Me dicen Turca. Aunque también vengo mezclada con españoles y mapuches, parece que la parte libanesa imprime sus rasgos con más fuerza y llevo la marca en el orillo. Sí, tengo cara y apellido de turca, pero eso nada más, en el resto soy occidental.
En la casa de mis padres, salvo por un par de comidas típicas, jamás tuvimos aproximación con costumbres o cultura árabe, aunque sí tuvimos algunos amigos que seguían las tradiciones. Entre esas tradiciones estaba la del matrimonio arreglado entre las familias, el matrimonio convenido entre los padres sin la participación o anuencia de los contrayentes. Increíble, sí, pero son costumbres que se siguen practicando en algunos grupos étnicos.
La cuestión es que, más o menos a los diecisiete años, recibí la primer propuesta matrimonial. Uno de los conocidos de mi papá, libanés, quería arreglar el casamiento de su hijo conmigo y habló con mi viejo. Digamos que yo no era la típica mujercita árabe, sumisa, prolijita, musulmana, era todo lo contrario, era una adolescente jodida, rebelde sin causa, atea recalcitrante, con los pelos enjabonados que paraba en el parque Centenario e iba a un par de tugurios a escuchar bandas de rock y a emborracharme los fines de semana, así que imaginarme el momento del compromiso, día en que los novios normalmente se conocen, me causaba mucha gracia. De todos modos, mi viejo lo sacó carpiendo. El tipo insistió, insistió e insistió hasta que se cansó y buscó consorte por otro lado.
Pasaron un par de años cuando otro amigo de mis viejos, egipcio, empezó a venir seguido a casa. Mohamed. Tipo macanudo, cerrado como él solo en sus costumbres adaptadas, porque si bien no comía cerdo, oraba en dirección a la meca y leía el Corán, tomaba como una bestia. Siempre dijo que, de no ser por la diferencia de edades, más de veinticinco años, hubiera arreglado para casarse conmigo. Todos lo tomábamos como un chiste porque yo no daba con el perfil de esposa para un tipo así, además sabíamos que estaba casado en Egipto, mi mamá había sido una especie de testigo del compromiso en El Cairo, y conocíamos a todas sus novias argentinas, que desfilaban por casa ininterrumpidamente. La cosa es que Mohamed estaba muy preocupado, yo con veintipico sin esposo, era algo inaceptable para su concepción del mundo. Según él tenía que casarme enseguida o más adelante no iba a conseguir marido.
Un día se apareció muy contento con la novedad, una nueva propuesta matrimonial, me había conseguido esposo. Pasó a enumerar las virtudes del futuro cónyuge frente a toda la familia, nacionalidad: egipcia, edad: un año más que yo, profesión: joyero, dote: más que interesante, mostró una foto: lindo turco, y empezó con el blabla, que no podía dejar pasar esa oportunidad, que ya estaba vieja para casarme y después no iba a poder, que… me di cuenta de que me estaba hablando en serio. Lo frené en seco, le dije que se dejara de joder, que por más cara de turca que tuviera no iba a aceptar jamás ese tipo de cosas. Me dijo que pensara, era un buen partido y tenía mucha plata. Le contesté a los gritos que la plata me importaba tres carajos, que no pensaba pasarme la vida como la boluda de su esposa de El Cairo que lo veía una semana al año, ni como las atorrantas que presentaba como novias y estaban con él por guita, que me indignaba que tratara a las mujeres como mercancía, que era un turco retrógrado, que las mujeres merecemos tanto respeto como los hombres y que nadie puede decidir por nosotras, que se fuera a cagar. Nos miró alternativamente a mí y a mi viejo, y le dijo apesadumbrado en su dialecto árabecastellano
–Bobre baisa (por paisano), con ese carácter bodrido vas a tenerla toda la vida en tu casa, ningún hombre va a sobortarla, tiene la beor barte de las árabes y de las occidentales.