Mitad del vaso

No puedo vivir conforme a ejemplos, ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma, eso sí lo voy a hacer, pase lo que pase. Lou Andreas Salome

instintivamente Marzo 22, 2007

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Tenía una vida tranquila, común y corriente, como la mayoría de las nenas de su edad. No pasaba hambre, no pasaba frío, le daban todo lo que precisaba y todo lo que quería, pero cuando se apagaba la luz su universo era peligroso. Sí, peligroso como el universo de cualquier chico en la oscuridad, poblado de monstruos y demonios, poblado de temores difusos. Esos temores que tomaban cuerpo cuando escuchaba al pasar a los grandes que hablaban sobre nenes secuestrados, o peor, sobre los que aparecían muertos, algunos en los baños de los colegios. Esos temores que cobraban alas cada mañana, cuando veía a la cuadrilla de padres montando guardia en la puerta de la escuela y en el patio, por las dudas de que apareciera el loco. Y en el medio, entre la mañana y la noche el universo se le volvía claro, seguro, feliz, como todos piensan, es el único universo de los chicos.
Le gustaba bailar, o por lo menos eso creía, pero en realidad le gustaba mirar los movimientos gráciles de las bailarinas, verlas desplazarse casi en el aire sobre las minúsculas puntas de sus zapatillas. Pidió, rogó, suplicó y pataleó infernalmente hasta que la anotaron en una academia de danzas clásicas a la que iba una vez por semana, directo desde el colegio, con Adriana, cada una embutida en mallas negras formando un dúo pre-puberal gordito y amorfo. Cuando terminaba la clase la mamá de Adriana las pasaba a buscar, se iban a la casa y ahí seguían revoleando las piernas y bailoteando hasta que su propia mamá pasaba a buscarla media hora después.
Justo el día después de la tormenta Adriana amaneció con fiebre y ella con unas ganas locas de ir a bailar y perderse en la maraña de posiciones agarrada a la barra y apretujada por el cinturete. ¿Qué iba a hacer? Adriana estaba enferma, no fue a la escuela y tampoco iba a ir a la academia y ella se quedaba sin nadie que la fuera a buscar a la salida de danzas ¿qué iba a hacer? ¿volverse para su casa después del colegio? No, lo mejor era ir a la clase de baile y después irse para lo de Adriana a esperar a su mamá, total caminaba tres cuadras por Otamendi y llegaba rápido. Si llamaba a su casa y contaba lo que pasaba no la iban a dejar, mejor se callaba la boca y después, después ya estaba, a lo sumo un reto y a otra cosa.
Cuando salió de la academia ya había anochecido, en invierno oscurece muy temprano. Se envolvió con la bufanda y empezó a caminar. La calle estaba casi desierta, el frío y la llovizna desanimaban a cualquiera. La sombra de los árboles entenebrecía todavía más las veredas, así que se aferró a su bolsito y caminó más rápido, le estaba agarrando un poco de miedo.
Rápido, faltaba una cuadra.
Rápido, más rápido, faltaba una cuadra, larguísima, eterna, negra.
Rápido, rápido, y el taxi pasa y se para unos metros más adelante y ella se frena en seco. El taxi da marcha atrás y ella siente como se le erizan los pelos de la nuca y desanda los últimos pasos. El hombre prende la luz de adentro del auto, le hace señas con la mano para que se acerque y ella se queda quieta tratando de camuflarse con la oscuridad. Ella corre y el taxi avanza. Ella se esconde atrás de un tronco y el auto para. De nuevo el hombre la llama con la mano, le sonríe, le abre la puerta y ella corre tratando de alcanzar la luz del almacén de la esquina. Otra vez el taxi arranca, la acecha y se detiene junto con ella, unos metros más adelante. Y ella desorbitada, temblando como una hoja, mira hipnotizada la mano que la llama, al tipo que le sonríe, al tipo que no le saca los ojos de encima y empieza a bajarse para agarrarla. El corazón le late tan fuerte que retumba en la calle desierta. Se sabe de repente liebre agazapada y corre, corre sabiendo como los animales a punto de morir que sólo queda correr. Corre sintiendo el resuello de una respiración extraña en la espalda, corre sintiendo una voz áspera que le dice –pendeja de mierda vení para acá- y sigue corriendo sin pensar.
Se zambulló por la puerta del almacén, se incrustó contra el almacenero mientras afuera se escuchaba el rechinar de una acelerada atroz, y justo llegó su mamá que había ido a buscarla a lo de Adriana y la vio cruzar la calle corriendo. Hicieron el camino hasta su casa abrazadas, ella miraba para atrás y con cada taxi que pasaba se ponía a llorar – ahí viene má, ahí viene de nuevo-
Y el nuevo día le trajo de vuelta un universo más claro, mientras el diario de la mañana decía que en algún lugar de Buenos Aires había muerto un chico que no se supo liebre y no pudo correr.

 

Marzo 12, 2007

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Este blog continúa con los festejos por la graduación de su autora. En cuanto la resaca amengüe seguiremos con la programación habitual.
Sepan disculpar las molestias.

 

Marzo 7, 2007

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gente, mañana 8 de marzo doy el último final. demás está decirlo, tengo un cagazo padre.
después les cuento.