta no va a pasar nada porque ya dije y no quiero que pase nada. Dos días de mil sí pero no, mil no pero sí hasta que llegó el sábado.
A propósito y como para reafirmar que no iba a pasar nada de nada, que solamente íban a charlar como la vez anterior, estaba totalmente impresentable. Darito, su amigo, le había dicho que se pusiera no sé qué, que se maquillara, que se depilara, que se pusiera tacos. Ni loca, dijo E, no voy a mostrar algo que no soy, aparte no quiero levantármelo y no va a pasar nada ¿me entendés?. Se puso un jardinero de jean cuatro talles más grande del que usaba arremangado por encima de los tobillos, una musculosa blanca y ojotas verdes, impresentable en serio. En lo único que le hizo caso a Daro fue en lo de la depilación.
Llegó P, charlaron, él dijo algo de su boca, no le hizo caso, cocinó; él dijo algo de lamer una gota de transpiración que bajaba por su cuello, no le hizo caso; se quemó bastante la tarta de quesos y albahaca (no sabía cocinar y ya P estaba advertido); siguieron charlando, comieron, siguieron charlando y así de golpe, tuvo la cara de P a dos centímetros de la suya.
Y ella, la que dijo mil veces que no, se acercó apenas y lo besó.
Y ella, la que dijo mil veces que no, lo llevó hasta su cama y lo siguió besando, lamiendo, abrazando.
Y ella, la que dijo mil veces que no, lo guió hasta el centro de su centro mil veces esa noche.
Y mil y una noches después
la magia sigue fluyendo