Un año cualquiera, más o menos para esta fecha, Trixie Lou se sintió invadida por el espíritu navideño. Sus ansias de festejos superaban el armado del arbolito, pero no sabía cómo.
Una calurosa siesta de diciembre la encontró tumbada en la cama mirando una película de su ídola, “La Gimenez”, cuando tuvo una visión casi palpable. Se le apareció la imagen de su humilde partenaire, Luchi Lou, ejecutando graciosos movimientos copulatorios con una sirvienta paraguaya, esos graciosos movimientos que ella desde hacía años le negaba.
Siempre se sintió una dotada para lo paranormal, por lo que supo instantáneamente que eso no era una mera visión, era una contracción espacio tiempo, eso estaba sucediendo en ese preciso momento. A ella nunca podía escondérsele nada, siempre recibía alguna señal que la alertaba.
El moco podrido que la habitaba comenzó a ascenderle espiraladamente desde los pies, se detuvo en la vagina mojándosela, se le extendío hasta las manos agarrotándole los dedos.
Ya no pudo seguir acostada, la excitación y el odio la quemaban. Intento apaciguarse ejercitando un poco de arte francés español, pero los cohetes que tiraban en la calle le hacían temblar el pulso.
- A esos pendejos que rompen las pelotas con los “cuhete” habría que cagarlos a tiros- pensó, y una parte de la frase le retumbó en la cabeza por el resto del día: habría que cagarlos a tiros, habría que cagarlos a tiros.
La frasesita le hizo un eco fuerte cuando Luchi Lou se acostó a su lado por la noche. Lo miró, dormido, y el habría que cagarlos a tiros se repitió en una dulce letanía hasta el infinito.
Al otro día se levantó inquieta. Nuevamente a la siesta, los ruidos de los petardos comenzaron a sucederse con más frecuencia y otra vez pensó - A esos pendejos que rompen las bolas con los “cuhete” habría que cagarlos a tiros.
Florcita, la cuzquita que Luchi Lou cuidaba y amaba desde hacía ocho años, también estaba inquieta. Tanto olor a pólvora, tanto estruendo, le daban miedo, quería escaparse a un lugar silencioso, esconderse en algún lugar seguro. Tuvo la mala suerte de, en una corrida, enredarse entre las piernas de Trixie.
-Perra de mierda! - exclamó furiosa Trixie desde el piso -La puta que te reparió a vos y a tu dueño!.
-No, no, no, Trixie querida- la contradijo el moco podrido que la habitaba-No es una perra de mierda, la pobrecita está sufriendo, tiene miedo ¿qué podríamos hacer para mitigar tanto pánico? Debe haber ALGO QUE PODAMOS HACER.
Pensó, pensó y pensó…encontró la solución muy rápido.
Agarró con ternura a Florcita, se encerró con ella en el quincho y otra vez la dulce letanía la invadió (habría que cagarlos a tiros, habría que cagarlos a tiros…)
La miró con todo su amor, era tan parecida a Luchi Lou que casi parecía que el alma de él se había metido en ese cuerpito menudo y peludito, si, estaba ocurriendo de nuevo, otra contracción espacio tiempo.
Sonriendo le vació el cargador del 22.
Podía empezar con los festejos navideños, después vería como consolar a Luchi Lou.