Mitad del vaso

No puedo vivir conforme a ejemplos, ni voy a representar jamás un ejemplo para nadie, pero en cambio voy a darle forma a mi propia vida de acuerdo conmigo misma, eso sí lo voy a hacer, pase lo que pase. Lou Andreas Salome

Recuerdos del futuro III Marzo 30, 2006

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La despertó el sol que entraba por la ventana y una vez más no supo si era de día o de tarde, si era ayer o mañana. Pensó en lo jodido que era llegar a la venerable edad en la que se enmarañaban las horas y el cuerpo dolía entero, pero se dijo que no había otra, prefirió creer que era hoy de mañana. Se levantó, puso la cafetera; después de un rato el aroma a café recién hecho la inundó de pleno y se prendió el primer cigarrillo. Vivir sola tenía la ventaja de no tener que soportar consejos estúpidos sobre lo que podía hacer o no ¿si lo había hecho cuando tenía toda la vida por delante, porque no hacerlo ahora? Salió al jardín para terminar el café sentada en el pasto, los gatos se le acomodaron sobre la falda y pensó en cuánto le costaría volver a pararse y en que tenía que arreglar un poco las plantas. Se rió acordándose de las semillitas redondas y perfumadas que la habían traído las nietas para que plantara, tontitas, pensaban que había nacido vieja. Se rió también acordándose de lo que le habían dicho las hijas, que se dejara de joder haciéndose la loca hablando y puteando sola por la calle, pero ellas nunca iban a entender el placer que le daba el ver las reacciones que producía en la gente. La risa le entibió el caldo de los recuerdos anticipándole que iba a ser un día diferente. La sintió venir y la asaltaron unas tremendas ganas de que el sol le calentara todo el cuerpo. Se arrancó la ropa, se tiró de cara al cielo, cerró los ojos y recordó cuando era chica y corría descalza en el campo debajo de la lluvia, la primera vez que se le estrujó el corazón, el primer beso que dio, la primera vez que se volvió loca de amor, el dolor dulce de parir. Y pensó que era muy raro tener toda la vida al alcance de la mano. La sintió más cerca y se sumergió buceando las emociones que le anudaron la garganta, las veces que mintió amores, las veces que se los calló y las veces que tiñó los cristales de azul con sólo tocarlos. Escuchó los pasos y sintió el calor de todos los abrazos que había dado y de todas las pieles que había rozado. Sabía que ya casi había llegado y esperó que alguien cumpliera su deseo de semillas, como las que pululaban en sus carteras y se acordó de la vez en la que estúpidamente creyó que su epitafio diría aquí yace alguien que no fue, cuidado con el agujero, y se rió con toda la boca, y se le escapó una mariposa por los labios, y abrió los ojos para llevarse el cielo de recuerdo.

La encontraron recostada en el pasto con los brazos abiertos, custodiada por una nube de mariposas.

La cubrieron de tierra y cubrieron la tierra de semillas.

Todavía sigue siendo un monte fragante donde florece la vida, en el medio de un cementerio.

 

Hola. Marzo 29, 2006

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Hola Blog, estoy volviendo, tengo ganas de verte, esperame.

 

Chau Marzo 14, 2006

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Me voy por un tiempo.

 

Recuerdos del futuro II Marzo 7, 2006

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Cuando le preguntaban que le pasaba decía que nada. La vieron, estudiaron, analizaron, radiografiaron, ecografiaron, tomografiaron, desmenuzaron, todo normal dijeron. Derivación a disección de alma y nada, todo normal dijeron.
Estaba enferma de nada.
Para los que la conocían se había enfermado de golpe. En realidad fue muy despacio, pero nadie se dio cuenta, ni siquiera ella, hasta que fue demasiado evidente.
Lo primero en cambiarle fueron los ojos, tenía algo raro, casi imperceptible era esa mirada interna, a esa nada insondable. Después paulatinamente fue dejando de hablar, ya sólo lo hacía cuando se dirigían a ella. Dormía y comía poco, apenas. Fumaba mucho, muchísimo y hacía las cosas cotidianas en automático. Parecía que su piel se había hecho impermeable a la vida, todo lo que le pasaba si es que algo le pasaba, le pasaba de la dermis para adentro sin que nadie lo percibiera. La nada le fue quitando el color, hasta dejarla como una foto en blanco y negro de labios desvaídos.
Fue pasando el tiempo y como todo lo que se repite, su estado se tornó rutina y ya nadie se preocupó por su adolecer de nada, además era más plácida ahora, parecía más complaciente, más atenta, era más cómoda su silente compañía.
Ella sola sabía que la nada le tensaba la garganta, le ocupaba los pulmones, le reventaba en las tripas.
Así como enfermó despareció, de golpe, sin dejar rastros. La buscaron por todos lados y nada. Empapelaron la ciudad con su foto y nada. No estaba en ninguna parte. La nada se la había tragado.

