Entró a su casa como si fuera la primera vez estrenando cerradura y llave. Recorrió las habitaciones medio desmanteladas haciendo un inventario de lo que había quedado, de lo que podría reponer y de lo que tenía que esperar o quizás nunca volvería a tener. No más perro que saludaba y mordía los talones cuando entraba. No más peceras luminosas. No más un montón de cosas. Sintió lo mismo que la vez que recibió el bosquejo de demanda por mail, una mezcla de tristeza, nostalgia, ansiedad y alegría; saudade, pensó, eso era saudade. Qué raro le resultó entonces ver quince o veinte años de su vida en una carilla aséptica, desafectivizada, ver en pocas palabras el resumen de hechos tan cruciales, unión, vínculos y disolución, todo así en una chorrera de letras negras sin emoción. Y era así de raro ahora ver lo que había quedado de esos quince o veinte años, una serie de cosas materiales, bastante menos plata en el banco, una casa compartida en los papeles, todo aséptico, desafectivizado, como en un hospital frío azulejado hasta el techo, como en una morgue que albergara quince o veinte años muertos.
Se sentó sobre el piso frío en dónde hasta ayer había estado un sillón y se prendió un cigarrillo acordándose de un par de sus textos, de los sentimientos que había enlazado con palabras, de cómo entendieron unos y otros el sentido, de por qué había escrito lo escrito, de cómo había imaginado con sus letras el futuro, y se rió bajito por lo absurdo y acertado de algunos. Se levantó en la oscuridad y a tientas adivinó una copa que llenó de borgoña en la cocina. Se sacó las botas y descalza volvió a su lugar con la copa en una mano y la botella en la otra. Se sentó de nuevo en el piso y el gato más viejo se le acercó despacio, se le acomodó sobre la falda haciéndose un ovillo ronroneante, mientras el vino le calentaba las tripas. Y de golpe estaba tan cansada que ni ganas de acordarse tenía, porque de lo único que se acordaba era de la parte agobiante y para agobio ya tenía bastante con la sensación de su cuerpo. Se prendió otro cigarrillo, se sirvió otra copa y otra más y la cabeza se le fue afelpando por dentro, muy a pesar suyo, con la calidez de más recuerdos. Se acordó ahora de ese día, y ese, y esos otros, de los viajes, las mudanzas, los días claros, y se le escapó una lágrima de perdón, propio y ajeno. Se dio cuenta de que lo único que quedaba desde hacía mucho tiempo no era desafecto sino recuerdos, como pasa con los muertos, y entonces lloró por la muerte en sí como cuando alguien se muere de cáncer. Y como cuando alguien se muere de cáncer fue tal el alivio de la muerte que se sintió redimida y se durmió ovillada en el piso junto a su gato, soñando sueños nuevos, mientras un jardín de semillas plantadas hace un tiempo le crecía adentro.
recuerdos del futuro V Abril 28, 2008
borbotones Abril 21, 2008
Tenía la piel reseca. Pensó que de tanto haber tomado sol su piel había quedado así, apergaminada, escamosa, y pasaba media hora por noche antes de acostarse untándose crema hidratante por todo el cuerpo. El verano pasó y su piel seguía igual, traslúcida y opaca a la vez, ajada. Creyó entonces que el frío estaba haciendo estragos y siguió con el ritual de la crema. Se le notaba más en los labios, eran dos pétalos marchitos que se partían y sangraban cada vez que quería sonreír y le dolía tanto que dejó de hacerlo.
Mustia, estaba cada vez más mustia y yerma y triste también. Las plantas se le secaban por más que las regara. La comida le quedaba seca y quemada aunque controlara minuto a minuto la cocción. Su casa era un cúmulo de polvo volátil porque todo lo que tocaba se arrugaba, se ajaba y se desmenuzaba en miles de escamas blanquecinas, como su piel. Se aisló, avergonzada de su piel, sus labios sangrantes, su tristeza y de la polvareda que la seguía a todos lados, porque en verdad era terrible ese toque de Midas que envejecía, momificaba y mataba todo cuánto tocaba. El año fue y vino cinco veces acostumbrándola a la costumbre del torbellino de polvo a sus espaldas e hizo un santuario de su soledad, como todo solitario.
