La despertó el sol que entraba por la ventana y una vez más no supo si era de día o de tarde, si era ayer o mañana. Pensó en lo jodido que era llegar a la venerable edad en la que se enmarañaban las horas y el cuerpo dolía entero, pero se dijo que no había otra, prefirió creer que era hoy de mañana. Se levantó, puso la cafetera; después de un rato el aroma a café recién hecho la inundó de pleno y se prendió el primer cigarrillo. Vivir sola tenía la ventaja de no tener que soportar consejos estúpidos sobre lo que podía hacer o no ¿si lo había hecho cuando tenía toda la vida por delante, porque no hacerlo ahora? Salió al jardín para terminar el café sentada en el pasto, los gatos se le acomodaron sobre la falda y pensó en cuánto le costaría volver a pararse y en que tenía que arreglar un poco las plantas. Se rió acordándose de las semillitas redondas y perfumadas que la habían traído las nietas para que plantara, tontitas, pensaban que había nacido vieja. Se rió también acordándose de lo que le habían dicho las hijas, que se dejara de joder haciéndose la loca hablando y puteando sola por la calle, pero ellas nunca iban a entender el placer que le daba el ver las reacciones que producía en la gente. La risa le entibió el caldo de los recuerdos anticipándole que iba a ser un día diferente. La sintió venir y la asaltaron unas tremendas ganas de que el sol le calentara todo el cuerpo. Se arrancó la ropa, se tiró de cara al cielo, cerró los ojos y recordó cuando era chica y corría descalza en el campo debajo de la lluvia, la primera vez que se le estrujó el corazón, el primer beso que dio, la primera vez que se volvió loca de amor, el dolor dulce de parir. Y pensó que era muy raro tener toda la vida al alcance de la mano. La sintió más cerca y se sumergió buceando las emociones que le anudaron la garganta, las veces que mintió amores, las veces que se los calló y las veces que tiñó los cristales de azul con sólo tocarlos. Escuchó los pasos y sintió el calor de todos los abrazos que había dado y de todas las pieles que había rozado. Sabía que ya casi había llegado y esperó que alguien cumpliera su deseo de semillas, como las que pululaban en sus carteras y se acordó de la vez en la que estúpidamente creyó que su epitafio diría aquí yace alguien que no fue, cuidado con el agujero, y se rió con toda la boca, y se le escapó una mariposa por los labios, y abrió los ojos para llevarse el cielo de recuerdo.
La encontraron recostada en el pasto con los brazos abiertos, custodiada por una nube de mariposas.
La cubrieron de tierra y cubrieron la tierra de semillas.
Todavía sigue siendo un monte fragante donde florece la vida, en el medio de un cementerio.

