Me acuerdo que era jueves y hacía calor.
A eso de las siete de la tarde salí a comprar, me fui hasta el chino de la vuelta y llevé el celular en la mano. Iba caminando y sentía que el teléfono me quemaba, pensé que era el calor de mi cuerpo que había calentado el aparato y me lo cambié de mano, pero la mano que hasta un segundo antes lo sostenía me seguía quemando, el calor seguía fuerte por un caminito que partía desde el meñique izquierdo se esparcía por la palma y subía por el brazo hasta dispersarse. Volví a casa, la mano seguía con el fuego pero cada vez más tenue.
Pablo iba a venir a cenar conmigo así que me puse a hacer ñoquis de espinaca, a amasarlos, mientras tomaba una cerveza. Los terminé, los puse en una fuente y los tapé para cocinarlos luego. Ya era tarde, supuse que Pablo estaría por llegar. Me tiré en la cama a mirar la tele, y cuarenta y cinco minutos después, puteando por la impuntualidad característica de Pablo, lo llamé para ver por dónde andaba.
- Unidad Coronaria- me dijo con voz de vieja de Gasalla cuando atendió.
- ¿Dónde estás?
- En la unidad coronaria del fioro
- ¿Me estás jodiendo? ¿Qué pasó?
- Tuve un infarto hace un rato. Estoy todo enchufado, pero estoy bien. Me internaron.
- Voy para allá
- No, no vengas, no te van a dejar pasar. Tengo que cortar, no me dejan hablar más. Avisale a Iván, decile que estoy bien, que no venga porque no dejan entrar a nadie.
Busqué entre los millones de papelitos abollados de mi cartera hasta que encontré el que decía Iván. Marqué el número de la casa rogando encontrarlo, es difícil, nunca está. Nada. Marqué el número del celular rogando que atendiera, es difícil, nunca atiende. Atendió.
- Iván, soy yo, Marcela.
- Marce ¿qué tal? ¿cómo estás?
- Bien, bien. Escuchame, Pablo tuvo un infarto. No te asustes, está bien.
- ¡La puta madre!
- No te asustes, está bien, lo internaron.
- ¿Dónde está?
- En el fioro
- ¿Pero está bien? ¿Vos hablaste?
- Sí, yo hablé con él, quedate tranquilo. No quiere que vayamos, dice que no nos van a dejar pasar.
- Voy para allá
- Pasame a buscar
Diez minutos después me subí al auto de un amigo de Iván (creo que de lo único que no me acuerdo es del nombre de este pibe, llamémoslo pibe g) y nos fuimos hasta Avellaneda. No hablamos mucho entre nosotros, la angustia hace esas cosas. Le repetí el diálogo telefónico que había tenido con Pablo, lo llamó al celular que todavía no le habían secuestrado y pudo hablar, se tranquilizó a medias.
Llegamos, y te aseguro, la guardia del fioro ¡arde! por las noches. Localizamos la unidad Coronaria y subimos. Tocamos, nada. Esperamos, volvimos a tocar. Nos atendieron.
- Sólo pueden entrar familiares directos. ¿Ud es familiar directo? (a Iván)
- Sí
- Entonces pase, solamente cinco minutos
- ¿Ud es familiar directo? (a mí)
- No – le mentí – soy la terapeuta del señor- y le mostré el carnet con la matrícula.
- Bueno, cuando salga el señor que entró recién puede pasar Ud.
El pibe g bajó a hacer no sé qué. Yo me quedé sentada esperando en la escalera en medio del silencio. Los escalones eran de granito y busqué formas entre las piedritas, encontré una, la cara de un guepardo, que busqué cada vez que me senté en esa escalera mientras duró la internación de Pablo. Tenía frío y una sensación de soledad devastadora, los pasillos de un hospital por la noche me producen eso. Quería entrar pero Iván no salía más. Cargué el celular con la tarjeta de crédito y la cabeza me empezó a doler, muchísimo. Saqué la agenda y escribí en verde lo que estaba pasando, como para poder sacarme de encima algo de todo eso. Moría de ganas de fumar. Subió el pibe g. Salió Iván y entré a ver a Pablo. Estaba acostado semi en penumbras, todo conectado, las luces de los aparatos resaltaban en la oscuridad. Me acerqué, me senté en la cama. Tenía cara de susto pero hablaba como si nada, como si en vez de estar infartado e internado estuviera en un spa. Lo cagué a pedos por no haber avisado ni bien pasó todo y él me cagó a pedos a mí por haber ido con Iván y el pibe g a esa hora de la noche. Le di un beso, le puse mi pulsera de santitos y me fui cuando un enfermero buena onda me dijo
- Tiene que descansar, dentro de un rato te dejo entrar de nuevo.
Salí, me crucé con Iván, estaba hablando con un médico que le daba el parte. Me fui con el pibe g al playón de las ambulancias para fumar. Nos quedamos charlando. El pibe g me preguntó si de verdad era la psicóloga de Pablo, le dije que no, que soy psicóloga pero no de Pablo, y hablamos de locos, de tabaco y de cannabis, porque el pibe g no fuma tabaco y aparte es correcto y no dice porro, dice cannabis . Iván nos pasó por al lado hablando por teléfono con una cardióloga amiga y se fue a comprar agua. Volvió, nos contó lo que le había dicho el médico. Subimos. Nos dejaron pasar a verlo para despedirnos. Entró primero Iván, cuando salió me tomé un paracetamol en seco que se me quedó pegado en la garganta y entramos con el pibe g. Nos quedamos muy poquito, hablamos apenas con Pablo, nos echaron a los dos minutos. Lo saludamos y nos fuimos. Le habían dado algo para que se durmiera, estaba con los ojos medio cerrados.
El viaje de vuelta fue más distendido, Pablo había tenido un infarto pero estaba bien, pudimos verlo y hablar con él y eso tranquiliza y amengua cualquier diagnóstico.
Me dejaron en la puerta de casa. Subí las escaleras arrastrándome, el cansancio me agarró de golpe. Los ñoquis que había amasado horas antes para cenar con Pablo estaban hechos un mazacote verde asqueroso, los gatos se habían acostado encima de la fuente así que tiré todo. Me hice un café, me saqué los capri de jean, el vestido y las sandalias verdes, el anillo verde, me tiré en la cama, prendí un cigarrillo y la note y ahí, recién ahí, me asusté en serio, me aflojé, lloré y escribí como una posesa.
Dicen que la adrenalina hace que los recuerdos se fijen. Debe ser cierto.