Se sentaba cada noche sobre un montoncito de polvillo moldeando figuras que se deshacían antes de terminarlas mientras trataba de determinar el momento exacto en que había empezado esa tortura. Se iba para atrás en el tiempo y se sumergía en recuerdos verdes, rojos y naranjas, turgentes, lozanos. Recorría los días del verano en que la piel se le había resecado buscando un qué o un cómo, pero no había ni comos ni qué, solamente había soledad mal acompañada que como una polilla gigante se había apoderado de todo. A lo mejor era eso nada más, tanto y tan poco.
Se imaginó a sí misma como una gran polilla reseca, polvorienta, y la imagen le causó tanta gracia que se olvidó del dolor y se rió con toda la boca y miles de hilitos de sangre le brotaron de los labios mojándole los pies. Era tan rara la sensación de algo húmedo en medio de su sequedad que siguió riéndose como una loca. Cada carcajada levantaba montoncitos de polvo mezclado con sangre, como mariposas que echaban a volar a su alrededor y pronto estuvo rodeada por una nube de ellas, rojas, naranjas y amarillas. Abrió la boca bien grande para exorcizarse con la risa y una mariposa se le metió haciéndole cosquillas por dentro del ombligo.
Y con cada aleteo la boca se le volvió pimpollo y la piel durazno perfumado.
Y el agua le brotó a borbotones junto con la risa.
Y como al principio de los tiempos, el alma le bailó en el cuerpo.
El Dorado Abril 8, 2008
Cuando caminaba hacía temblar la tierra y brotaban flores amarillas de las huellas de sus pisadas. Esplendía, iluminaba, teñía todo con el resplandor que emanaban su piel y sus ojos. Por donde él andaba no existía la oscuridad ya que transformaba la noche en día a su paso.
Ella en cambio era una sombra etérea que escapaba de la luz, tan leve que sus pies apenas rozaban el piso. Tenía la sabiduría de las brujas y veía el mundo en la superficie del charco de agua de lluvia que se colaba en su cueva sombría. Pálidos reflejos negros, eso era lo único que conocía. El charco se estremecía y cobraba vida, tomaba la forma de lo que le mostraba, un día era montaña, otro día mariposa, otro día flor, siempre desdibujado, opacado, pálido reflejo negro de la realidad. Pero ella se sentía tan protegida con su charco en la oscuridad que no necesitaba salir de su cueva, no quería. No quería conocer más que los pálidos reflejos, esa era su realidad.
El charco le mostró un día lo que era un hombre y ella quedó maravillada, enamorada de la figura acuosa. Estiró los dedos para saber cómo se sentía el tocarlo cuando la tierra tembló deshaciendo el charco en millones de gotitas y un terrible resplandor la encandiló. Cerró los ojos aterrada por la figura descomunal que tenía frente a sí, pero la claridad se los abría a la fuerza tironeándole de las pestañas y no le quedó más que parpadear y animarse a ver. Vio, miró la figura en todo su esplendor y se dijo a sí misma que eso que ahora tenía adelante era realmente un hombre, no un pálido reflejo. Estiró los dedos para saber cómo se sentía el tocarlo, se llenó de luz y lo siguió, rozando levemente con los pies la estela de flores amarillas que él dejaba a su paso. Y así salieron los dos al mundo luminoso, la antes oscura y El Dorado, reverdeciendo el otoño.
Deambularon sin rumbo y él le mostró el universo, le enseñó las formas, los sonidos, los colores, los sabores, los olores, sacándole la sombra de adentro. La alegría les bailaba en el cuerpo de tal forma que se supieron cachorros y jugaron oliéndose, lamiéndose, mordiéndose, gruñendo apenas, revolcados en un colchón de flores amarillas fundiendo humedades. Y en el momento exacto en que se reencontraron cada uno en el centro de la suavidad cálida del otro, renacieron en un mundo nuevo.