a mí me molesta la mayúscula, tan ceremoniosa, tan grandota, ahí, parece un muro con el que choca el discurrir de mis pensamientos, me gustan más las letras todas parejitas, chiquitas, que no se destacan por el tamaño sino por como están encadenadas unas a otras, todas igual de importantes. la mayúscula marca a pleno la diferencia, pero la diferencia tonta como la de la discriminación, porque una letra no es más ni menos importante por ser grande, sino por como se combina con otras para formar palabras. no hay dudas, prefiero el sistema letral igualitario de las minúsculas. el punto y aparte, signo fastidioso como pocos, me disocia, me interrumpe, me para en seco, o sea, si quiero cambiar de tema lo cambio pero así, seguidito, como en mi cabeza que no hay pausa larga y se viene una atrás de la otra, sin más espacio que el que media entre sinapsis y sinapsis. el punto y aparte te deja además ese espacio muerto del blanco en el renglón después de la última palabra, que en escritos legales se llena con una hilera de guiones. y acá tenemos otro fastidio, el guión en sus dos variantes, bajo y medio. el bajo, tan bajo que si subrayás se confunde, como que nació para ser pisoteado ¿no? y el medio que de tan medio parece una patada, justamente en el medio, de cada palabra a la que se antepone. otro que me jode es el punto y coma, tan ambiguo, no es ni una cosa ni otra, como un medio pelo argentino que aspira a jai sociaity, quiere ser más que coma pero no llega a ser punto, es un wannabe ¿viste?. los dos puntos, otro signo ceremonioso al pedo, un enano encima de otro para parecer más alto, si para separar o hacer pausa tenemos comas y puntos ¿para qué los dos puntos? es pura ostentación . los paréntesis sí, me gustan, usarlos es como decir en voz baja un secreto (es susurrarle a los ojos del que lee). las comillas me disgustan, pero porque las asocio con el estúpido gestito intelectualoso de los dedos que “entrecomillan” una frase dicha, o sea, si quiero destacar algo de lo que digo, cambio el tono de voz, para algo estoy hablando y no escribiendo. los puntos suspensivos son buenísimos, marcan la extensión repetida de la última letra de la última palabra escrita que queda como a la espera del enlace con otra idea, es el signo del asombro, del misterio y del por decir, del juego seductor de te digo pero no… mejor imaginate. los signos de interrogación son hermosos, tan redondeados como la pregunta que encierran, tan femeninos que te llevan a asociar mujer con ¿incógnita? los signos de admiración son viriles, erectos ¡fálica afirmación de todo aquello que se exclame! las comas y los puntos seguidos son mis favoritos, me ayudan a ordenarme en el caos de mi discurso. simples, sencillos, fáciles de encontrar en un teclado, fáciles de escribir a mano. la coma que hace de la pausa algo breve y flexible con esa colita redondeada que se escapa de su centro, que separa apenas sin dividir, y el punto, seco, minúsculo, que pone coto a todo con un solo golpe de tinta, que a veces invita a seguir y a veces, como ahora, significa fin.
Balance Septiembre 6, 2006
Hoy me puse a hacer balance, raro en mí, porque debe y haber son palabras totalmente carentes de significación. Pero tuve la necesidad de encolumnar parte de mi vida de un lado y parte de mi vida del otro, y ver. Será por esta continua sensación de venir a pura pérdida durante meses, será porque estoy infinitamente vieja, será porque me crece un hueco adentro, no sé, tuve la necesidad. Y sí, che, lo hice. Puse un día como hoy, hace once años, con la vida empaquetada y un llavero nuevo en la mano. Puse un día como hoy, hace seis, buscando un vestido lindo que adornara mi panza enorme y sietemesina. Puse todos los olores y sabores, los colores, los días de lluvia, los de sol y los de tormenta. Puse todas las mañanas y todas las noches. Y puse de un lado y puse del otro, acomodé, reubiqué y seguí poniendo retacitos de vivencias con los sentimientos atorados en la garganta. Y como por más que me esforcé no pude encontrar nada para eliminar de la columna azul ni nada de la roja, las mezclé, las entreveré. Me quedaron algunas zonas moradas, algunas de azul profundo, y la certeza absoluta de que valió la pena.

