Hacía un tiempo ya que tenía esa sensación de incomodidad permanente, como cuando a uno le parece que perdió o se está olvidando de algo y no sabe qué. Era un estado de inquietud que la acompañaba incluso cuando dormía y teñía sus sueños de pérdidas y olvidos. Revisaba la cartera, repasaba los pasos antes de salir de su casa, se fijaba en los placares y cajones pero todo estaba completo, no faltaba nada, no había perdido nada ni se estaba olvidando de nada pero sin embargo la inquietud la perseguía. Pensó entonces que quizá no era algo material y palpable eso que creía haber perdido u olvidado, que tal vez fueran recuerdos y que a lo mejor la incidencia del alzheimer en su familia la estaba alcanzando, pero buceaba en su pasado remoto y reciente y ahí estaba todo, no había huecos ni lagunas. Aparentemente estaba todo pero la sensación de la falta de algo persistía y le hacía doler la cabeza. A veces la migraña era tan fuerte que no soportaba las luces y sólo se aliviaba metiendo la cabeza debajo del chorro frío de la canilla.
Sintió cómo la inquietud se desbocaba haciéndole pulsar las sienes y antes de que la cabeza le estallara salió corriendo hacia el baño para mojársela. Después de un buen rato con el agua pegándole en la nuca la juntó entre sus manos y se mojó la cara una y otra vez para terminar de despejar el desasosiego. Se incorporó para secarse y se topó con el espejo, miró y miró, miró fijo. Prendió la luz porque creyó que la semioscuridad le estaba jugando una mala pasada, pero aún con el baño totalmente iluminado el espejo le devolvía un reflejo muy tenue de sí misma. Todo se reflejaba con nitidez, las cerámicas, los toallones, la mampara, la mancha de humedad del techo, todo menos ella que aparecía desdibujada, transparente, como un fantasma. Corrió a buscar otro espejo y el resultado fue el mismo. Salió a la calle a mirarse en las vidrieras a la luz del sol pero en todos lados veía una copia traslúcida de sí misma. Eso era lo que causaba su inquietud, su sensación de olvidarse o perder algo, se estaba diluyendo, fundiéndose con el mundo, perdiendo su reflejo como un vampiro.
Preguntaba dando mil rodeos si la veían y todos contestaban que sí, que se le veía bien, que ese estilo de ropa le quedaba bárbaro, que ese corte de pelo le sentaba, que su nueva forma de vida evidentemente era correcta, que se la veía bien. Nadie entendía lo que ella en realidad preguntaba, no preguntaba por la ropa, por el pelo, por su forma de vida, preguntaba por ella, porque cada día que pasaba perdía más el reflejo, se perdía más a sí misma.
En un loco intento por no perderse del todo empezó a dejar recuerdos de sí para poder acordarse de quién había sido una vez que el reflejo se hubiera perdido definitivamente. Pintó las paredes de blanco y naranja, plantó flores en el jardín, colgó cuadros y objetos recolectados en sus viajes. Puso afuera todo aquello que la simbolizaba por dentro y cuánto más afuera ponía menos reflejo tenía, hasta que lo único que le devolvió el espejo fue el reflejo de sus ojos. Ya estaba, el último amarre iba a empezar a diluirse y ella se habría perdido a sí misma para siempre, y pensó que a lo mejor eso era el equivalente a morirse y que a lo mejor no era tan malo, después de todo los demás la veían bien ¿o no?
Así fue como empezó a vivir sin reflejarse, como un vampiro, como un animal salvaje encerrado, recordando de vez en cuando al acariciar las paredes naranjas y blancas cómo había sido vivir y poder mirarse en un espejo. El recuerdo le arrancaba saudade y suspiros y también lágrimas chiquitas y se hacía más fuerte por las noches.
Y fue tal la fortaleza que adquirió el recuerdo, que la saudade en su onda expansiva la tiró fuera de la casa, y las lágrimas formaron charcos. Tirada en el pasto ahora lloró de bronca, bronca por no querer vivir de esa manera, por no querer morirse de esa manera, bronca por haberse perdido y por haberse dejado perder. Y fue tal la bronca que se tornó furia y los suspiros, aullidos.
Y vomitó en un reguero de luz un último germen de sí misma olvidado en el fondo de sus tripas,
y escarbó el jardín con manos y pies como un animal salvaje para cobijarlo en la tierra,
y lo regó con sus lágrimas
y el germen echó raíces, tallo y hojas y subió haciéndose espejo
devolviéndole su reflejo
con la boca llena de flores.