Se conocieron jugando al ajedrez. En realidad cuando se encontraron ella trataba de bucear en su infancia para recordar cómo era que se movían las piezas y él se ofreció a ayudarla solamente por sentir el placer de decirle jaque.
El juego se convirtió en su juego particular, en su lazo. Su amistad, su amor, su costumbre pasaban por la interminable peregrinación de las figuras sobre las sesenta y cuatro casillas blancas y negras, y siempre el mismo final, jaque.
Para él era irresistible verla, ir comiendo uno a uno sus peones, sus caballos, sus torres, matar a su reina, percibir su temblor ante el final, su palidez justo antes de la palabra. Se extasiaba porque ella se llenaba de un miedo palpable desde el fondo de las pupilas dilatadas. Transformó las partidas en un juego de acecho, en el juego de un predador con su presa, y podía casi sentir el gusto de su sangre en la boca cada vez que decía jaque. Se dio cuenta de que terminaban pronto si comía a la reina, entonces la dejaba para el final. Necesitaba ver el temblor, el miedo, la agitación, necesitaba regodearse en su poderío para paladearla a pleno, para ultrajarla, rebajarla, para masticarla, para gozarla. Jaque.
Jugaban cada vez más seguido, a veces durante horas, con un tablero percudido y piezas gastadas, destrozadas a mordiscones. Jugaban, jugaban, ya casi no dormían ni comían, solamente jugaban.
Quisieron festejar el aniversario de su primer partida con un tablero y piezas nuevas talladas a mano. Se sentaron frente a frente y empezaron. Después de veinticuatro horas sintieron un poco de cansancio, pero el primer jaque los despabiló. Sin titubear ella salió de la posición y se escudó.
Jaque.
Sintió cómo se le dilataban las aletas de la nariz.
Jaque.
Movió la pieza con un temblor apenas perceptible.
Jaque.
La sangre se vació de su cara.
Jaque.
Sintió el acecho y el terror por no encontrar refugio. Quiso correr pero no pudo sacar las piernas entumecidas de debajo de la mesa. Quiso defenderse con las manos pero antes de poder moverlas sintió como se las clavaba al tablero. Quiso gritar y cuando abrió la boca para hacerlo la mano de ella se le hundió en la garganta,
jaque mate,
desgarrándolo.
Iba a decir aguantye el sexo tántrico.
Pero ya sé.
No entendí nada.
Igual me encantó.
Se vé que jugás al ajedrez.
Muy bueno post.
Cuando un hombre y una mujer juegan al ajedrez la relación nunca puede acabar bien.
El ego herido es peligroso.
Qué va a hacer turca. Igual, aguante el sexo tántrico!
No cold, estoy tratando de recordar cómo era que se movían las piezas.
Tenés toda la razón Ella.
como siempre excelente post.
gracias cyn!
siempre me gustaron los relatos de partidas de ajedrez, sobre todo si los protagonistas son tan diferentes y el resultado final, tan esperado.
es lo bueno que tienen los juegos de estrategia cuando están bien jugados, puzzle, los finales previstos no son los esperados.