Mitad del vaso

No puedo vivir conforme a ejemplos, ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma, eso sí lo voy a hacer, pase lo que pase. Lou Andreas Salome

el cadáver Junio 12, 2008

Archivado en: Uncategorized — marce @ 00:00
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Lloraba, no podía parar. Era una criatura indefensa en un cuerpo de adulto, y lloraba, lloraba, pataleaba. Sentía soledad, miedo, pero por sobre todo, bronca, una bronca ciega que le subía hasta la boca del estómago y se le desparramaba como un torrente rojo por cada una de las células de su ser. No sabía bien qué había pasado. No entendía. No se acordaba de nada, tenía una laguna oceánica que le ahogaba los recuerdos de un periodo. Tenía registro del antes y del ahora, no del durante, y sólo sabía lo que veía, un cuerpo, el cuerpo muerto de ella tirado, desparramado como una muñeca olvidada en el piso. Muñeca rota, sí, era eso, porque no parecía un cadáver. Muñeca partida, desarticulada, floja, sin sangre, sin heridas, solamente desarticulada y floja, y sin vida. Y se revolcaba de bronca llorando la muerte hasta llegar al lado del cuerpo inerte, lo tomaba en sus brazos, lo acunaba, y miles de gemidos de desamparo se le escapaban por la boca, como estrellas fugaces que iluminaban la habitación dejándolo oscuro adentro. Estaba muerta y él no sabía por qué, no se acordaba y lloraba, lloraba pensando en que quizás se había muerto de muerte natural, en que quizás se había suicidado, en que quizás la había asesinado, y en que quizás, lo más probable, se hubiese muerto por las tres cosas, muerta de muerte, suicidada y asesinada. Intentaba revivirla insuflándola, pero toda la luz se le había escapado en los gemidos y lo único que conseguía era llenarla de aire oscuro que la mataba cada vez más. La sacudía violentamente en vanos esfuerzos de que abriera los ojos, pero sólo lograba despeinarla y entonces, nuevamente, la acariciaba despejándole el pelo de la cara y la acunaba, llenándola de lágrimas. No podía, no quería enterrarla. No le importaba que estuviera muerta, fría, desarticulada, quería quedarse con ella, estar con ella para siempre. No le importaba que fuera un envase vacío, no le importaba nada. Y trató de seguir adelante haciendo como si ella no estuviera muerta. Creó rutinas de charlas frustrantes que terminaban siempre de la misma manera, ya que ella con la inmutez de la muerte despertaba la ira de él, que la sacudía queriendo adivinar un atisbo de vida, queriendo una respuesta. Y era tal su falta de resignación, su falta de amor a sí mismo, que se ató la muerta al cuello como una monstruosa bufanda funeraria y salió al mundo para encontrar las respuestas que ella no le daba, el por qué se había muerto dejándolo solo. Y así deambuló con la muerta al cuello, masticando su bronca y su miedo, dejando la vida con cada paso, sin poder ver las primaveras. Caminaba cada vez más lento y encorvado por el peso de ella, que increíblemente, por el hecho de estar muerta, crecía y crecía descomunalmente. Cuando no pudo caminar más, gateó, y después se arrastró como una tortuga inválida, cargándola, sin soltarla. Y la muerta atada a su cuello era ya tan enormemente grande que lo aplastó, pero él siguió sin soltarla, con la esperanza de que con el correr de los siglos alguien los encontrara irreverentemente entreverados.
Pero solamente encontraron a un hombrecito triste y gris, arrugado y solitario, seco y acabado, que no supo soltar a tiempo a un amor muerto

 

4 Responses to “el cadáver”

  1. Asombrada. Que descripción impresionante, fuerte, tremenda.
    Que capacidad que tenés, Marce, de hacerme sentir en carne viva a los personajes.

    Sos espectacular con tu escritura, te lo dije antes creo, y no me canso de repetirlo.

    Besos.

  2. marce Says:

    gracias cigarra. besos

  3. [...] Septiembre 26, 2008 sí denuncié a quién me robó este texto [...]

  4. [...] apareció una más que copió en su página el mismo texto [...]


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