Un feliz vagar a la deriva, tren, micro, otro micro más, y caminar sin noción de tiempo por caminos de ripio. Descansar al lado de un arroyo de deshielo, robar comida y seguir sin rumbo, por seguir. Sentir algo parecido a estar viva cuando el frío de la noche la mordía.

Se internó en un bosque buscando reparo, los ojos fueron acostumbrándose poco a poco a la negrura que no dejaba entrever la luna. La nada la perpetró y pensó que se moría, se tiró sobre un montón de hojas podridas. Las convulsiones la estremecían sin piedad, el cuerpo se le empequeñecía con cada sacudón, el hilo espumoso que se le escapaba por las comisuras le fue dibujando tres rayas negras en las mejillas, los bordes de los ojos se decoloraron hasta quedar blancos y las hojas se le pegaban a la espalda pintándole motas oscuras. El último estertor le arrancó un vómito negro empetrolado y después vino la paz. Volvió en sí al amanecer. Caminando en cuatro patas fue hasta el lago y tomó agua como nunca, esa agua helada que le devolvió el alma en cada sorbo atrapado con su lengua rasposa. Se sentó al sol y lamió de a una sus patas y uñas; con las manos mojadas de baba limpió sus orejas. Buscó un tronco hueco en donde extinguir la modorra que le producía la luz del día, se acostó abrigándose con su cola decorada con bandas negras y se durmió ronroneando de felicidad.

Encontraron su ropa medio deshecha sobre un montoncito de hojas podridas, junto con sus anillos y su reloj.
-Mirá que raro- le dijo el guardaparques al gendarme- allá, arriba del árbol. Nos está mirando un gato huiña.
-Habrá salido a festejar año nuevo.

 

Villa Crespo y la lluvia Marzo 3, 2006

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Las callecitas de Villa Crespo tienen ese no sé qué…
Sobre todo los días de lluvia.
Imposible enganchar un taxi en la calle, mucho menos un radiotaxi por teléfono, las líneas se cortan por el agua. En caso de que se produzca una alineación planetaria y una pueda contar con alguna de esas dos opciones, más vale que lleve mucha plata encima, porque el rodeo que va a dar el auto para llegar a destino va a ser enorme. Las calles se van inundando de a una por lo que el taxi va alejándose paulatinamente de la ruta habitual escapando del agua. Claro que también está la posibilidad de que se quede parado en el medio de una avenida devenida río, pero ojo, solamente se detiene el motor, el relojito sigue, y una no se puede bajar porque el agua llega a la ventanilla, hace presión e impìde que se abra la puerta. También está la posibilidad de que, una tapa, de esas que están en el medio de la calle, se haya corrido por la correntada y el bruto del taxista clave las guampas justo ahí, con lo cual no solamente el relojito sigue su marcha, sino que el tipo, caliente como una pipa, pretenda que una se haga cargo del arreglo de no sé que pindonga de las ruedas. Esta última situación amerita que una, harta de la lluvia, del tipo, de estar a cinco kilómetros de donde debería estar y con una marcación de cuarenta pesos en el relojito, después de tironear de la puerta, opte por salir por la ventanilla mientras lo manda a cagar al tachero y queda con el agua hasta los muslos.
También está la posibilidad de que, después de haber tenido todas esas experiencias, como yo, una decida respirar hondo, abrir el paraguas y salir en busca del destino. En realidad el paraguas solamente sirve como amuleto o fetiche, según el caso, porque una se moja hasta el alma. Al principio se trata de ir saltando los charcos y las lagunas de las esquinas, después del primer resbalón y viendo lo inevitable, una camina lo más dignamente que puede con el agua hasta las rodillas, tratando de que la corriente no la derribe.
En definitiva, una consigue llegar al trabajo (cuando todavía no llegó nadie), empapada, se estruja la ropa en el baño como para no andar chorreando, se sienta en su puesto tiritando, viene el jefe y ¿qué dice?
-Negra, te mojaste hasta el culo! Si te enfermás la semana que viene te mato.